Por Alejandra Eme Vázquez:

“No hagas caso” es un consejo recurrente cuando las mujeres nos enfrentamos a experiencias en las que uno o varios desconocidos, en espacios públicos, se toman la atribución de asumirse normadores u opinadores de nuestra apariencia física mediante miradas, palabras o acciones concretas que involucran cierto grado de lascivia y nos hacen, como mínimo, ponernos alerta y sentirnos un poco menos dueñas de esos espacios, al menos momentáneamente. “No lo hacen con mala intención”, “ya están acostumbrados”, “no te cuesta nada ignorarlos”, parece ser una corriente de pensamiento que alardeando sensatez y seguimiento de las buenas costumbres, intenta sembrar una actitud de corrección en las damiselas en apuros: tú actúa normal, no te rebajes, demuestra tu educación, apura el paso, ponte a salvo. Pero el paradigma está cambiando y actuar sumisamente, por evasión u omisión, está dejando de ser la primera alternativa ante la pregunta que se afirma cada vez con mayor fuerza: ¿y yo por qué tengo que aguantar eso?

Morras es un proyecto colectivo de cuatro mujeres cuya primera acción fue publicar un video en YouTube en el que caminan por distintos sitios de la ciudad donde son acosadas sexualmente y proponen algo que parece simple pero hace toda la diferencia: responder. Las Morras salen a la calle con vestidos negros, relativamente cortos y relativamente ajustados, a sabiendas de que se encontrarán con hombres que verbalicen a gritos la opinión que tienen sobre su apariencia en términos sexuales, sin filtro alguno. Y así sucede. El método que ellas presentan es regresar con algunos de estos hombres y confrontarlos en dos pasos: primero les preguntan si tienen algo que decirles y ya que la respuesta en todos los casos es una negativa, el silencio o la insistencia en las palabras iniciales, les piden que se ahorren sus comentarios ya que no las conocen.

Era de esperarse, y no porque sea lógico sino porque ya ha pasado otras veces con textos o propuestas similares, que entre las reacciones al video no tardaran en aparecer no críticas fundamentadas, sino abiertas agresiones a estas cuatro mujeres cuya propuesta se ciñe a su experiencia y se resume en una opción: responder. Los comentarios ofensivos, de mujeres y hombres, van en varias vertientes: algunos aseguran que el video es falso porque sus facultades detectivescas han encontrado errores garrafales en la edición o simplemente porque no se les hace que eso pudiera pasar; otros dicen que si Las Morras fueron acosadas es porque eligieron zonas de la ciudad donde “era obvio” que encontrarían hombres “así” y que si iban a zonas adineradas “ni las voltearían a ver”; hay también quien descalifica las formas de respuesta por considerarlas agresivas; no faltan los señalamientos de que “con todo respeto”, vestirse así es una provocación innecesaria, seguidos por la sugerencia de que por qué no hacen lo mismo pero con camisetas y jeans holgados; y también hay quienes las revictimizan, ahora opinando en negativo sobre su apariencia y asignándoles calificativos, tampoco pedidos, que se refieren a su peso o su color de piel.

Porque una cosa que hay que entender de la cultura del acoso es que si no respondes al modelo de damisela bien portada que recibe con candor o sumisión un comentario aparentemente positivo sobre tus atributos físicos, si acaso osas responder “no me interesa tu opinión”, “no tienes por qué hablarme si no me conoces” o cualquier otra actitud de rechazo que ponga en evidencia tu incomodidad, entonces te conviertes en una vieja exagerada, una gorda venida a más, una diva insufrible, “ni que estuvieras tan buena”: así de endeble es el concepto de belleza para una cultura que acostumbra disfrazar de halagos las agresiones.

Entre toda esta humareda de comentarios se levantan, indignados, quienes ven cimbrados todos los cimientos donde descansa su virilidad, y con escándalo lanzan al aire la pregunta: ¿Entonces, si una mujer les parece guapa y la voltean a ver o le dan los buenos días o la guardan en sus imágenes a recurrir para masturbarse, entonces eso es acoso? Y no falta el listo que cita a la RAE, el que pone en duda hasta las comas y el que se autodenomina policía de la tradición y la decencia, porque la feria de las definiciones hoy día está a todo lo que da y porque hay quienes de pronto se ven consumidos por el ansia de rigor, riguroso rigor que no permita de ninguna manera a estas Morras llegar a la conclusión de que ellas pueden hacer su video donde quieran y con quien quieran, de que no están publicándolo para complacer las expectativas de nadie, de que no tienen por qué responder a exigencias desaforadas como si de ellas dependiera el futuro entero de la humanidad y de que sí, pueden vestirse y ser como se les dé la gana.

