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Danza de siembra

Por Nerea Barón:

El maestro nunca sabe de cierto si sus enseñanzas germinarán en el estudiante que, entre bostezos, asiste a sus clases. Puede ser que las olvide –es lo más común– y que ese año de estar hablando como merolico frente a un grupo haya sido infértil. Pero puede ser que no. Puede ser que en el fondo de la conciencia de uno que otro alumno haya quedado algo, algo mínimo, algo ya sin forma y sin autoría pero que en algún momento hará eco y les ayudará a tomar una decisión, a humanizarse, a crecer. El maestro sigue enseñando porque tiene fe de que, germinen o no germinen las semillas del saber, sembrarlas tiene sentido.

Algo similar le ocurre al activista que sale a las calles con carteles de denuncia, al columnista, al psicoanalista y a la madre. Para no desistir deben de creer en su canto y cantar y seguir cantando aunque a veces parezca que cantan para nadie. Los bienes que de su gesto cantor emanan no son suyos y difícilmente podrán constatarlos, mucho menos llevarse crédito. Están al servicio de su fe, de aquello que han suscrito como su misión; el resto le pertenece a la vida.

Me gusta imaginar a esta danza de siembra como un rezo: se atiza el fuego de una intención porque la intención por sí misma tiene valor, lo mire quien lo mire y pase lo que pase. Sólo puede ser generoso quien comprende que, en el corazón de su generosidad, hay siempre una renuncia. Humildad. Para que un propósito sea incorruptible debe de estar por encima de su reconocimiento, permanecer incluso a pesar de su ausencia o su presencia.

En la otra esquina se encuentra la justicia, con su tendencia casi compulsiva a sopesar todo en una balanza. En su modalidad de gracia la justicia redistribuye y protege, pero apenas se distrae es la misma justicia la que olvida la gracia y cobra factura, como si dar por dar –y no

por recibir un equivalente– fuera el inicio de una cadena de descompensaciones, la complicidad tácita del abuso sistémico; y como nadie quiere ser víctima de abuso, la generosidad deja de verse como un bien a perseguir.

Cuando miro las cosas que he dado, pienso: darlas ha tenido sentido. Luego conecto con mis heridas y titubeo. Me dan ganas de sacar la balanza de la justicia y sentar a todos en la mesa para que juntos vayamos contando las monedas; me dan ganas de renunciar a mi danza de siembra porque de qué sirve si no veo los frutos, si no me consta que los haya, que los vaya a ver. Humildad, me repito. No es esa la razón por la que hago lo que hago. Más allá de cualquier fantasma de atropello o de descrédito, atizar el fuego de una intención es una ofrenda para la intención misma, un reconocimiento de su valor. El resto le pertenece a la vida.

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