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De medicinas y sanación

Por Nerea Barón:

Todavía no son ni las siete de la mañana y puedo garantizar que ya muchas personas se echaron una pastilla a la boca. O dos. Quizá algunas de ellas tienen una infección y les recetaron un antibiótico o simplemente amanecen siempre con gastritis o dolor de cabeza y ya hicieron de la medicina un hábito. Si les preguntas qué es lo que buscan tomándose dichas pastillas, te responderán con cara de obviedad: que su malestar desaparezca.

Sin embargo, si les preguntas sobre el detonante de su enfermedad, la respuesta dejará de ser tan obvia, y si sugieres alguna causa, como puede ser una dieta poco saludable o un patrón de pensamiento destructivo, la resistencia será evidente, entornarán los ojos o, en el mejor de los casos, te darán la razón llenos de remordimiento sin que eso los lleve a cambiar nada realmente.

La culpa no es suya: vivimos en una época de promesas, de salidas fáciles, y el campo de la salud no es la excepción. No estoy hablando siquiera de los remedios que venden en el metro prometiendo curar con la misma facilidad la diabetes que la artritis, sino de la misma medicina alópata occidental, con todos sus siglos de ciencia detrás.

Resulta sorprendente la poca participación que tiene el enfermo en su propia sanación; es decir, sea cual sea la enfermedad, para la medicina occidental el enfermo es sólo un receptor del mal y, más allá de sugerir un par de cambios estructurales en su estilo de vida, lo que el médico le pide básicamente es que obedezca instrucciones concretas y tome o haga lo que se le indique.

El paciente puede permanecer ignorante sobre los detalles de su enfermedad siempre y cuando se tome las pastillas. Finalmente, la solución viene del presunto saber del médico y de lo que éste le está prescribiendo; no de su propio organismo, ni mucho menos de su propia conciencia. De hecho, los medicamentos que más encomios reciben parecen ser los que menos involucran a quienes los toman: si en cinco minutos te quita el dolor de cabeza, no necesitas siquiera darle un lugar a dicho dolor; lo de menos es si lo cura o sólo lo silencia, en tanto que desaparece el síntoma.

Un abordaje radicalmente opuesto es el que defienden ciertas medicinas tradicionales, como las amazónicas —pienso en la ayahuasca o en el kambó— en donde antes de darte salud, tienes que realizar una dolorosa y desagradable travesía hacia tu interior, ya sea a nivel corporal o a nivel psíquico. En ambos casos hay purga o vómito; en la ayahuasca se registra un gran número de casos de llanto, ansiedad o miedo; en el kambó los pacientes se inflaman y tienen todos los síntomas de un envenenamiento porque eso es, al final y al cabo.

La medicina alópata cree ser mejor por ser más cómoda, pero la principal diferencia radica en el enfoque: para las tradiciones ancestrales las medicinas no son las que propician la salud, sino que, en todo caso, propician que el paciente resuelva el conflicto biológico que dio origen a su enfermedad y entonces sí, alcance la salud de una forma más integral, consciente y duradera.

Para estas tradiciones, no se puede pensar por separado la enfermedad del enfermo y, en ese sentido, el paciente requiere participar de su propia sanación. Ahora bien, sin denostar ciertos avances de la ciencia médica, creo que si cada vez están más en boga este tipo de medicinas alternativas, es precisamente porque nos hemos encontrado ya con los límites de nuestro paradigma. ¿Cuánto tiempo más hay que tomar antidepresivos y analgésicos antes de concebir la posibilidad de vivir distinto?

Incluso desde el seno mismo de la ciencia occidental cada vez aparecen más propuestas que apuntan hacia ese lado, como pueden ser las investigaciones de Hamer, oncólogo para quien el cáncer es sólo la forma en la que el cuerpo busca resolver un conflicto biológico –y que por consiguiente requiere un acompañamiento muy distinto al preconcebido–, o el mismo Freud, para quien el origen de la neurosis reside en el contenido reprimido inconsciente, razón por la que considera que antes que apresurarse a imponer una ideología de bienestar —como hacen ciertas psicologías— hay que adentrarse en las propias cavernas.

Nada de nuestro cuerpo no es ajeno y hasta que no cambiemos la relación que guardamos con nuestra propia enfermedad, tampoco podremos acceder a nuevas formas de salud. La pregunta es: ¿La que tenemos ahora nos basta? A juzgar por la dependencia que como sociedad tenemos actualmente a los fármacos, yo diría que no.

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