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Dejarías de ser ciudad

Por Alejandra Eme Vázquez:

Ningún cuerpo está preparado para lidiar con miembros fantasma: las pérdidas siempre toman por sorpresa y las tragedias no pasan sin llevarse algo consigo. El 19 de septiembre de 1985, el cuerpo de la ciudad de México tembló como nunca y se quedó derrumbado, lleno de escombros y vacíos donde antes había paisajes y vidas. Después de esa fecha ya nadie pudo decir nunca más que se hospedaría en el Hotel Regis; ahora vemos comercios saliendo del metro Pino Suárez en vez de sus otrora famosas torres; donde antes había casas, oficinas, escuelas, quedó sólo polvo; muchas familias se quedaron sin empleo, sin escuela, sin domicilio y lo que es peor: sin nombres que pronunciar.

“¿Dónde te agarró el temblor?”, reza la canción que Chico Che escribió y grabó en 1985 (antes del 19 de septiembre) y que de hecho fue vetada durante algún tiempo después de la tragedia, por considerarla inapropiada para la sensibilidad de las víctimas y de la ciudad en general. Pero es una buena pregunta y una buena elección de palabras, porque el temblor sí nos agarró a todos los que lo sentimos y hasta la fecha, no nos suelta. Al doctor Francisco Javier Bucio, por ejemplo, lo agarró en el Hospital General. A Guadalupe Conde, yendo hacia su trabajo en el taller de costura de Fray Servando, el mismo al que los dueños no dejaban entrar para sacar a las costureras que se habían quedado atrapadas. A Óscar Flores y Rebeca Orozco, en el trágico edificio Nuevo León. A mí, en la combi que me llevaba al kínder: no recuerdo haber sentido nada porque el camino era empedrado, aunque me estaba reservada la réplica para futuras pesadillas.

Otros muchos, muchísimos, no sobrevivieron. Todavía no terminamos de contarnos las historias, tan llenas de azar y de microsegundos decisivos, pero siempre es devastador recordar que esta ciudad de hierro perdió miles de habitantes hace 31 años; se ha acordado dejar la cifra en alrededor de diez mil, pero no se tiene manera de estar seguros. Y entre quienes no sobrevivieron estaba un juglar singularmente dotado para las palabras y los ritmos, el creador del huapango-blues, el profeta del nopal: a Rodrigo González el temblor lo agarró en su departamento de la calle de Bruselas, en la colonia Juárez. Si el sismo de 8.1 grados en la escala de Richter no hubiera ocurrido, estaría a tres meses de celebrar sesenta y seis años de vida.

Rockdrigo tenía 34 años y recién había vuelto de presentarse en la fiesta del primer aniversario del diario La Jornada cuando llegó la muerte a reclamarle todo el tiempo vivido (“y este vaso henchido por un distante instante…”). Era reconocido, dentro de lo que cabía, al menos en su gremio: no pasaban desapercibidos el despliegue lingüístico de sus letras y el conocimiento musical que le permitía hacer experimentos afortunados, aunque no puede decirse que fuera famoso, todavía. Le alcanzó, sin embargo, para que un gratamente sorprendido José Agustín afirmara, después de verlo cantar: “ha logrado lo que para mí es un portento: hacer que el español suene perfecto, de veras natural, en el rocanrol”.

Porque el tamaulipeco, inmortalizado en una estatua que nos saluda siempre en el metro Balderas (ahí donde dejó embarrado su corazón), tenía de verdad una gran conciencia musical y particularmente, del lenguaje. Puede percibirse en varios momentos de la entrevista que dio en 1984 para la Radio Mexiquense, una de las pocas cuyo registro se conserva (vale la pena escucharla, y en el minuto 32:51 mencionan al recién fallecido Juan Gabriel); es muy impresionante escucharlo analizar, por ejemplo, cómo para que otra lengua se apropie del rocanrol debe tomar en cuenta que éste se encuentra montado sobre la estructura sintáctica del inglés, y cómo es posible fusionar dos géneros como el huapango y el blues a partir de sus coincidencias rítmicas. Rockdrigo era, en palabras de José Agustín, “nuestro Bob Dylan pero con sentido del humor”: le cantó a ET, a las ratas, a los avorazados comecanicas, al tiempo que no regresa, al consumismo, a las amas de casa algo aburridas, a esos tipos extraños autonombrados intelectuales, a las calles de esta ciudad donde no nació pero sí se hizo uno con la música. Y si Natura lo hubiera dejado vivir, quién sabe con qué otras cosas nos habría sorprendido.

El hubiera existe, mas esconde su cara para que no podamos verlo con claridad. Cómo sería esta ciudad si aquel 19 de septiembre de 1985 no hubiera ocurrido el sismo, no se sabe. Si seguirían en pie el Hotel Regis y las torres de Pino Suárez, ni idea. Si sería Rockdrigo la figura de la música nacional que merecía ser y si ya para estas fechas tendría un dueto con Natalia Lafourcade, es viable de imaginar pero no podemos afirmarlo. Quizá precisamente por esa imposibilidad es que seguimos teniendo historias, entre lo real y lo posible, y las historias son necesarias para hacer memoria colectiva, y la memoria colectiva nos alerta para que no vuelva a pasar lo que no debe volver a pasar. Necesitamos decir, año con año: que no se nos olvide el terremoto de 1985, sus víctimas y sus héroes, sus errores y sus consecuencias, sus ausentes y sus profetas, y que por lo menos eso nos mantenga cohesionados en éste, que es un gran tiempo de híbridos.

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