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Danzón dedicado

Por Alejandra Eme Vázquez:

Empiezan despreocupados, indiferentes, como si estuvieran esperando el autobús o haciendo fila en una ventanilla. Si no fuera por la perfecta sincronía desde los primeros pasos, parecería que ni siquiera se conocen. De pronto una vuelta y el juego empieza: van de un lado al otro en tres, dos, uno, siempre con un hilo invisible que parece atar sus pies por gusto y por voluntad. Se miran y sonríen. Sus pies completan el ritmo que la música de orquesta no alcanza siquiera a imaginar, recordatorio de que son ellos dos los únicos dueños de esa pista que por dos minutos con cincuenta y dos segundos es el universo entero, uno que funciona siempre así de chispeante, de fácil, de perfecto. Los instrumentos callan y ellos siguen haciendo armonías imposibles con sus cuerpos hasta que explotan en piruetas y paseos por el escenario enfilándose al gran final. Y qué final.

Eleanor Powell y Fred Astaire ensayaron tres semanas para conseguir ser sombra uno del otro en la famosa secuencia de tap “Begin Beguine” de The Broadway Melody (1940), de la que Frank Sinatra aseveró: “Siempre se puede esperar algo más, pero nunca volveremos a ver nada semejante”. Era, según confesó Powell durante el homenaje a Astaire en 1981, trabajar muy duro para hacerlo parecer muy fácil, y por más que maravillaran a todos sus espectadores durante la filmación, siempre querían probar a hacerlo una vez más. El baile de por sí es adictivo, ni cómo imaginar el nivel de compromiso de estos monstruos de la pista que debieron ver el mundo totalmente distinto a partir de su inteligencia corporal. Lo cierto es que mirarlos hacer lo suyo es siempre una provocación, una que nos obliga a movernos, a seguir la música con los pies, imitar los pasos en región cuatro y sonreír, sobre todo sonreír.

Quizá no seamos Powell, ni Astaire, ni Ana Pávlova, ni Michael Jackson, ni Alicia Alonso, ni Ginger Rogers, ni John Travolta, ni Resortes, ni Rita Hayworth, ni Rudolf Nuréyev, ni Tongolele, ni Billy Elliot, ni Chayanne, pero apuesto lo que sea a que así nos sentimos cada vez que sostenemos un ritmo con este cuerpo tantas veces torpe que sabe bien que bailar es alcanzar un grado de perfección, salir de sí mismo para tomar del mundo las notas que le permiten comunicarse de otros modos. Una buena cumbia, un rocanrol, un perreo, una bachata, un punchis-punchis, un chachachá: hay un éxito rotundo en esa sensación de involucrarnos de la cabeza a los pies y de compartir con otros nuestros hallazgos corpóreos.

El baile no se deja escribir fácilmente, se mueve de un lado a otro e invita a seguirlo en vez de estar sentada en una silla como ahora, frente a un pasivo teclado, tratando de evocar en el pensamiento las sensaciones que provoca escuchar de pronto una canción irresistiblemente pegajosa, estar en medio de un concierto donde el sonido pasa por debajo de la tierra para llegar al cuerpo en energía vertical, ir caminando y reconocer el ritmo propio o incluso percibir coreografías en las escenas de calle, con música hecha de ruidos que por un momento, al escucharlos de otra manera, parecen nacidos para estar juntos. Si pensamos que bailar es uno de los pocos momentos que tiene el cuerpo no-cerebral para pensar, articularse y latir con plena conciencia, entonces será difícil desaprovechar esta oportunidad para crear con uno mismo y seguir un ritmo que en principio puede ser el de la música, pero que también aplica para la armonía que podemos encontrar en todo si lo pensamos distinto.

Hablemos de lo que hablemos, no podemos escaparnos de la realidad en la que vivimos. Tal vez, entonces, hablar de bailar justo ahora es hablar de opciones para conectarnos en lo individual y en lo colectivo. Como crecemos con el baile elevado a categoría de convención, entre la pista que se le dedica en las fiestas como espacio casi exclusivo y las coreografías que invaden cada festival escolar posible, entre el obligado vals de las quinceañeras y los concursos que privilegian la sincronización más que la expresión, quizá nos hemos olvidado de todo lo que en él encuentra su cauce. Recordemos que baile es libertad, potencia, escucha, y dejemos al cuerpo ser en el ritmo que más le acomode, qué importa si no es idéntico a otros; ya se adaptará, porque así es el movimiento. Concedámonos, pues, una pieza para hallar alguna forma de armonía en el rompecabezas: al fin que es un hecho comprobado que lo bailado nadie, pero nadie, nos lo va a quitar.

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