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De animales y otros humanos

De animales y otros humanos

Por: Alejandra Eme Vázquez.

 

Como mucha gente de mi edad y estilo de vida parecido, yo tuve un gato en casa durante nueve años. Se llamaba oficialmente “Lucas” pero quienes lo queríamos le decíamos “Gati” (nunca supimos bien por qué) y era muy gracioso, un felino entrañable sin lugar a dudas. Hasta que el asunto dejó de ser divertido, pues al mudarme fallaron todas las consideraciones que intenté tenerle, al grado de que no podía salir como acostumbraba y se neurotizó terriblemente en un espacio que ya no era amable con él. Después de mucho pensarlo, decidí darlo en adopción y justamente hace un año, un gato color miel y su humana chillona dieron un último paseo juntos para que él se quedara a vivir en el Estado de México donde ya “hasta amigos tiene”, me dicen.

Ahora que pensaba en ese triste aniversario de grandes pérdidas y grandes ganancias, no puedo sino reparar en los cambios que ha sufrido nuestra relación con los animales desde tiempos lejanísimos: nos gustan, nos encanta tenerlos cerca y hemos adaptado a ciertas especies, incluso, para que nos acompañen en casa o nos den espectáculos. El hábitat de muchos de ellos ya no es sino la ciudad, y les hemos asignado tanta carga de humanidad que a veces ya no sabemos hasta dónde son capaces de entendernos y qué tanto de nosotros reflejan.

Justamente en ese lazo básico y extraño es donde se abren muchos espacios de acción que a veces ponen en duda la ética de los seres humanos, o la difuminan. Hemos educado la vista y la ternura para que un gato lamiendo a un bebé o un conejito bostezando nos provoquen reacciones felices de sólo pensar en ellos; pero también hemos educado al miedo y a la repugnancia para hacer matanza de ratas o ver en una víbora la maldad representada. En cualquier caso, todas ellas han sido construcciones humanas, y habría que hacernos cargo.

Porque de ahí a la relación entre los animales y el espectáculo, hay un paso tan diminuto que todavía no me queda claro. Pienso en el reciente caso de la tienda “+Kota”, que vendía animales exóticos sin licencia y tenía a algunos en exhibición bajo condiciones terribles; o la iniciativa recién aprobada de circos sin animales, que ha puesto el dedo en la llaga al cuestionar una tradición centenaria; o las corridas de toros; o muchos de mis conocidos manteniendo mascotas en espacios asfixiantes, sin dedicarles el tiempo que ellas requieren. Y es complejo.

Busco posición y resbalo constantemente, porque el tema lo creamos nosotros mismos entre discursos contradictorios. Hemos hecho tan dependientes a ciertos animales, tan a nuestra semejanza, que hay responsabilidad en todo lo que hagamos y dejemos de hacer, y en sus consecuencias: ¿dónde liberaremos a elefantes cuya realidad de toda la vida ha sido vivir en cautiverio, quizá en condiciones nefastas, y que han visto modificados sus instintos con un entrenamiento humanizante?, ¿qué favor le estamos haciendo a un perrito al tratarlo como un bebé?, ¿por qué enseñamos a los niños a ver las vitrinas donde exhiben “mascotas” con alegría y aprobación? Y, finalmente, ¿qué de ello es necesario cambiar y qué no?

Como no tengo una respuesta contundente, reviso entonces los discursos “animalistas”. Pero tampoco hay todo el fondo que puede buscarse en un asunto tan delicado: las iniciativas parecerían basarse en un amor que va alternadamente de la ternura a la culpa, pero sobre todo en la reprobación a la conducta humana más que la consideración de la realidad animal. Sí es posible, por supuesto, eliminar espectáculos donde los animales sufran cualquier modo de violencia; también es posible construir poco a poco una cultura de la adopción de mascotas bajo condiciones dignas, pero habría que autoevaluarnos si lo estamos haciendo bajo la lógica Disney de que los animalitos deben vivir felices en el bosque o si de verdad tenemos un plan que considere el antes, durante y después.

Es complejo porque las raíces ya son muy profundas, pero es cierto que fuera de debates éticos que quizá nunca resolvamos, el hecho es que desde mi experiencia, los nuevos dueños de Lucas-Gati pueden decirme que es feliz por conductas muy concretas y yo puedo notarlo en las fotos que me envían. “Mi” ex gato, que ahora ya tiene 10 años, mejoró consistentemente su calidad de vida: tal es, a final de cuentas, la responsabilidad de los humanos como los domesticadores y depredadores que quizá nunca dejaremos de ser. Quizá la cita del Principito suena trillada por cierta: uno es responsable de lo que ha domesticado.

Se ha mostrado que los animales tienen rasgos de lo que nosotros llamamos conciencia e indudablemente poseen una enorme inteligencia que quizá no lleguemos a comprender del todo. Por eso dudo que sirva de algo un “activismo” cuyo propósito es sólo sentirnos mejor con nosotros mismos y juzgar sin entender el contexto; si todo apunta a empeorar las condiciones de vida de especies que están en nuestras manos o si no estamos considerando lo que pasará con el propio animal en nuestras iniciativas, no creo que valga la pena avanzar en ellas. Se trata de que el reflector no esté en el activista sino en los animales, que merecen de nuestra humanidad occidental ser tratados con absoluto respeto, sin elegir ver únicamente aquello que nos complace.

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  • Coppelia

    Cuanta sensatez, y qué bien leer una columna en donde alguien, para variar, asume la bonita posición de pensar sobre el tema. Hace ya años que la polarización se nos ha transformado en la forma generalizada y simple de la opinión; necesitamos recordar, siempre, que las cosas existen en los matices, la mayoría de las veces.
    Un abrazo a ti, y un recuerdo para Gati.

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