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De pedos corporales y literarios

Por Nerea Barón:

Ando con con ganas de escribir una columna que hable de lo artificial y coercitivo que puede resultar el pudor. Ya hasta bajé la imagen. Es una de Postsecret que dice algo como “En veinticinco años de casados, mi marido nunca me ha escuchado tirarme un pedo”. Es que está cañón, piénsalo porque, ¿tú crees que ella no lo ha escuchado a él tirarse un pedo? Pensándolo bien, tal vez mi columna no trate de pudor sino de feminismo.

Yo antes le daba totalmente la razón a eso de perpetuar el misterio, me parecía completamente aceptable y hasta atractiva la idea de simular estar siempre al inicio de la relación: “Nunca hagas nada que no hicieras en tu primera cita”, afirmaba. Me acuerdo que alguna vez le llamé a eso respeto, aunque en realidad la primera ocasión que lo escuché no fue de mi propia boca sino de un coach de vida con quien iba mi papá; yo tenía catorce años y me pareció que tenía mucho sentido.

Sin embargo, ahora que ya pasaron los años, me cuesta trabajo estar de acuerdo. No sólo por el tema de género (como si una fuera una muñequita de cristal) sino también porque debe de haber algo detrás de la imagen, ¿sabes? Porque uno no puede ser siempre un personaje, porque a un personaje no se le ama, no se le acompaña –no realmente– y porque el problema de tener éxito siendo un personaje, como a la señora esa del secreto de Postsecret, es que no tienes forma de descubrir que puedes ser amado aún después de tirarte un pedo. Y creo que es importante.

Aunque no sé, posiblemente nunca escriba esa columna. Me preocupa un poco, porque al no escribirla siento que estaría reafirmando mi pudor y mi lucha ideológica sería pura palabrería. Bueno, no sé si preocuparse es la palabra, más bien es como si de pronto no entendiera lo que es escribir. La gente escribe, la gente habla de la gente que escribe y siento que habla de otra cosa. Por eso prefiero que no se me considere escritora, para fallar a gusto y que los guardianes de las letras no me hostiguen.

Neta. Y es que si hay que decir tonteras hay que decirlas. Ni modo de quedarse en un mutismo perpetuo a la sombra de la que limpia, fija y da esplendor. O de volverse un personaje que miente para simular mejor decir la verdad. O de enterrarse vivo sólo por tener un lenguaje oxidado y un catálogo de lecturas mucho más reducido que el de los intelectuales mexicanos promedio. Es una aberración. Creo que a veces hace falta ser una pinche bestia ciega y aventarse con todo el cuerpo a la yunta del momento. Es más, debería de empezar esa columna con un gerundio pomposo. Ya lo vi.

Y eso que ni siquiera es que yo sea polémica, por dios. Pero cursi sí soy, y eso ya es suficientemente molesto para las conciencias ilustradas. No hablar de cocaína o prostitutas menores de edad es no tomarse en serio como escritor. O al menos eso insinuaba un profesor que tuve alguna vez, un tipo mezquino y amargado que escribía rebonito. Dios lo guarde en su gloria.

La paradoja es que cuando uno acepta que se va a tirar un par de pedos en el camino literario y existencial, todo empieza repentinamente a fluir mejor. Si se quiere hacer algo (crear algo, decir algo, amar algo), conviene aprender pronto a ensuciarse el ego. “Al mal paso, darle prisa”, hay quien diría. ¿Y si fallo qué? ¿Y si nunca llego a decir nada aceptable? Qué más pinche da.

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