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Dar el salto

Por Deniss Villalobos:

Algún día serás lo suficientemente grande como para volver a leer cuentos de hadas.
C.S. Lewis, El león, la bruja y el ropero

Hace algunos días leí una entrevista que le hicieron al escritor Antonio Ortuño, publicada en la revista digital Crash y que pueden leer aquí. Lo primero que veo al entrar, en letras enormes y negras, es lo siguiente:

«No conozco a nadie que empezara con Los juegos del hambre y saltara a Proust.»

La entrevista entera gira alrededor de la última novela de Ortuño, Méjico, y es hasta el final cuando aparece la frase citada, donde al autor se le pide su opinión sobre la cultura del estrellato y quienes sueñan con escribir una novela que se convierta en un éxito comercial. En su respuesta, Ortuño se limita a hacer mención a dos famosas sagas y, de alguna manera, descalifica a sus lectores porque él no conoce a nadie que haya dado el salto de esos libros a quien, supongo, considera la cima a la que un lector debe llegar: Proust.

Quizá he leído demasiados Harry Potters como para ver la relación entre la pregunta y la respuesta del autor, pero sí veo un comentario metido con pinzas para “causar polémica”, además de una graciosa contradicción, pues en la misma entrevista Ortuño declara que existe “gente que se dice ser muy chingona para el ciudadano común” y cómo “el escritor mexicano promedio lo único que hace es quejarse de que los lectores son unos pendejos”.

En su columna del Informador, hace un par de años, había escrito algo parecido sobre la “generación Potter” (aquellas personas que crecieron con los libros del famoso mago) mencionando un artículo del New York Times en el que se habla de las lecturas actuales de esa generación y cómo están leyendo Crepúsculo y demás éxitos editoriales sobre adolescentes y romance y no aquellos libros y autores que sí son “literatura de verdad”. Ahí mismo, Ortuño agrega: “la mayoría de los mexicanos leemos tan poco y somos tan poco exigentes que es sencillo atraparnos con historias infantiles”. Afirmación bastante curiosa si tomamos en cuenta que el autor acaba de publicar un libro llamado Dientes, que pertenece a la colección infantil y juvenil de Petra Ediciones.

Lo triste de todo esto es que, para mucha gente, los libros para niños y jóvenes son eso: algo sencillo. Libros fáciles y simples que no suponen ningún reto, pues cualquiera los puede escribir y cualquiera los puede leer. Libros a los que, según ellos, no les alcanzan las barbas para ser considerados LITERATURA, con mayúsculas y monóculo.

Y me gustaría que alguien nos explicara, sin ser condescendiente y sin esa actitud de “ser más chingón”, sin caer en contradicciones y non sequitur, por qué un libro para niños, adolescentes o jóvenes adultos es, automáticamente, algo menor. Qué tiene de malo que algo sea “sencillo” y mucha gente lo pueda entender. Por qué se tendría que dar en los veintipocos el salto a equis autor y por qué si alguien no lo hace se convierte en un lector poco exigente o mediocre.

La literatura para jóvenes como la conocemos ahora es algo tan nuevo (las primeras novelas dirigidas específicamente a adolescentes se publicaron a finales de los cincuenta en Inglaterra) que no entiendo cómo puede generar opiniones tan hostiles y categóricas mientras apenas se está construyendo. La mayor parte de la crítica que he leído hacia la LIJ, y que no es un berrinche de personas que piensan que solo se trata de niñas ñoñas y vampiros guapos, viene de personas que, de hecho, leen, editan, ilustran o escriben esos libros. Críticas en las que se tratan temas como la forma cursi en que muchos autores y editores perciben a la infancia o cómo varios libros muy populares muestran relaciones abusivas que podrían normalizar ciertos tipos de violencia entre las adolescentes y jóvenes que los leen.