Pero por si las dudas, amantes del rigor, aquí unos datos.

En México está vigente desde 2007 la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que entre los modos de violencia por razón de género establece las agresiones en la comunidad, referidas a los espacios públicos que pueden representar un ambiente de hostilidad y de eventual riesgo físico o psicológico para las mujeres. Ahí mismo se define al acoso sexual como “una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos”, y se caracterizan como acoso “las conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva”.

Aunque en nuestro país todavía no hay una convención para definir de manera más específica el acoso sexual callejero, existen esfuerzos como el del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) que se instituyó en Chile en 2013 para formalizar el combate a este tipo de acoso en la cotidianidad y en el ámbito legal, y que se ha expandido a otros países latinoamericanos. La definición establecida por el OCAC para el acoso sexual callejero es: “Prácticas de connotación sexual ejercidas por una persona desconocida, en espacios públicos como la calle, el transporte o espacios semi públicos (mall, universidad, plazas, etc.); que suelen generar malestar en la víctima. Estas acciones son unidireccionales, es decir, no son consentidas por la víctima y quien acosa no tiene interés en entablar una comunicación real con la persona agredida”.

Pero los amantes del rigor todavía pondrán en duda términos como abusivo, lascivia, indefensión o malestar; porque siempre se pueden encontrar huecos en las definiciones, pregúntenle a Cratilo si no. Precisamente sobre esto, el escritor Daniel Saldaña París dice en su columna del pasado 29 de abril: “De todos los privilegios a los que tenemos que renunciar empecemos por ese: el de las definiciones. La violencia machista la definen las mujeres. En días recientes se han hecho escuchar las muchas acepciones de esa definición. No se trata de algo que se someta a consulta o que requiera nuestra aprobación de ningún modo: el acoso lo definen ellas”.

Así visto, se lee muy tajante y por lo menos a mí me da un poco de pudor tanto poderío repentino: ¿En serio yo podría decir hasta dónde está el límite, aunque no se parezca al límite de otras mujeres, y esperar que ese límite mío se respete sin chistar? ¿Qué, no es obligatorio responder sonriente y agradecida cada vez que alguien me hace saber sus juicios aparentemente positivos sobre mi apariencia en el momento y lugar que le parecen convenientes? ¿De verdad puedo contar con recibir comentarios de connotación sexual sólo de las personas con quienes explícitamente he manifestado interés por establecer un vínculo de tal naturaleza? ¿Es eso posible?

Y me respondo ahora: no, quizá todavía no estemos preparados para que sea posible en todas las dimensiones de nuestra vida en comunidad, pero al menos en las calles no debería ser un problema entender que el límite es muy simple si parte del principio de que no tenemos derecho, y tampoco tendríamos por qué tener interés, de invadir en ninguna forma el libre tránsito de los demás. Pero no siempre es así.

Es justamente en este vacío que parece dar permiso a cualquiera de normar activamente sobre las existencias ajenas donde las aportaciones del colectivo Morras adquieren relevancia: está, por ejemplo, el factor del acompañamiento como escudo que nos invita a crear redes de sororidad y fraternidad para hacer más llevaderos los esfuerzos por cambiar paradigmas; está también la invitación, nunca de más, a tomar nuestro miedo y convertirlo en otras cosas, en este caso en estrategias de respuesta; está la idea clara y fuerte de que el acoso callejero no es normal, mensaje invaluable sobre todo para las nuevas generaciones que están recibiendo otras estructuras; y está también este mecanismo de destapar la cloaca para que vayan saliendo las formas de pensamiento machista que desafortunadamente siguen perpetuándose pero que se van enfrentando con respuestas que antes no existían, lo que quiere decir que ven fronteras quizá por primera vez.

Parece lógico pensar que esto de poner un alto a las acciones agresivas del día a día puede ser de verdad el primer paso para hacer peso sobre una verticalidad sostenida en absurdos hasta que ceda y se vuelva, efectivamente, horizontal. Y si bien hay mujeres que desde la conciencia de su cuerpo y de sus opciones dejarán pasar consejos como el del video y decidirán no confrontar, lo que es también una respuesta, es cierto que muchas de nosotras nos estamos dando cuenta apenas de que teníamos barreras inexplicables que nos impedían plantarnos frente a quienes nos incomodan sexualmente y recordarles, con palabras y acciones, que no somos un espectáculo para su entretenimiento. Que sólo somos unas morras, tan humanas como ellos, y que ya no queremos tener miedo.