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¿Cuántos cuentos cuentas?

Por Deniss Villalobos:

¿Qué se hace en la  fiesta del cumpleaños número cuatro de un niño?, me pregunté cuando iba camino a un salón infantil en el que temía ser atacada por un grupo de duendes malvados, a quienes también se conoce como “los amigos del kinder de mi primo”. Y es que, aunque adoro jugar con niños, cuando están en grupos grandes me causan muchísimo estrés. ¿A qué juegan? ¿Cuáles son sus intereses? ¿De qué hablan? ¿Qué caricaturas ven? ¿Cómo puedo conectar con ellos?

Todas esas preguntas pasaron por mi desesperada cabeza aquel sábado de hace casi un mes, preocupadísima porque aún no tengo el trabajo, matrimonio o hijo que se convierten en el boleto para poder quedarme sentada en una mesa hablando con los “adultos”. Sin un trabajo estable, yendo a la universidad y estando soltera, mi papel en cualquier reunión donde hay niños es, todavía, el de la prima que debe jugar con ellos, tomar fotos y “divertirse”, o sea, correr atrás de todos y evitar que alguien se haga un chichón del tamaño de un volcán.

Y la verdad es que en esa fiesta hubo un poco de eso, pero también algo, o más bien alguien, que hizo que las cuatro horas de gritos y canciones de Timbiriche (creo que la fiesta incluía viaje en el tiempo) valieran la pena.

Su nombre es Leo Orozco, nació en Colima y cuando era niño leía cómics en voz alta haciendo las voces de los personajes. Ya en la universidad, donde estudió Comunicación Social, realizó junto con un grupo de amigos algunos proyectos radiofónicos, para después darle voz a varios títeres en un programa de televisión infantil. Ésa fue la puerta de entrada a lo que por ocho años fue su trabajo y pasión: contar cuentos. En la actualidad se dedica a esas dos cosas que hacía cuando era niño, pues está a cargo de una tienda de cómics y aún le da voz a un montón de personajes cuando cuenta historias frente a un grupo de niños.

Para mi fortuna, uno de esos grupos fue el de la fiesta de mi primo. Leo llegó al lugar con una mochila y tres historias: 500 años después… de una larga siesta, de M.B. Brozon, Una aventura patológica, de Diego Mejía Eguiluz y No te preocupes, de Alma Velasco. Solo necesitó de una boina, un sombrero puntiagudo y alguna cosa más para mantener atentos a por lo menos quince niños de entre 3 y 7 años que en todo momento interactuaron con él. Rieron, gritaron, contestaron preguntas e hicieron algunas otras. Fue maravilloso observar cómo un grupo así, junto con todos los adultos presentes, escuchaban con atención todo lo que Leo decía sin necesidad de usar algo más que su voz y la forma en que actuaba cada cuento.

Ya escribí aquí una vez sobre lo maravilloso que es contar historias, pero en esa ocasión me refería a aquellas que en soledad nos cuentan nuestros padres o abuelos, ya sea de memoria o leyendo, y que forman parte de una interacción íntima entre personas cercanas a nosotros. Lo que describo ahora es algo totalmente distinto. Compartes una historia con personas ajenas a tu círculo más cercano, algunas con las que quizá no tienes nada en común hasta ese momento en el que, juntos, asoman la cabeza a un cuento. Después de eso podrán encontrarse en el pasillo o el metro y guiñar el ojo, porque conocieron algo tomados del oído y de los ojos. Porque un completo extraño haciendo voz de microbio o bruja los unió.

Las historias que un cuentacuentos narra fueron escritas por alguien más, y el difícil trabajo de quien las contará es adaptar de forma oral ese texto literario, de equis cantidad de páginas, para personas a las que nunca antes ha visto. ¿Cómo logras que un libro entero quepa en 15 minutos y que al mismo tiempo quienes te escuchan y acabas de conocer muestren interés por ti, por tu adaptación y conseguir que al final se diviertan? Mi respuesta es ésta: no lo sé. Algo habrá en ese sombrero de bruja o en esa boina de comandante, un poco de polvos mágicos, un mucho de talento y un montón de trabajo.

Porque no se trata de cualquier público, sino del más exigente y honesto que podamos encontrar: niños. Si algo les da flojera, se van. Si algo no les gusta, lo dicen. Pero si algo les encanta, te regalan la sonrisa más grande del mundo. Y me atrevo a decir que, para gente como Leo Orozco, ése es el pago que más vale por su trabajo.

Pueden contactar a Leo en su página de facebook.

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