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Deja que las aves vuelen

Por Nerea Barón:

Nadie dice todo. Nadie dice nada.

Lo deseable es decir poquísimo.

Callar no es más radical.

Callar es como raparse la cabeza:

el pelo vuelve a crecer.

Pero decir poquísimo, decir lo mínimo

que uno puede decir,

esto es lo que nos permite decir algo. 

Mario Montalbetti, Lejos de mí decirles.

Podríamos decirlo todo. Podríamos emular al inmortal de Borges y acabar como trogloditas balbuceando. ¿No es la palabra finalmente un intento de inmortalidad? Capas sobre capas sobre capas, porque todos tenemos una opinión sobre la peor compañía telefónica y ¿sabes?, la sopa hubiera quedado mejor si primero hubieras sazonado un poco de cebolla y es muy raro que haya golondrinas en la ciudad, ¿viste a esa gorda? Cuando tengas oportunidad a ver si puedes pasarme el teléfono de tu contador, que me urge declarar impuestos. ¿Tú crees que decir “hegeliano de derecha” es un insulto? Lo leí en Twitter el otro día.

Podríamos decirlo todo y en medio de la estridencia borrar los bordes de las palabras. Hablar y hablar hasta dejar una masa homogénea de intenciones vagas, como esos adolescentes con pequeñas serpientes de premura en la boca que lo enredan todo, o como —quizá— los tripulantes de las carabelas, hinchados del súbito privilegio de poder nombrarlo todo y hacer aparecer sirenas en charcos de gordos manatíes y decir oro y decir mañana y narrarlo en cartas.

Mi novela no escrita recibe el nombre de Notas al pie de una intuición breve. El sabor de esa intuición es un fantasma y lo único que queda es una enciclopedia ociosa de precisiones y la terquedad neurótica de registrarlas todas (porque mi cielo no es tu cielo, porque te juro que te amé, etcétera).

Podríamos decirlo todo y al final sentirnos igual de inconformes, con el logos interruptus ardiéndonos en la garganta, la espalda del otro perdiéndose al final de la calle y el silencio invadiendo como un gas tóxico. Podríamos quedarnos solos. O podríamos aprender de la artimaña y rendirnos de una buena vez ante la ficción de toda narrativa; sentir el cansancio, soportar el malentendido.

El otro día, mientras parloteaba, noté que del otro lado de la mesa me abrigaba una mirada generosa. Si observaba mi tendencia a ver de lado, mis microgestos de euforia o mi forma de sonreír y bajar la vista cuando estaba a punto de llorar es irrelevante, como irrelevante era mi tema de conversación, cualquiera que fuera. En el encuentro fortuito, la amistad y la lluvia había una melodía que apagaba toda letra y entonces me distraje de mi blablabla infinito y comprendí lo ridícula y obscena que me veía intentando decirlo todo.

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1
  • Mariel

    Gracias por este texto Nere, me haces repensar mis prácticas, intentar conectar con el mundo sensible que está ahí pero a veces omito creyendo que sólo la palabra puede explicar y definir. Gracias.

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