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Del dicho al hecho

Por Alejandra Eme Vázquez:

El jueves pasado por la tarde, de regreso a casa, subí al vagón del metro y había un vagonero difusor de la cultura, contando a gritos historias de Galeano y mitos prehispánicos. Yo estaba muy aturdida por esa voz que todo lo invadía e intentaba leer algo, así que cuando el chico interrumpió sus historias y nos dio las buenas tardes, no pensé siquiera en responderle; como no lo hizo casi nadie en el vagón, cosa que seguramente ya había previsto nuestro cuentacuentos porque nos empezó a soltar un sermón muy bien armado sobre cómo la tecnología nos ha insensibilizado para el contacto humano frente a frente, como el que él nos ofrecía.

«¿Qué, necesito saludarles en su muro de Facebook para que me respondan?», inquirió el vagonero en un tono pagado de sí mismo: parecía disfrutar ese dejo triunfal de estar demostrando una aparente superioridad moral basada en tener no sólo el poder de encarnar la tradición oral en ese momento, sino también la evidencia de que un grupo de extraños no le había contestado el saludo porque «nos olvidamos de la buena educación una vez que compartimos el espacio público». Hablaba de un “nosotros” en el que claramente no se incluía él, porque sin duda alguna asumía de antemano estar del lado “correcto”.

Llevaba discos mp3 con relatos literarios en voz de sus autores. Aseguró que si no podíamos pagarlo pero lo queríamos, lo pidiéramos y nos lo regalaría, pues lo que a él le interesaba era sólo despertar nuestra conciencia y que la cultura se difundiera. No es la primera vez que escucho ese discurso y me llama la atención que nunca he visto a alguien pidiendo el disco gratis. Incluso puedo apostar que ha sucedido muy pocas veces: hay algo en la voz de estos vendedores que crea un ambiente extraño, como de culpa colectiva por no estar a la altura de la difusión cultural que nos comparten. Después de vender una buena cantidad de discos y recibir dinero o felicitaciones casi de todos los pasajeros, el muy joven narrador nos dio una última moraleja y se fue, visiblemente satisfecho.

Acto seguido, unas señoras que estaban en los asientos frente a mí y que no iban juntas, comenzaron a comentar lo mucho que hacía falta esa cultura que el muchacho acababa de compartirnos. Hasta ahí todo maravilloso, pues de verdad el trabajo de narración oral tiene mucho valor y los textos están bien seleccionados, aunque los gritos aturdan. Pero pronto los comentarios se deslizaron hacia continuar el sermón que había plantado aquella voz: «Es que cómo vamos a avanzar si no leemos»; «Los jóvenes de hoy ya nada más están con el celular»; «Es que por eso el gobierno nos trata como nos trata»… No supe en qué acabó el coloquio, pero aunque me dio mucha ternura ver a las señoras creando lazos espontáneos a partir de un acontecimiento literario, también me pareció que hablaban entre la culpa y el discurso que saben correcto, y ambos dejan un estándar tan alto que resulta casi imposible poder vivir de acuerdo con él.

Este episodio me recordó a varios casos así que he visto en lo real y en lo virtual. Personas que parecen cómodas al lanzar regaños al aire asumiendo que hay una generalidad que no hace lo que debe o hace lo que no debe, y erigiéndose a sí mismas como las poseedoras de lo correcto. Y aunque “lo correcto” siempre parece difícil de hacer por estar lleno de reglas difusas y contradicciones, quienes reparten sermones parecen en total control. ¿Será porque resulta más fácil hablar que hacer? A veces creo que cuando alguien se instala en esta postura, es porque de verdad cree que el discurso es suficiente, que el discurso es acción. Y luego pasa que no, que existe gente que puede mantener algo en el decir y hacer lo contrario en la práctica. Curioso.

Es posible que siempre haya sido así y que sólo ahora se note más con el acceso a tantos puntos de vista simultáneos en las redes trazadas por la virtualidad, y tampoco sé qué tanto condenarlo porque se me escapan muchos elementos que puedan explicarlo o revertirlo sin caer en la misma postura que critico; lo que sí sé es que asumir un “ustedes” general a partir de muy pocos “tú” no es, de ninguna manera, una aportación. Quizá sea válido (cada quien decide qué hacer con su discurso), pero no cambia nada y por el contrario, abre zanjas donde podría no haberlas. Ser la excepción, positiva o negativa, es un discurso irresistible; reprobar generalizadamente a los difusos “otros” para autoafirmarse puede ser un buen ejercicio de autoestima, por supuesto. Lo que podríamos preguntarnos es para qué, hasta cuándo, qué hay después… Con qué nos quedamos al abandonar el vagón.

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