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De la identidad como ficción

Por Nerea Barón:

Cada vez que tengo que firmar con un seudónimo utilizo uno de dos: Nereísima o Nerea Barón, que en realidad son dos variantes del mismo. Con ellos puedes acceder a toda mi vida cibernética; encontrar mis publicaciones en distintas revistas digitales, llegar a mi Twitter, a mi WordPress, a mi Tumblr y hasta a mi Facebook. Llevo tanto tiempo con ese nombre que muchos de mis amigos me dicen Nere e incluso hay quienes no saben mi nombre real.

Por eso, cuando hace unos días tuve que firmar un texto con un seudónimo para entrar a un concurso, no titubee: Nerea Barón, escribí. Sin embargo, de repente me pareció que estaba haciendo trampa: ¿no se firmaba con seudónimo acaso para esconder la identidad de los autores y así garantizar neutralidad en el fallo del jurado? Cierto es que no me considero particularmente famosa, pero en cualquier caso mi seudónimo no es una ocultación sino una extensión de mi identidad, e incluso usar mi nombre hubiera sido mejor alternativa si de conservar el anonimato se trataba (¿Quién demonios es Mariana Pedroza?).

Detrás del uso de seudónimos hay cierta ontología, como si creyéramos secretamente que el nombre contiene a la cosa, de forma que si se cambia el nombre, la cosa deja de ser lo que es. Esto tal vez funcionaba así cuando los nombres tenían un peso social mayor, como en los pueblos en los que todos se conocían entre sí: ‘Fulano, que es hijo de tal, nieto de tal, que se dedica a tal’. En esos casos la superposición entre el nombre y la identidad del sujeto era absoluta y la única forma de librarse de la letanía de epítetos que se le atribuían era cambiándose de nombre.

Sin embargo, en la era de internet en la que todos nosotros tenemos cuando menos un username, hablar de seudónimos como tal —es decir, de nombres falsos— resulta problemático, pues si los seudónimos refieren efectivamente a la persona a la que quieren referir, ¿cómo podemos decir que son falsos?

Los nombres son núcleos de atribuciones vacías que funcionan por consenso; es decir, lo de menos es la palabra que se utilice siempre y cuando tanto el escucha como el receptor sepan a qué objeto o persona se están refiriendo. En esa medida, sería más atinado llamar a nuestros nombres cibernéticos ‘alterónimos’ antes que ‘seudónimos’; nombres alternos a nuestro nombre propio.

No es una mera cuestión de terminología sino de reconocimiento: somos tanto o más la identidad que creamos como la que nos es dada de nacimiento. Incluso las personas que abiertamente crean un personaje que no corresponde con su persona, en la medida en la que lo sostienen a lo largo del tiempo y entablan relaciones desde ahí, le dan vida a esa identidad.

El nombre unívoco es una ingenuidad, como si se nos pudiese contener con una sola palabra o como si detrás de las múltiples máscaras que tomamos prestadas de aquí y de allá hubiera una persona consolidada e inalterable. Como si no fuéramos nuestros roles, como si la identidad no fuera siempre una ficción.

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