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De aprehender a soltar

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

Estoy triste, no lo niego,

pero será pocos días,

porque ya me resigné

y así cualquiera se olvida.

¿Para qué sufrir por alguien

que antes yo ni conocía?

Los Tucanes de Tijuana

“Déjalo ir”, te dicen en cuanto se presenta la oportunidad, “ya verás que todo se arregla, las cosas pasan por algo”. Vulnerables como somos ante la vida que sabemos finita, el mundo nos recuerda cada tanto que la ilusión de poseer es sólo eso y parece exigirnos que nos vayamos acostumbrando al arrebatarnos amores, empleos, amistades, pertenencias, indicios de una estabilidad que a fuerza de imitación nos hemos impuesto como meta.

También tú lo dices a otros, cuando es tu turno: “Déjalo ir, aprende a soltar”, y te angustia, y te enoja que alguien se aferre a lo que evidentemente ya no puede recuperar intacto porque cuando es otro el que sufre, tú puedes percibir claramente que ahí a unos pasos están las esquinas, los finales que nadie elige, las pérdidas irremediables e incluso, si nos ponemos optimistas, las oportunidades. ¿Cómo no puede verlo la amiga que sigue diciendo amar a ese patán, el estudiante que no supera haber reprobado tres materias? Déjenlo ir. Suéltenlo. Tener es una trampa, repites, repetimos: no se engañen.

Porque es cierto que entre más pronto nos repongamos, más pronto notaremos que pese al aparente naufragio, vamos a sobrevivir. Muchos antes que nosotros lo han hecho, muchos después que nosotros lo harán. Y hasta vamos a reírnos, al recordar que algo tan insignificante (lo estamos viendo de lejos, claro) nos provocó emociones tan hondas. Pero también eso es una trampa. La impostada actitud de quien luego de la tormenta se jacta de la calma es otra manera de no dejar ir. Le tenemos tanta fe a olvidar, que también dejamos fuera de la memoria otras preguntas cuya respuesta quizá nos aclararía muchos asuntos:

Y cuando tuvimos, ¿cómo tuvimos?

¿Sabemos conservar?

¿Nos hemos preocupado por que las efímeras “pertenencias” florezcan en nuestras manos?

¿Somos capaces de mantener?

Quizá es que nos hemos dado cuenta, cómo no darnos cuenta, de que no controlamos nada en realidad y entonces nos parece tan simple como saltarnos la parte de sentir las pérdidas. Bajo este cristal, hasta la sensación de éxito es obligada a perecer pronto para evitar “creérnosla”. Y surge la urgencia: aprende a soltar, mira que nada tienes, déjalo ir, olvida, qué más da. Pero sí da más: da miedo que tanto dejar ir nos anestesie ante todo y acabemos por renunciar a tener cualquier cosa (una postura, una esperanza, una aportación) como si no importara, como si lo mejor fuera no sólo responder “nada” a todos los “¿qué tienes?”, sino desear de veras no tener nada. Porque no sé si pueda alguna vez aprender a soltar, si no me preocupo primero por aprender a poseer.

La respuesta automática a la inestabilidad de otros, y de otros a la nuestra, es: todo va a estar bien, ya verás, déjalo ir. “Unidos vamos a superarlo”, dicen los gobiernos a los familiares de desaparecidos, “el mexicano se caracteriza por su sonrisa ante la adversidad”, “entre todos podremos salir adelante”; ¿y adelante de qué?, ¿qué puede significar un adelante como constante abismo, sin construcción previa que nos deje descansar en la idea de que estamos haciendo algo, lo que sea, con lo que sí nos pertenece? Por lo pronto, la vida en tanto presente. Con todo y sus minucias.

Esa ansiedad por editar a fuerza de clausuras, por “dejarlo ir” y punto, no garantiza más que una amnesia selectiva que puede derivar en la incapacidad de contemplar y de aprender, aprehender de veras. Para recuperarnos de algo doloroso, es preciso recobrar los lazos con el mundo que hemos perdido, y dejarlos tomar las formas que sean necesarias. Por eso es que si ahora siento tristeza, enfermedad o ganas de llorar, puedo elegir ser dueña de ello y vivirlo atentamente, un paso tras otro, a ver a dónde me lleva. Sin prisa por fluir, que estoy fluyendo; sin ansias de soltar, que voy soltando, incluso si no quiero. Si lo inevitable es dejar ir porque todo se está yendo de cualquier manera, lo humano es crear el tiempo para conservar lo que se pueda y mientras se pueda, aun contra todo pronóstico.

Así que antes que aprender a soltar, vamos aprendiendo a tener. Y a sostenernos.

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