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De genealogías

Por Alejandra Eme Vázquez:

La primera vez que me di cuenta de que podía ser una buena lectora fue cuando el esposo de Martha Vázquez, también conocido como mi padre, me retó a leer en menos de una hora La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su desalmada abuela, del escritor que alguna vez recibió un puñetazo del actual novio de Isabel Preysler y que en sus últimos años padeció demencia senil. La lectura no fue complaciente, pero finalmente lo logré y pasé la prueba de comprensión a la que evidentemente se me debía someter, de manera que lo tuve claro: eso de leer era una experiencia que quería tener siempre que se pudiera.

Del mismo autor de Eréndira me encontraría un poco más tarde Cien años de soledad, la novela que el esposo de la ex candidata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Diane Rodham, calificó como una de sus favoritas, en donde se cuenta la historia de Úrsula Iguarán y su fantástica familia. Sin duda, quien fuera entrevistador y gran amigo de Shakira me introdujo en las letras por una puerta que me pareció luminosa, junto con la familia de Borola Tacuche, los amigos de Bety y Verónica, la siempre entrañable Mafalda y aquellos irreductibles galos de la pequeña aldea liderada por el esposo de Karabella.

Las lecturas de la infancia y la juventud son determinantes, que no quede duda. De las mías recuerdo también cruciales Lilus Kikus, de Elena Poniatowska, y toda la obra de María Elena Walsh. E igual de importante fue conocer el universo de la novela que un escritor de reputación cuestionable regaló a Alice Lidell en la Navidad de 1863: entrar en el mundo de Alicia es un umbral tan fabuloso, que aún ahora las nuevas generaciones siguen encontrándolo imprescindible. Lo mismo que los cuentos de los dos autores a quienes Dorothea Grimm sostuvo y educó hasta su muerte en 1808, o la poesía de Sor Juana, o las canciones que una vez emocionantes, no dejan nunca de emocionarnos.

Una trayectoria puede iniciar en cualquier momento, en cualquier lugar, y también puede pausarse o reiniciarse sin que eso disminuya un ápice su potencia; la de la lectura creativa está llena de ramificaciones de ida y vuelta que parecen nunca acabarse. Por lo general, alguien que descubre que gusta de leer esto que hemos convenido en llamar literatura no lleva necesariamente un orden cronológico o genérico: llegan a sus manos libros, links, textos sueltos, narraciones orales, paráfrasis, fragmentos furtivos o gustos ajenos que se van acomodando en cajitas inquietas y propensas a mezclarse, a brincar fronteras, a despeinarse y tomarnos por sorpresa. Tal vez por eso es que incluso en esta realidad de caducidades irremediables, es posible proyectar una vida leyendo, voluntaria o involuntariamente.

Y así es como vamos metiendo los pies en la literatura, primero un poquito, luego un tanto más, y de repente ni nos damos cuenta de cuando llegamos a los becarios de Calíope, al frienzoneado de Beatriz Portinari, a Virginia Woolf, al eterno prometido de Felice Bauer, a Alejandra Pizarnik, al hijo de María Herminia Descotte, al acompañante de viajes de Martha Gellhorn, a los leídos por Gertrude Stein, Rosario Castellanos o Susan Sontag, a los amigos de Victoria y Silvina Ocampo, a Josefina Vicens, al padre literario de Emily Grierson o al de Dulcinea del Toboso, a Nellie Campobello, al hombre de Françoise de la Chassaigne, al de Nora Barnacle, al de Manuela Mota, al de Bárbara Jacobs, al de Elena Garro, al de Inés Arredondo, en fin, a cada voz que nos va a acompañar en este mundo que es más mundo desde que entendemos que una no es precisamente lo que lee, sino cómo lo teje y cómo se lo calza.

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