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Cuervos como escritorios

Por Alejandra Eme Vázquez:

Somos Alicia. Estamos en el País de las Maravillas y ya hemos vivido unos cuantos episodios que por más que queremos normalizar, exceden nuestro entendimiento. Avanzamos a nuestro séptimo capítulo con la mesa puesta para el té, por fin un referente que conocemos. Vemos tantos lugares disponibles, que interpretamos la invitación y nos sentamos. «¡No hay lugar!», nos gritan una Liebre y un Sombrerero que no parecen estar en su sano juicio. Después de discutir con la Liebre sobre nuestro atrevimiento por haber ocupado un sitio sin invitación, escuchamos al Sombrerero afirmar, categórico, que nuestro cabello necesita un corte. Esto es el colmo. Lo reprendemos con toda la autoridad que nos da la estricta formación victoriana recibida en siete y medio años de vida: es de mala educación señalar defectos personales. Por única respuesta, el Sombrerero nos lanza un acertijo:

«¿Por qué un cuervo es como un escritorio?».

Decir que dependemos del significado para relacionarnos con las cosas es una afirmación que debemos estar poniendo en entredicho cada tanto para no llegar a extremos ridículos como creer que los nombres representan lo nombrado, que conocemos la verdad de algo o que poseemos conocimiento. Nuestros significados son una construcción cultural y los transmitimos para sostener la ilusión de continuidad, pero sobre todo para crear una comunidad que encuentre dirección más allá de significados meramente semánticos: que tenga sentido. Eso sí que vale la pena, siempre y cuando dejemos abiertas las puertas de eso que llamamos sentido para aceptar que así como a veces es común, otras será contrario, doble, múltiple, ausente.

Somos Alicia. Hemos entablado con nuestros anfitriones una conversación que ha llegado a tal punto de incomprensibilidad, que cuando es turno de responder al acertijo ya no sabemos qué decir. Y pese a que el esfuerzo por responderlo es lo único que nos mantiene con un pie puesto en el sentido, debemos rendirnos y pedir la respuesta. «No tengo la menor idea», nos dice el despreocupado Sombrerero. «Tampoco yo», secunda la Liebre. Qué pérdida de tiempo, ¿por qué nos hicieron pensar tanto en algo que no iba a servirnos para nada?

El acertijo del Sombrerero es fascinante porque contrario a los otros de su especie, fue formulado sin esperar respuesta. Y tal cual: la respuesta va corriendo detrás suyo sin poder alcanzarlo, o no se ha enterado de que es requerida, o camina adormilada y no pone mucha atención, o se entretuvo en el camino, o renunció. Entonces queda una estructura de pregunta cuyo efecto pone en problemas al sentido común y en lugar de soluciones provoca nuevos cuestionamientos que pueden extenderse al infinito o reducirse a uno: ¿Cómo traducir a nuestro código de sentido una pregunta que sin dejar de serlo, se rebela a las reglas que su naturaleza le dicta?

Somos lectores de Alicia en el siglo diecinueve. No podemos con un acertijo imposible de resolver y le enviamos tantas cartas al respecto a Charles Lutwidge Dodgson (conocido para estos efectos como su seudónimo de autor, Lewis Carroll), que en el prólogo a la edición de 1896 debe confesar que al escribir el capítulo en cuestión no pensó en una respuesta pero que a petición del público, dará una provisional. Si el acertijo en inglés dice: «Why is a raven like a writing desk?», Carroll responde: «Because it can produce very few notes, who they are very flat; and it is nevar put with the wrong end in front» («Porque puede producir unas cuantas notas planas; y nunca se pone con el final hacia adelante»). Carroll escribe nevar (nunca) en lugar de never para señalar que al revés se lee raven (cuervo), cosa que hay que apreciar antes de pensar en traducirlo y perder tan encantador juego de palabras, porque ovreuc no es nada fácil de significar en castellano.

Después Aldous Huxley, en el artículo Ravens and writing desks publicado en 1928, retomó el acertijo del Sombrerero para responderlo así: «Because there is a “b” in both, and because there is an “n” in neither», una vez más un juego de palabras que traducido sería algo como: «Porque hay una “e” en ellos y una “n” en ninguno». Tan famoso se hizo el acertijo, que la England’s Lewis Carroll Society convocó en 1989 al público en general para darle respuesta; lo curioso es que la mayoría de las soluciones hacían gala del mismo ingenio que usaron en las suyas Carroll, Huxley y todos los renombrados autores que ya se habían ocupado de los cuervos y los escritorios.

No estaría mal que cada uno de nosotros, Alicias, diera su propia respuesta, aun a sabiendas de que no es LA respuesta. Porque no LA hay.

A lo que enfrenta el nonsense de Alicia, este universo en el que las reglas del sentido común se trastocan, es a reconocer este nuestro afán de utilitarismo: a todo le queremos dar sentido, todo debe poder traducirse, todo nos tiene que servir para algo, todo se puede convertir en una metáfora una parábola una moraleja. Es un mecanismo del que nos cuesta mucho trabajo salir (si es que se puede), y el Sombrerero lo sabe. Entonces, y ahí va mi utilitarismo galopante, lo que importa no es la pregunta sino el efecto de la pregunta, el que nos pone a pensar una y otra vez en el conflicto que surge a fuerza de buscar ese porqué en el parecido de un cuervo con un escritorio. Y entran en escena nuestro ingenio, nuestra risa, nuestro contacto con nosotros mismos en el punto más noble de la humanidad, que es el reconocimiento de lo que ignora.

Aunque la tendencia en las versiones traducidas y adaptadas de Alicia es conservar el acertijo «original» con el cuervo y el escritorio, en la versión animada producida por Disney en 1951 el doblaje al español propone otra versión: «¿Por qué los papeleros venden papel?», pregunta el Sombrerero a la icónica Alicia vestida de azul y blanco. Y entonces se abre un mundo de posibilidades, por supuesto, pues si ya sabemos que la pregunta no va a tener respuesta qué más da jugar con ella y expandirla, y reducirla, y hacerla caber en todas las interpretaciones. De ser intraducible, que sea generosa en traducciones y que pueda convertirse en todas las preguntas, como: ¿Por qué el cenzontle es como el glifo?

O: ¿Cuándo se termina la hora de preguntarse?

O: ¿Cómo hace el viento para soplarse a sí mismo?

O: ¿Qué pensará el mar de la tierra?

O: ¿Dónde termina este texto si termina aquí?

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