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De serpientes y conejos

Por Deniss Villalobos:

Hay gente que lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel. Hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto les traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba.
Iñaki Uriarte, Diarios

Pienso que todos los días caminamos entre serpientes y conejos que llevan en su interior un sentimiento que alguien trató de esconder. Convivimos con animales que se convirtieron en guardianes de todos los secretos que muchas personas no quieren contarse ni siquiera a sí mismas, pero que en algún momento saldrán a la luz para poner al descubierto a sus dueños. Son fáciles de reconocer: podemos observar a un señor en la parada del autobús con tres conejos esperando pacientemente junto a él; una adolescente que lleva una serpiente de bufanda sin darse cuenta; dos señoras que, mientras sonríen y toman café juntas, acarician en su regazo un conejito de ojos rojos y, también, personas que son medusas modernas con una colección de víboras en lugar de cabellera sin siquiera darse cuenta.

Hay varios tipos de personas que no soporto, pero cuando me descubro juzgando a alguien por una sola de sus acciones o características, me detengo a pensarlo dos veces. No hay nada que pueda definir por completo a una persona, porque entre todos los defectos, por más irritantes o bajos que me parezcan, debe haber también cosas positivas que no he visto. No se trata de encontrar lo bueno en todos, sino de tener presente que dentro de cada persona hay un lugar que quizá nunca vamos a pisar, pero que aquello que dicen y hacen es solo una puerta, una piedra o un árbol, nunca la imagen completa e inalterable de su interior.

Existe, en algunas personas, la incontrolable necesidad de parecer “bueno”, predicando amor y paz pero sintiendo, en secreto, todo el odio del mundo. A esa gente es a quien con mayor frecuencia me descubro juzgando, pero aunque esa actitud sea solo una fracción de lo que son, y en el fondo tal vez sean personas agradables, no siento curiosidad alguna por conocerlas. Me quedo con el pedazo que alcancé a ver y me doy la vuelta. Prefiero, en cambio, a aquellas personas que pueden aceptar que no son perfectas: sienten envidia, rencor, desprecio o cualquier sentimiento “negativo” sin intentar esconderlo. Aprecio a quienes pueden, abiertamente y sin tapujos, decir lo que piensan sin que su fin sea agradar a todos; a los que sin problema aceptan que algo o alguien les parece insoportable sin fingir que aman al mundo entero; a quien puede compartir, en voz alta y sin vergüenza, lo peor de sí mismo.

La autenticidad va más allá de lo que nos gusta o lo que decimos, como muchos piensan. Una persona no es lo que ve, lee, escucha, escribe o tiene: es lo que siente. Miles de personas en el mundo pueden adorar la misma canción —noticia que impactará a los que piensan que algo existe exclusivamente para ellos—, pero a cada una le llenará la cabeza de memorias distintas al escucharla. La honestidad, más que actuar de determinada manera, es aceptar lo que sentimos, bueno o malo, y no esconderlo del mundo ni de nosotros mismos. Las máscaras, por muy bellas que pretendan ser, se desgastan y caen. Admirar los rostros reales de las personas, con cicatrices, manchas o dientes torcidos, es mucho mejor que contemplar la belleza falsa de esos que fingen ser una perfecta escultura.

Dice Agnès Varda en una de sus películas que si abres a una persona por la mitad encontrarás un paisaje, pero si la abres a ella encontrarás una playa. Esa imagen me parece bellísima, y me gusta pensar en lo terriblemente oscuras y al mismo tiempo increíblemente brillantes que son las playas. No hay nada más honesto que el mar, porque hay en él cuevas y peligros, pero también un cielo que de noche se llena de estrellas. No sé exactamente qué hay en mi interior, tal vez un bosque lleno de árboles verdes para abrazar, pero también repleto bayas venenosas y animales al acecho de una presa. En cualquier caso, me alivia pensar que no llevo dentro conejos y serpientes que, en algún momento, saldrán a brincarme a las piernas o a comerse entre sí, sino que dejo correr con libertad a cualquier animal o tormenta que viva en mí.

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