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Del cuidado como ética

Por Alejandra Eme Vázquez:

Por mucho que estemos en una situación, temporal o fija, que implique tener personas que dependen de nosotros, tendemos a rechazar tajantemente las insinuaciones de que somos “cuidadores” porque no, ni que fuéramos guardería, cada quien que se rasque con sus propias uñas, no nos toca responder por lo que les pasa a otros y a cada quien sus consecuencias. Máxime cuando se trata de menores de edad o personas en situación vulnerable, que nos ponen incómodos porque cuesta saber qué hacer, da miedo que nos necesiten y es difícil lidiar con la responsabilidad de estar al cuidado de algo o (¡mil veces peor!) de alguien, cuando ese solo hecho provoca que la hostilidad del mundo se potencie a grados absurdos y que de repente todos los riesgos se vuelvan amenazas directas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidar? De defender. No: de vigilar. O quizá de preservar, de proteger, de resguardar, de asegurar, de observar, de verificar, de regular, de amar, sí, de amar, y de desconfiar también porque se cuida lo que está en riesgo de no permanecer. Se cuida lo frágil, lo débil o imperfecto: lo importante, lo valioso, aquello que no concebimos perder. Hay cuidadores de niños, de adultos mayores, de enfermos, de presos y de mascotas, porque el cuidado es una hidra de muchas cabezas y a cada cual corresponde una actitud distinta, oscilante entre la ternura y la crueldad según el caso. El tema es cómo y desde dónde se cuida, si desde la angustia, desde la sospecha, desde el odio o desde la generosidad. Si se establece una jerarquía o una horizontalidad. Si se disfruta o se sufre.

También se habla de autocuidado, como si hubiera que triangular la visión para que Yo me deje a cargo de Mí y pueda verme como otra a la que hay que atender, custodiar, procurar. “Entre semana me cuido pero el fin de semana me doy mis gustos”, se oye decir a muchas y muchos que han ido negociándose recompensas por privaciones para cumplir los estándares que se les instituyen desde afuera. Cuidas tu figura, tus palabras, tus relaciones, pero siempre con un componente de miedo que no sabes cómo evitar; miedo a que todo se venga abajo por una distracción, un punto ciego: un descuido. Y decir que esto puede cambiar parece síntoma de ingenuidad, pero es sólo porque según las reglas actuales del juego, existir en esta realidad significa aceptar que si no cumples con los estándares es culpa tuya, y si es culpa tuya entonces no se te permite ni chistar ante el fracaso, la pérdida y la opresión.

¿Qué pasaría, en cambio, si todos nos asumiéramos responsables de todos?

Pongamos el caso de, digamos, una profesora de español en secundaria. Pongámosle un nombre hipotético: “Alejandra”, por ejemplo. Esta profesora tiene a su cargo a más de una centena de adolescentes por treinta horas a la semana, y eso le ha cambiado la vida y el ser de incontables formas que se manifiestan cuando menos lo espera. Lo que no ha cambiado nunca es que a la menor provocación, cuando siente que las circunstancias dejan de ajustarse a lo que considera sus límites profesionales, suelta un “YO NO SOY NIÑERA” lo más fuerte posible y con eso cree diluir la responsabilidad que tanto le abruma por estar al frente de un grupo de seres autónomos y a veces impredecibles que la tienen por referente de confianza. Hasta que esa responsabilidad le estalla en plena cara y siente unos deseos infinitos de cuidar, pero se da cuenta de que en realidad no sabe cómo hacerlo, al menos no desde una posición “profesional” porque se supone que ella no está ahí para coordinar afectos sino productividades.

Digamos que esta profesora se enfrenta con una situación que pone a temblar sus límites: sus grupos de segundo grado escriben crónicas en las que se juegan el pellejo y cuando las y los alumnos pasan a leerlas, todos los afectos confluyen, se contagian y de algún modo, colapsan. Se vuelve un asunto de suma importancia reconocer que la escritura no es sino apenas el inicio, que se han puesto sobre la mesa elementos para los que no es suficiente dar una palmadita en la espalda y decir: “buen trabajo”, porque no se trata de eso sino de hacerse plenamente responsable de lo que se ha generado. Entonces esta profesora tiene una intuición: busca en Google “ética del cuidado” y aparece toda una teoría que llama a revolucionar nuestra forma de educarnos a partir de visibilizar que todo lo considerado “puramente intelectual” tiene componentes socioafectivos que en realidad son lo más importante porque son los que efectivamente forman al individuo en toda su complejidad. La puerta se abre, entonces, a hacer todo distinto, pero de veras distinto. A reaprender.

La ética del cuidado es la única corriente de pensamiento que realmente pone el reflector en la búsqueda patente de equidad, inclusión y actitud colaborativa, porque no lo hace con la idea de forjar capacidades intelectuales sino de asumir el saber, el hacer y el actuar a partir de una lógica sobre todo afectiva y, en consecuencia, poner estos afectos en lugares visibles para compartirlos, organizarlos, discutirlos y transformarlos, en lugar de que sigan estando reprimidos por esta falsa dicotomía entre la validez de lo “objetivo” y la invalidez de lo “subjetivo”, como si fuera natural buscar la generación de un raciocinio aparentemente aséptico, limpio de cualquier cosa que huela a individualidad. Vale mucho la pena pensar desde ahí, y además se genera un vínculo distinto con todo porque desde esta perspectiva somos necesarios no por nuestra mano de obra, sino por las redes de afecto y cuidado que somos capaces de generar. Somos, cada quien, una dimensión que hace falta.

Hay un enorme alivio en saber que de hecho existen teóricos serios abordando las labores de cuidado como centro de una sociedad transformada, no desde los criterios neoliberales sino desde el respeto a las individualidades integrales, porque para empezar nos hace darnos cuenta de que las reglas del juego no son eternas ni irrevocables. De este modo podemos imaginar un mundo en el que al conductor del microbús le importe nuestra seguridad, en el que los líderes políticos se detengan a considerar los efectos de sus acciones y en el que la persona que atiende la ventanilla tres sepa que los cuerpos que hacen fila son su responsabilidad en ese momento; pero sobre todo, podemos saber que ese mundo sólo es posible si cada individuo recibe una educación (o reeducación) que ya no reproduzca más la idea de que las labores y actitudes de cuidado requieren de cierta inclinación al sacrificio (con rasgos maternos y femeninos, como si esto fuera negativo), y a cambio ponga en el centro la necesidad de que cada quien se haga cargo de sí, con todo lo que esto conlleva, para que desde ahí se generen lazos hacia los demás cuya fuerza esté en saber sostener, pero también en saber ser sostenidos.

Comencemos por eso, por hacernos cargo, porque sólo así llegaremos a solucionar esta urgencia de futuro en el que cuidar y ser cuidados sea, por fin, un signo de orgullo, de alegría y de fortaleza.

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