Looking for Something?
Menu

De conocer el tiempo

Por Alejandra Eme Vázquez:

Time will say nothing but I told you so.

W. H. Auden

Todo es culpa de los adverbios. Si en vez de “ya es agosto”, “casi estamos en octubre” o “todavía no es diciembre” nos limitáramos a decir la fecha, el día de la semana o nada, qué fácil sería. Pero no nos conformamos con las puras acciones, a fuerza necesitamos describirlas y así tomamos distancia, en zoom acercar o zoom alejar, de ese reloj que puede ser acelerado o suspendido por la sola palabra. O eso creemos. Cómo nos gusta hacernos la vida difícil: si no hubiera tiempo que se precipitara o se alargase, nuestro paso por la vida sería infinitamente más terso… e infinitamente más aburrido.

Dice Auden que el tiempo solamente responderá “te lo dije” cada vez que nos preguntemos si estamos irremediablemente atados a él o si será que la rosa en realidad “quiere” florecer sin sentirse presionada por manecillas naturales. Y yo creo en esa posible respuesta, porque el tiempo obliga a la consumación. Vivida la primera vez de cualquier cosa, una efeméride se fija; conozco gente que de verdad celebra muchos de los días mundiales instituidos por no sé quién, y hasta llega al atrevimiento de apropiarse de un día, que viene a identificar como “el de su nacimiento”, para aplicar en sí misma una medida de paso de tiempo y decir: “ya falta tanto para cumplir 37 años”. Qué gente loca que son, que somos.

A finales del año pasado compré un calendario hermoso, con ilustraciones gatunas de Edward Gorey, en el que por primera vez voy anotando lo que haré, lo que hago y lo que ya hice. Qué bonita forma de cuadricular la sensación de que nunca hay tiempo por vivir porque en realidad todo está ya registrado o listo para serlo; y lo peor (¿mejor?) de todo es que me gusta mucho la idea y a mi inconsciente también, porque desde que anoto los plazos y las citas, soy más eficiente. Lo que no es sorpresivo, si pensamos que a eso parece invitarnos este mundo en el que nuestra percepción se convierte en Verdad por quién sabe qué conjuros.

Así que “ya” estamos en el umbral de agosto: eso significa que falta un mes para las fiestas patrias, dos para mi cumpleaños, tres para el Día de Muertos, cuatro para Navidad, cinco para el cumpleaños de mi hermana, seis para San Valentín y síganle contando. Escribo esto cuando falta un día para salir de vacaciones, alguien lo leerá cuando esté ya de regreso y parecerá que no ha pasado nada o que ha pasado mucho, según lo cuente cada quien. Dicen los que saben que la percepción de que el tiempo pasa “demasiado rápido” o “muy lento” es meramente humana y se encuentra establecida desde el lenguaje y el pensamiento, porque no hay nada más absurdo que segmentar cada transcurrir en periodos que, según afirmamos, son susceptibles de medirse igual para todos. Y hasta lo comprobamos con instrumentos diseñados, claro, por nosotros.

Pero si no existiera ese atrevimiento sublime de la medición, ¿qué chiste? ¿Qué de lo que llamamos avances existiría, qué juegos jugaríamos, qué roles nos impondríamos? Probablemente ninguno: el tiempo es un invento que nos da sentido y aunque al final de nuestra vida volteemos hacia atrás y todo parezca haber sido un segundo, contra la percepción circunstancial está la certeza viva de que no lo fue. Y aunque mi primera intención era decir que de qué nos sirve quejarnos por lo rápido que pasa ese tiempo inventado, la verdad es que cada quien debería tener el derecho inalienable de desperdiciarlo como quisiera. Haciendo de cuenta que cambia al mundo o haciendo de cuenta que no. Es igual de lindo.

Como dice aquel poema tan chistoso de Renato Leduc, en el que explota de todas las maneras posibles la palabra “tiempo” y la hace aparecer al menos una vez en cada verso (colapsando de paso nuestros nervios sonoros), todo llega a la conclusión de “la dicha inicua de perder el tiempo”. Nos ilusionamos “haciendo cosas” para tener la ilusión de perderlas, finalmente; y estas ilusiones se alimentan de todos los “jamás”, los “ya” y los “todavía” que nos hacen creer que cruzamos-a-través-del-tiempo cuando en realidad sólo estamos, como en suspensión, jugando a contar segundos. Rápido. Lento. ¿Lo ven?, todo es culpa de los adverbios. Benditos sean los adverbios, al menos temporalmente.

 

Puede interesarte

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter