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Costos de la identidad

Por Nerea Barón:

De la conciencia del tiempo se desprende la cultura misma. Sea en libros o edificios, mandamos constantemente mensajes, intenciones y promesas del pasado al futuro. Benditos sean nuestros ancestros que no sólo suavizaron su relación con la naturaleza sino que nos dejaron su saber acumulado en forma de manuales, de escuelas, de escalones, de recetas de cocina. Hemos aprendido como especie a perpetuarnos en el tiempo y eso nos engrandece, pero no sin costo: el ejercicio de entretejer el pasado con el futuro deja una rebaba, la así llamada identidad; buscamos permanecer idénticos a nosotros mismos el mayor tiempo posible.

Para el hinduismo ésa es la causa del sufrimiento: mientras la naturaleza está sujeta a continuo cambio, la conciencia tiende a replicarse, guardando registro de aquellas cosas que cree que la reflejan y conservándolas como si se trataran de sí misma. Sin embargo, nosotros mismos somos también naturaleza, nuestro cuerpo envejece y todo lo de nuestro alrededor cambia sin pausa, lo que tiene el efecto incómodo de que, cada tanto, descubrimos que estamos fuera del caso, que todos los atributos que alguna vez nos dieron margen de maniobra para actuar ahora nos estorban, que aquella relación a la que tanto le habíamos atribuido eternidad ya no opera con las mismas reglas que antes ni nos nutre de igual manera y que, en resumen, el espejo que por una metonimia fácil aprendimos a llamar yo, ya no nos refleja realmente.

Entonces viene la crisis, como si tener que cambiar fuera una sorpresa. Sentimos que no estamos equipados, que fuimos timados por la vida que –una vez más– no nos dejó anidar en el cachito cómodo de la realidad que creíamos haber domesticado.

Lo peor: no tienen que favorecernos nuestros espejos para defenderlos con ahínco, son nuestros y eso basta. Persistimos incluso en las presunciones desventajosas de nosotros mismos. No hay evento más desequilibrante para quien se asume rechazado, por ejemplo, que ser correspondido por la persona amada. La identidad se quiebra, se abre en nuevo universo y el vértigo que genera esa incertidumbre lleva a recular, en la mayoría de los casos, al pobre sobreidentificado, que desesperadamente buscará aferrarse a alguna artimaña mental para volver cuanto antes al discurso conocido del rechazado, refugiado en la incómoda comodidad de lo que conoce.

Me asusta pensar que hay algo que ansiamos más que el bienestar y eso es tener la razón. Por eso es que es tan importante evaluar una y otra vez los discursos con los que nos afirmamos a nosotros mismos, porque acomodaremos la realidad para que dichos discursos no se vean amenazados; y si nos sentimos incompetentes, miserables, condenados al fracaso o a la ruina, probablemente acabaremos reproduciendo eso y bloqueando cualquier otro camino.

Del otro lado está la arbitraria abundancia de la naturaleza, su caos y su Gracia, su presente eterno que no acumula, que no exige, que no promete. También ahí existimos. ¿Qué somos? No nos precipitemos a responder. Somos sólo el hilillo de conciencia que atraviesa los estratos del tiempo, el cuenco por el que pasa el devenir. Nada nos define más que la memoria y la aprehensión neurótica por dar cuenta de ella, pero podríamos ser menos, mucho menos y, entonces sí, abrirnos al continuo flujo del Todo.

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