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De embelesos y otras hierbas

Por Alejandra Eme Vázquez:

Oh, for Christ sake! What’s wrong with your self esteem?!

 Blue Jasmine, Woody Allen

La plumbago capensis es usada para calmar dolores, curar la sarna y otras enfermedades de la piel. También se le llama hierba de San Antonio. De ella se extrae la capensinidina, un compuesto de uso industrial. También se le llama belesa. En la Edad Media se usaba “para emborrachar a los peces y pescarlos”, y tenía (tiene) efectos narcotizantes similares a los del toloache. También se le llama jazmín azul. Aún ahora se suele usar para brebajes con los que alguien puede sucumbir de “suspensión y pasmo que ocasiona en el ánimo alguna fuerte imaginación, dejando sin movimiento y aun sin sentido al que la padece”, o sea, para que alguien sienta algo parecido al amor con la pequeña ayuda de esta preciosa flor, que también es llamada embeleso.

Del embeleso, la flor, surge el sentido de embelesar como efecto de lo encantador, porque el trance del envenenamiento o la anestesia del narcótico al parecer se asemejan al arrebato del placer más genuino. Y así como el embeleso, la flor, se usa en la brujería para lograr que alguien se pierda en sí mismo y pueda ser manipulable, embelesar a los demás sin más ayuda que la propia persona es uno de los escenarios más tentadores que nos ofrece la vida en sociedad: cautivar los sentidos, arrebatar, dejar absorto,  lograr (¿lograr?) que el otro se sienta hechizado con nuestra sola presencia. Ser un truco de magia. Un encanto.

“Su belleza es fuera de este mundo”, “era tan hermoso que no parecía real”, “le robó el aliento”, “qué cautivador”: el embeleso es siempre asociado con lo extraordinario y lo excepcional, lo capaz de llevarnos a otro plano de la realidad, uno mejor. Por lo tanto, necesita de un contexto en el que exista cierto grado de enajenación, rutina o hartazgo que produzca la necesidad de un factor que pueda sacarnos de ahí, no como escape sino como devolución de humanidad, ésa que se supone que logran el arte y el amor, por ejemplo. Algunos se embelesan con ciertas películas o ciertas canciones que por un momento les hacen creer que el mundo es divino y que todo lo pueden; pero el embeleso más efectivo, por su promesa de duradero y porque activa una química cerebral muy potente, es el que logran las personas que llamamos encantadoras.

El discurso que se construye para ser encantador tiene que ver con jugar a evidenciar la propia torpeza, la propia languidez y la propia ignorancia, pero “con gracia”, es decir, con el pretendido no entendimiento de lo serio o cuadrado del mundo y la ingenuidad ensayada y reproducida a partir de los elementos que nos han dejado tantos y tantos años de creación de ficciones sobre lo que llamamos cultura. Nos educan para ser un encanto, para no ser estridentes ni incómodos, para explotar las cualidades que se supone que tenemos y hacer que los otros sean felices. Es un discurso muy femenino, lo que no significa exclusivo de mujeres, sino asociado a un rol tradicional que pone en juego las jerarquías de deseante/objeto de deseo y opresor/oprimido, con el riesgo permanente de que el poder del que embelesa se esfume en cualquier momento y los papeles se reviertan.

Porque depender de los efectos que se producen en el otro deja un espacio suficientemente vacío para que el embelesado deje de estarlo a la menor provocación y pueda señalar claramente las costuras de aquello que se quedó sin efecto. La torpeza, la languidez, la ignorancia, el no entendimiento y la ingenuidad pasan a ser una molestia, una cursilería, una vil pendejada. Ese espacio de vulnerabilidad, que se construyó con tanto cuidado para dar la sensación al prójimo de que debía actuar con sumo cuidado ante lo frágil, puede fácilmente convertirse en objeto de escarnio, de agresión y violencia. El desencanto significa un grado importante de frustración, y suele provocar una especie de revancha con lo que antes nos embelesó: ese impulso por destruir la belleza, que hemos convenido tan natural, se potencia cuando tal belleza pierde sentido.

Hace poco iba en el camión cuando encontré ocasión para practicar uno de mis deportes favoritos: escuchar conversaciones de extraños. Eran dos mujeres y un hombre, y él les iba platicando una historia que parecía ya antigua, de cuando estuvo viviendo con una mujer a la que adoraba y todo iba perfecto hasta que un día, buscando algo en un clóset, encontró el amarre que ella le había hecho a él. Eso lo destrozó. Deshizo el amarre, pues según explicó sólo así pierde efectividad, e hizo como que no había pasado nada. No dijo una palabra sobre el tema, pero todo comenzó a caerse en aquella relación que antes era ejemplar: peleaban, él vio de pronto maximizados todos los defectos de ella y cuando al fin le reclamó directamente, ella no pudo negar su crimen y ahí terminaron. Era descorazonador escuchar el desprecio y la saña con la que el hombre se refería a su alguna vez amada, pero así es esto cuando el jazmín azul pierde efecto. Se acaba el encanto y no descansamos hasta ensuciar y pisotear lo que antes repetíamos con mucha convicción que era “luminoso”.

Es tanto una trampa el ser encantadores, que incluso cuando intentamos no serlo caemos en ella. Porque siempre se trata de agradar al otro, o de desagradarle, o de demostrarle que no nos interesa si le agradamos o no. Demostrarle. Siempre a un otro. Que nos corazonee en las redes sociales, que diga que le gustamos o que no, que nos felicite por lo increíbles que somos o que nos odie porque de algún modo torcido también el odio nos reafirma cierto encanto perverso, de ése que tanto nos fascina. Visto así es desgastante, pero la verdad es que no tenemos de otra más que a ser como nos hayan enseñado a ser; no necesariamente nuestra familia o la escuela, sino todo el conjunto de ideas y experiencias al que tenemos acceso, al que nos hacemos acceso, a cuyo acceso aspiramos. No hay salida. Vamos a ser como nos hemos hecho a la idea de que se puede ser y siempre habrá algún otro, individuo o colectivo, al que vamos a desear encantar, lo aceptemos o no.

Quizá la solución es provocar el desencanto como en aquel juego de infancia, invitando a los demás a movilizarse y a no quedarse suspendidos esperando que lo que juzgan fascinante los libere de algo que no le corresponde; o que poco a poco mudemos el embeleso hacia la fuerza ajena en lugar de a la vulnerabilidad, que lo que nos sorprenda y maraville no sea la fragilidad sino la autonomía. O que intentemos ocuparnos sólo de nuestros asuntos y dejemos ser, nada más y nada menos. Pero aun así, siempre habrá un resquicio para la reproducción de estructuras que están desde que lo humano es humano, y quizá también sea tiempo de tomarlo con cierta gracia. Gracia agridulce, gracia resignada: gracia encantadora.

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