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De libros y más allá

Por Alejandra Eme Vázquez:

Conjeturas verosímiles

Desocupado lector: para mi siguiente acto, necesito que con una de esas herramientas mágicas del Photoshop tome usted los retratos de William Shakespeare y Miguel de Cervantes y les quite todo rastro de bigotes y barbas, hasta dejar al descubierto sus rasgos: ¿se parecen?, ¿esa nariz un poco más aguileña en Cervantes será en realidad efecto del larguísimo bigote?, ¿cómo serían ambos a la misma edad, dado que el español era 17 años más viejo que el inglés?, ¿esa forma de los ojos y mirada tan iguales es una ilusión, un estilo de los retratistas, o ambos escritores nos están observando con exactamente la misma expresión? Tanto nos contamos la historia de la literatura y la humanidad con base en estos dos ingenios, que hasta Augusto Monterroso desarrolló una encantadora hipótesis que Carlos Fuentes nos cuenta a manera de chisme en Cervantes o la crítica de la lectura: “Eduardo Lizalde me contaba ayer que Augusto Monterroso sostiene que ambos [Cervantes y Shakespeare] eran el mismo personaje, que las prisiones y deudas y combates de Cervantes fueron ficciones que le permitieron disfrazarse de Shakespeare y escribir sus obras de teatro en Inglaterra, en tanto que el comediante Shakespeare, el hombre de las mil caras, el Lon Chaney isabelino, escribía el Quijote en España. Esa disparidad entre los días reales y la fecha ficticia de una muerte común permitió al espectro de Cervantes trasladarse a Londres a tiempo para volver a morir en el cuerpo de Shakespeare”.

What’s in a name?

La literatura no puede entenderse sin el ingrediente del juego, lo mismo que el lenguaje. Por eso no cuesta creer que el ácido Monterroso hubiera inventado tal teoría, y es aún más divertido cuando se encuentran citas que se la toman en serio. Y es que vistos en retrospectiva, Cervantes y Shakespeare sí dan la sensación de que estaban construyendo algo monumental, pero ellos no pudieron verlo: somos nosotros quienes los hacemos coincidir para armar su magnificencia, a tal grado que dejamos de lado detalles técnicos con tal de tener un pretexto para juntarlos. Porque mientras Cervantes murió el 22 de abril y fue enterrado el 23, Shakespeare falleció en realidad el 3 de mayo de su calendario (el juliano, que regía en Inglaterra en su época y que estaba bastante desfasado del gregoriano, aplicado en España). Pero nos encanta creer en un mundo que se escribe bajo designios superiores y, no muy alejados de la ironía de Monterroso, aprovechamos la ficción del tiempo para decir que estaban muriendo el mismísimo día de 1616, junto con Garcilaso “El Inca” de la Vega; y todavía más, porque después en diferentes años, ya cuando el calendario para todos era el mismo, nacerían o morirían un 23 de abril otros escritores (y mucha más gente, supongo) como Vladimir Nabokov o Josep Pla; entonces se tomó el día cual fecha cabalística y listo: desde 1995, el Día del Libro y los Derechos de Autor es una fiesta internacional declarada por la UNESCO, con sede virtual aquí: http://www.unesco.org/new/en/wbcd.

Una máquina de soñadas invenciones

Cervantes y Shakespeare vivieron en un momento en que la imprenta apeas estaba haciendo sus pininos y aunque ya les tocó ser reconocidos como autores y apoyados por la Corte para escribir, hay anécdotas deliciosas como que Shakespeare en realidad se “robaba” las ideas de otros autores y no se le reconocía su calidad literaria porque era muy popular (o “populachero”), o que a Cervantes le hacían bullying literario sus contemporáneos por considerarlo dramaturgo y poeta “menor” hasta que escribió ese best seller de su tiempo, que después se tomaría como la primera novela moderna, sobre un hombre que se vuelve loco por leer libros y que hace del mundo una extensión de ellos, pese al mundo mismo. Hoy ambos podrán ser institución e inspirar el muy serio Día del Libro y de los Derechos de Autor, pero lo que estaban haciendo era experimentar con su lenguaje, sobrevivir, jugar, resolver. Cambiar paradigmas. Por eso es extraño que muchos tomen el 23 de abril como un pretexto para lanzar discursos sobre que todos “deberíamos” leer más, que “ya no hay grandes autores”, que los antiguos fueron “ejemplares”… Si dejáramos de caminar viendo hacia atrás, notaríamos los horizontes de cambio en los que ya estamos, los que nos esperan, las oportunidades. Qué bueno que hay libros que dan materialidad a un texto y sus efectos, pero en la era de las masas y lo digital ya no necesariamente son un conjunto de páginas ni son exclusivos de ciertos sectores; qué felicidad que los autores sean reconocidos y puedan obtener beneficios de lo que escriben, pero el concepto de derechos de autor ha ido borrando sus fronteras para propiciar juegos y fenómenos como las reescrituras o el plagio creativo, y lo que falte. Estamos parados sobre un cambio de paradigma que tiende a desacralizar, y si quienes históricamente han contribuido al acervo de lo humano coinciden en ser gente dinámica y visionaria, ¿por qué seguiríamos nosotros viendo lo nuevo con ojos viejos?

My kingdom for Rocinante

Hoy, aunque todavía hay muchos que cuestionan la “utilidad” de la literatura en términos capitalistas, hemos llegado a un momento en el que no se duda de su permanencia en el día a día: la lectura literaria está socialmente aceptada como una necesidad aunque no se pueda explicar concretamente en qué radica su importancia, quizá porque depende de lectores y de lecturas en contextos específicos; hay quien ha hecho de ella un negocio masivo y quien sigue defendiendo que “no es para cualquiera”, pero ahí está y estará. Por eso ahora que decir “libro” y decir “derechos de autor” ya no significa lo mismo que hace cinco, diez o doscientos años, podemos ir transformando nuestra manera de celebrarlos, no sólo como documentos históricos ni como fuente de conocimiento, sino como extensiones de lo humano que ya ni siquiera dependen de un objeto de papel o una persona, sino de lo que vamos construyendo y descubriendo con el lenguaje: del cambio mismo. Qué gusto que las columnas principales que sostienen al Día Mundial del Libro y los Derechos de Autor sean Shakespeare y Cervantes, dos escritores cuya idea declarada de literatura y de universo es todo, menos solemne. Así que para homenajearlos, y sin obligatoriedades ni cultos de por medio: Felices días a todos los libros y gracias a todos los autores.

Mas pues d’esto se encarga la memoria,

demos feliz remate a nuestra historia.

                                                               The rest is silence

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