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De enfermarse

Por Alejandra Eme Vázquez:

Nuestro estar habitual pierde firmeza,

in firmus,

nos sentimos incapaces de seguir las mínimas rutinas,

nos duele,

nos cuesta,

nos volvemos otra vez niños que necesitan:

nos enfermamos.

El cuerpo se ejecuta como se ejecuta un acordeón. Se estrecha y ensancha según la presión externa y puede encontrar su mejor armonía en sostenerse el mayor tiempo posible sobre una posición casi agónica, para luego recobrar fortaleza en notas que cimbran los alrededores. A través suyo el aire se convierte en música y, como todo instrumento, desafina cuando debe desafinar: sólo así puede informar al ejecutante que hay algo incorrecto, pero no se resiste a continuar su melodía si es atendido en lo que requiere o estimulado como precisa. Es simple y claro, si se le mira bien.

Por ejemplo: yo misma he sabido que mi cuerpo gusta de dar clases tanto como mi mente porque sólo me informa que está enfermo en mis horas libres y vuelve a la carga, a veces milagrosamente, cuando comienza mi tiempo frente a grupo; si me enfermara mientras estoy en funciones me preocuparía, porque las manifestaciones de lo corporal (ésas que al menos en apariencia no controla nuestro juicio) son también una opinión y en ocasiones, un grito digno de tirano que obliga a ser escuchado porque quizá de otro modo no le haríamos caso. Enfermarse es recobrarse, también, obligarse a estar en este cuerpo-adentro aunque se tenga que parar el mundo. ¿De qué nos sirve el mundo cuando somos resfriado, colitis, receta, mareos, náuseas, incapacidad, calambres, hoja rosa, punzadas, reposo, migrañas, cansancio: derrumbe?

Estamos educados para identificar qué es sentirse mal, así podemos preservar la vida el mayor tiempo posible; si una coordenada de nuestros cuerpos se convierte en protagonista es porque el equilibrio se ha perdido. Lo difícil es delimitar con exactitud ese pretendido equilibrio, si su alteración también puede ser provocada por el amor o por la alegría; si también pasa cuando vemos teatro, con la lectura, con la música; si sucede con la comida, esa forma de invasión que nos deteriora sin remedio; si toda descarga de emoción se parece tanto a un síntoma severo. Si todo el tiempo estamos enfermándonos y de eso parece depender lo que llamamos salud.

El enfermo mira el universo de otro modo, porque el instante de perder firmeza hace que todo se tambalee. Lo que era importante ya no lo es, y viceversa: un cuerpo enfermo es la memoria de todos los cuerpos que han dejado de ser. Yo pensaba, cuando era niña, que el dolor físico era provocado por las células pateando el órgano en cuestión. «Me duele el estómago», decía, pero en realidad me imaginaba a millones de pequeños personajes golpeándome con furia desde adentro porque no les había gustado algo que había comido o no les había dado lo que necesitaban. Supongo que por mucha información a la que pueda acceder ahora, en el fondo no he dejado de pensar algo parecido, porque en realidad no entiendo el sistema que funciona adentro mío: si ha sido puesto en marcha desde antes de que yo tuviera conciencia, ¿cómo podría sentir que tengo algún tipo de control sobre él?

Cuerpo adentro: inhalo. Cuerpo afuera: exhalo. A veces lo hago en automático, a veces me atemoriza pensar que en algún momento ya no seré capaz de continuarlo, a veces me detengo a disfrutarlo. Y así, hasta que sobrevenga el último vestigio de estar viva.

«Recupérate pronto», me dicen cuando me enfermo; es decir, «vuelve a gobernar sobre ese cuerpo que se te ha salido de control». No sé si eso sea preciso. Quizá la enfermedad sea una forma de recuperarme, si me devuelve el pensar en términos de la más concreta humanidad: no puedo ser mente si no ejerzo mi corporalidad, mi piel adentro no es sólo un envase, es natural de mi sangre emerger, el dolor físico viene de mis límites y va hacia mis umbrales. Enfermarme, entonces, se convierte en un recordatorio necesario, uno que también pasará. Nunca voy a poder encontrar contento en sentirme disminuida de aquellas capacidades que he racionalizado como normales, pero tampoco me atrevo a satanizarlo: así como el placer y el miedo, como el baile y la caída, la enfermedad no es más que el cuerpo reclamando su imperio.

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