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De “mayores” a “menores”

Por Alejandra Eme Vázquez:

La perspectiva adulta sobre la infancia y la juventud-adolescencia suele percibirlas como un estado inacabado, apenas la preparación para esa mayoría de edad en la que llegarán una madurez y una estabilidad que permitirán la incorporación al mundo “de a de veras”… o al menos eso se espera. Esto tiene consecuencias diversas, todas pensadas en que necesitamos educar a los menores para que cuando sean adultos sean personas de bien, pero también protegerlos de los mayores que no lograron ese cometido y de los riesgos, naturales y no, que hay en el entorno. El instinto de toda especie es defender y proteger a sus crías, pero los humanos especialmente hemos creado un concepto ideal de infancia y necesitamos crear espacios que nos aseguren su desarrollo porque, repetimos una y otra vez, ellos y ellas “son el futuro” de este mundo que les entregaremos. Así como alguna vez nosotros lo fuimos.

Pero el plan a largo plazo no está funcionando, o no como debería. Pese a que los conceptos de infancia y minoría de edad han ido revisándose con el tiempo y se ha llegado a logros interesantes, se siguen refiriendo a grupos excesivamente vulnerables cuyo monstruo bajo la cama es la adultez: desde jóvenes que entran a dinámicas de comportamiento social y sexual que nadie está preparado para enfrentar, hasta un número pavoroso de desapariciones y abusos entre la población de esa edad (baste un vistazo a los datos de la Alerta Amber, por ejemplo) y en general, una sensación de abismo generacional que desata consecuencias realmente complejas de explicarnos. Pero de entre todos los factores, la tendencia generalizadora ha elegido satanizar el acceso a nuevas tecnologías y a redes sociales por ser lo antes desconocido, cuando en realidad estos cambios generacionales bien podrían solventarse si lográramos poner la atención en los asuntos más básicos de comunicación, de autocrítica y de percepción de los otros.

Es común que los límites que ponemos a los jóvenes se escuden bajo el argumento del “es por tu bien”: ahora me odias por lo que estoy haciendo, se les suele decir, pero ya llegará el momento en que me comprendas y me agradezcas. Porque la juventud es un estado de paso para el adulto promedio; pero para el joven, es su ahora y su vida. Y aunque sabemos que ciertamente llega un momento en que las preocupaciones de nuestra minoría de edad se convierten en un recuerdo enternecedor o vergonzoso, eso no nos da derecho a minimizar ni subestimar lo que siente y piensa un menor de edad. Mucho menos cuando los niños y jóvenes tienen acceso a tantas perspectivas simultáneas y posibilidades que sí generan curiosidad, quizá “tentación”, pero que ante todo ponen a prueba los prejuicios que en su momento, una adultez a la que no pertenecíamos también nos impuso. Valdría la pena revisarlos y pensarlos más de una vez, en lugar de sostener todo el tiempo el autoritarismo absurdo de quienes detentan lo que es y no correcto. Como si nuestra realidad marchara de maravilla.

No dudo que el “es por tu bien” esté lleno de buenas intenciones, pero desde el punto de vista del menor es una carga demasiado pesada entre el chantaje alevoso y la imposibilidad práctica de ver más allá. Ese “cuando crezcas me lo agradecerás” es sólo una manera de decir: “aguanta, el tiempo se te irá rápido, no sobredimensiones lo que yo sé que no es crucial aunque tú no lo sepas todavía”; es decir, implica una exigencia de tolerancia muy injustamente adulta y una superioridad basada en nuestras propias experiencias, que no siempre son el mejor ejemplo. ¿Cómo aprendimos nosotros que lo que sentimos en la juventud era una tontería? ¿Cuántas cosas bloqueamos y cuántas dejamos sin resolver? ¿Qué de lo que ahora sufrimos resultó de la subestimación hacia lo que en aquellos años nos pareció importante?

Si ese “algún día me lo agradecerás” supone de inicio la seguridad de que el menor va a crecer de acuerdo con los estándares ideales y un día dará la razón a los regaños y prohibiciones, podemos usar la misma lógica para plantear la suposición contraria: ¿y si no llega a ese punto?, ¿y si algo trunca ese crecimiento ideal y nunca puede darse cuenta de cuán sabios éramos al hacerle sentir vergüenza por ser de cierto modo o al minimizar su punto de vista?, ¿y si se encuentra con esa otra adultez que, aprovechando su sentirse incomprendido, le usa para fines muy lejanos a nuestro ideal de infancia y, más aún, de dignidad humana? Quiero decir, la juventud no es un adorno ni un mero trámite para ser adulto, sino un momento vital tan valioso como cualquier otro, incluso crucial; así que idealizarlo a ciegas, incomprenderlo, subestimarlo y juzgarlo duramente bajo criterios imposibles no le hace un favor a nadie.

Porque un vistazo más cercano a eso que llamamos la “edad adulta” permite ver que en gran parte se trata de compensar a los niños y jóvenes que fuimos; que la autonomía nos enfrenta con las carencias que deseamos suplir y las comodidades que deseamos eternizar, pero también con la visión que alguna vez tuvimos de lo que era ser mayor. No estaría de más, entonces, revisar qué patrones nocivos estamos repitiendo, qué prejuicios estamos heredando, qué adultos estamos configurando y bajo qué criterios juzgamos a las generaciones que vienen. Porque sea como sea, la estrategia no está funcionando si sigue habiendo menores que desaparecen o que se encuentran con lo peor de la adultez de maneras traumáticas; no, mientras se subestime a alguien solo por su corta edad; no, mientras haya adultos que traducen los años vividos en un olvido de la perspectiva que alguna vez tuvieron; no, si hay quien continúe creyendo que la única didáctica es la de la moraleja moralina; no, si nos seguimos tomando en serio ese “cuando-crezcas-me-lo-agradecerás”. En todo caso, que nos agradezcan ahora el respeto y la escucha: es por nuestro bien.

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