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Crónica de una herida

Por Nerea Barón:

Ese día se llenó la cocina de sangre. Fue una torpeza mía, no distinguí mi propia mano de mi oficio rebanador y el cuchillo atravesó dos capas de mi piel. Quise culpar a mi torpe impulso nutricio: habría sido más fácil no ceder a mi propia debilidad y sentarme al amanecer a nutrirme de sol, erguida y solemne, como esos monjes budistas que han aprendido a no desear nada.

Enjuagué la sangre de las verduras y me limpié las lágrimas con la manga previamente manchada de aceite. No lloraba tanto por la cortada como por la inevitabilidad de la misma. Alrededor de mí todo estaba troceado: cáscaras pringosas por todos lados, líquidos derramados, pedazos de zanahorias, champiñones, papas; todo lo que hasta hace un momento despertaba mi apetito.

Lo peor: seguía teniendo hambre. Aun en medio de todo ese caos, mi estómago no perdonaría que lo dejara sin alimento. Abrí una lata de atún y sentada sobre el piso me la comí con los dedos, avergonzada de esa inercia rumiante de seguir siendo, pese a todo.

El resentimiento anidó en la palma de mi mano, palpitante, por varias semanas. Los primeros días insistía en abrirse a la menor provocación. No había forma de dejar atrás el episodio. Si me quedaba mirando fijamente mi comida, podía sentir cómo punzaba la herida. Me dolía escribir, me dolía saludar, me dolía tomar el manubrio de mi bicicleta y dirigirme a cualquier parte.

Una débil costra empezó a emerger y con ello, una comezón insana. Quería rascarme pero sobre todo, quería arrancarme la costra. A veces me daban ganas de volver a bañar todo de sangre y de lágrimas, de aventar la comida al piso, de agarrar el cuchillo y abrirme una vez más la piel, en un lugar nuevo.

Comencé a desesperarme. ¿Por qué, si me había hecho la curación correspondiente, por qué, si sólo quería una humeante sopa para dos, tenía la mano inhabilitada y la comida y los trayectos trastocados por el ardor y el palpitar y la comezón? Me pesaba el tiempo y en la lenta espera me dedicaba a hacer cálculos minuciosos: quizá para primavera pueda hacer malabares, quizá para verano pueda agarrar el paraguas con firmeza. Pero el tiempo seguía pasando y aunque la costra empalidecía, no así el resentimiento de mi mano, temblorina.

La cocina se volvió un lugar nostálgico. No era tonta: sabía que mi mano iba a estar bien, que toda esa lenta metamorfosis del dolor era ya en sí misma un olvido, una coreografía del cuerpo recibiendo al tiempo, desmemoriado. No tenía las mismas esperanzas, sin embargo, en relación con la cocina. ¿Para qué tan sofisticado ritual del amor y del deleite? Hasta los monjes budistas, que tan bien eluden la sangre, cagan.

Y sin embargo, cómo echo de menos mi sopa humeante…

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