Entiendo que parte del prejuicio hacia la literatura juvenil, en especial por aquella que puede considerarse young adult, tiene que ver con que muchas de esas obras son best sellers pero, ¿en serio hay gente que sigue pensando que si algo está de moda, se vende mucho, se lleva al cine y es conocido en todo el mundo, es necesariamente malo? Pienso entonces en las palabras de Hilaire Belloc que conocí gracias a Simon Leys en un ensayo de La felicidad de los pececillos:

Cuando un libro ha tenido éxito, la idea de que no puede ser bueno es un prejuicio tan estúpido como la convicción de que debe ser bueno. La experiencia lo demuestra constantemente: del triunfo comercial de un libro —o de su completo fracaso— no cabe deducir nada respecto a su valor literario. Hilaire Belloc, en The Crise of the «Nona» (1925), formuló sobre esto una conclusión que merece ser citada por entero: Para quienes se dedican a la literatura como si fuera su oficio (lo que fue mi cruel maleficio desde los veinticinco años), es ciertamente el más duro, el más caprichoso y, efectivamente, el más abominable de todos los oficios, por la simple razón de que no habría tenido que constituir jamás un oficio. Se supone que un hombre no debe vivir de su pluma, como no debe vivir de su conversación, o de la manera en que se viste, se pasea o viaja. No hay ninguna relación entre la función de las letras y su resultado económico. No hay ninguna relación entre la calidad, o la mediocridad, o la importancia de una obra literaria, y las sumas que se pagan por ella. Tal relación no sería natural y de hecho no existe. Cuando la gente dice que la buena literatura no se vende, están orillando la cuestión. A veces la buena literatura se vende bien, y a veces la pésima literatura se vende igual de bien. Ocurre que libros importantes se venden bien, y sucede que libros absurdos, ridículos y falsos se venden también muy bien. Lo cierto es simplemente que las ventas de un libro no tienen nada que ver con la calidad de dicho libro. La relación entre la excelencia o la pertinencia de una obra literaria y el número de sus lectores en un momento dado no es una relación causal: es un capricho imprevisible.

Así que sigo sin entender cuál es el problema con Harry Potter y Los juegos del hambre. Si es porque son libros para niños y jóvenes y ser niño y joven es malo (lo cual explicaría que si un adulto disfruta esos libros, sea aún más criticado), o si es porque se venden mucho y eso significa que son malos. Claro que hay LIJ horrible que es puro desperdicio de árboles, pero no más ni menos de la que hay en la “literatura para adultos”, y confío en que nadie diría que todos los libros del mundo son malos solo porque existe Dios mío, hazme viuda por favor.

Yo ya no soy adolescente, pero sigo siendo parte de esa generación que creció con Harry Potter y que empezó a leer mucho más gracias a J.K. Rowling. No quiero ni creo que sea necesario abandonar esos libros que estuvieron con nosotros de niños, ni que debamos negarnos en la adultez la oportunidad de descubrir cosas que podríamos disfrutar sin importar la sugerencia de edad en la etiqueta.

Qué buenas esas bibliotecas donde podemos encontrar a Neil Gaiman, Toño Malpica, Cornelia Funke y Lemony Snicket junto a Robert Walser, José Emilio Pacheco, David Markson, Silvina Ocampo y Antón Chéjov. Qué bien leer lo que sea que parezca interesante sin buscarle la barba o la varita mágica a la contraportada para descalificarlo enseguida.

Y sí, muchos adolescentes, jóvenes y adultos leerán sagas románticas que se venden como pan en Amazon, se emocionarán con cada libro de portada de colores, leerán una y otra vez cualquier novela que se ponga de moda, hablarán de eso hasta al cansancio y te harán voltear los ojos pensando “ojalá leyeran algo más”. ¡Y muchos de ellos lo harán! No veo nada de malo en que la entrada a las Brontë sea para algunos Crepúsculo, porque en la saga se hacen varias menciones a Cumbres borrascosas, o que gracias a Las ventajas de ser invisible muchos conozcan a Fitzgerald, Salinger y Camus.

La única manera de llegar a más autores es leyendo, y es justo lo que los jóvenes están haciendo. Sí, podría ser que leer está de moda, y eso no es una mala noticia. Peguemos el grito en el cielo cuando los libros se estén quemando y no cuando un montón de gente los está comprando. El camino de un lector no tendría que ser una línea recta llena de saltitos en la que se vayan poniendo banderas para avanzar. Como yo lo veo, hay un campo enorme en donde cada quién elige para dónde correr, cuándo sentarse y a qué punto volver.

ilustración de acrilica.
Agradezco a Alejandra Eme Vázquez por todas las sugerencias y las ventanas que se abren al conversar con ella sobre LIJ (o cualquier cosa).

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Feedback

1
  • Virginia

    Leer es para la mayoría una actividad ociosa y así debería serlo. Nos desbocamos en ella porque nos da placer. Criticar a alguien porque le resulta placentero algo que a mí no es igual de inútil que la homofobia. Yo nomás no entiendo.

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