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Costa Rica

Por Deniss Villalobos:

el mar,
todo verde

Eunice Odio

No es que haya estado en la India por un año o algo así, pero luego de casi diez días en Costa Rica es raro intentar escribir algo. Tal vez en nuestros tiempos despegarte de una computadora por más de una semana equivalga a vivir en una cueva por seis meses; te pierdes de tanta información (no tengo ni idea de qué ha pasado últimamente con el mundo) que ahora con los ojos frente a mi iPad no sé muy bien qué app debería checar primero o cómo regresar a la rutina de tuits, estados de facebook, noticias y videos para ponerme al corriente.

Me encuentro en el aeropuerto Juan Santamaría viendo a personas que, como yo, disfrutaron de este país verde y en la maleta, además de ropa sucia y llaveritos, seguro llevan recuerdos felices. Pero hay cosas a las que no podemos tomarle una foto o video, momentos que vivimos medio dormidos, mundos que solo existen bajo el agua, partes de ciudades que no quieres olvidar pero viste tan rápido, quizá solo desde la ventana de un auto cuando te movías de un punto a otro, que no puedes capturar de ninguna manera. Quiero recordar un poco de esas cosas, aunque solo sea una fracción.

Por ejemplo la mañana de un sábado en un departamento de Escazú, cuando compartí cama con mi abuelita —quién sabe si por última vez en un viaje juntas—, y cuando abrí los ojos estaba ella sonriendo y me acarició la cabeza como cuando tenía cinco años y me dejaban quedarme a dormir con ella.

Los caminos de la provincia de Cartago, especialmente los de Orosi, a los cuales traté de tomarles foto pero ninguna se veía exactamente como la imagen que percibían mis ojos. Caminos llenos de curvas, tan verdes que parecen ser las venas del campo, algo que ha estado ahí siempre y no construido por hombres; casas de tantos colores que parecen pájaros, construcciones que no buscan llegar al cielo sino que se expanden hacia los lados como la hierba, con jardines llenos de rocas cubiertas de musgo en las que imagino viven otros seres, tan pequeños que no puedo verlos pero estoy segura son igual de verdes que todo lo demás.

Don Billy y Carlos en el monte más hermoso que he visto en mi vida, al que solo te acercas después de manejar mucho tiempo y después tienes que subir en compañía de mariposas y escarabajos azules, con el sonido del río y las cascadas, con pequeños letreros animándote a seguir, a “descubrir tus propios bosques” mientras recorres uno de árboles y plantas de hojas tan grandes que podrías usar de paraguas cuando la lluvia y neblina empiecen a descender, para llegar a una casita rodeada de flores blancas.

Marjorie, mesera en Chelles, uno de los restaurantes más viejos de San José donde probé el casado y el agua de cas. Me gustó mucho conocerla porque nos hizo sentir en casa (también trató de enchilarnos pero no lo logró) y porque en ella vi reflejada a toda la gente de Costa Rica con la que tuve contacto durante estos días. Los ticos son alegres de una forma que no es explosiva pero te contagia, como la sonrisa de Marjorie que nos hizo entrar en calor después de haber corrido bajo la lluvia, como la emoción del hombre que en un parqueo se puso a platicar con mi papá sobre fútbol y nos hizo reír a todos, como el chófer que vivió dos años en México y cuando hablaba de nuestra comida —extraña en especial el pozole— se nos hizo agua la boca.

El atardecer en un lugar con vista al mar casi llegando a Manuel Antonio, con luces que al encenderse hacen que viajes a otro mundo, muy parecido al que Chihiro llegó cuando sus padres se convirtieron en cerdos (seguro no es casualidad que también sea un restaurante). Tomé varias fotos de ese lugar y ninguna le hace justicia. Fue solo ese rato. La magia estaba en ese cielo rosa de un martes de octubre cuando el sol se estaba escondiendo, ese sonido del mar, esas casas con tejas esparcidas por una montaña, esas velas y lámparas. Incluso si vuelvo a ir el cielo, el mar, las casas y las luces no serán las mismas. Y quiero recordar todo lo vi y sentí ese día.

Don Billy y Carlos en el monte más hermoso que he visto en mi vida, al que solo te acercas después de manejar mucho tiempo y después tienes que subir en compañía de mariposas y escarabajos azules, con el sonido del río y las cascadas, con pequeños letreros animándote a seguir, a “descubrir tus propios bosques” mientras recorres uno de árboles y plantas de hojas tan grandes que podrías usar de paraguas cuando la lluvia y neblina empiecen a descender, para llegar a una casita rodeada de flores blancas.

Marjorie, mesera en Chelles, uno de los restaurantes más viejos de San José donde probé el casado y el agua de cas. Me gustó mucho conocerla porque nos hizo sentir en casa (también trató de enchilarnos pero no lo logró) y porque en ella vi reflejada a toda la gente de Costa Rica con la que tuve contacto durante estos días. Los ticos son alegres de una forma que no es explosiva pero te contagia, como la sonrisa de Marjorie que nos hizo entrar en calor después de haber corrido bajo la lluvia, como la emoción del hombre que en un parqueo se puso a platicar con mi papá sobre fútbol y nos hizo reír a todos, como el chófer que vivió dos años en México y cuando hablaba de nuestra comida —extraña en especial el pozole— se nos hizo agua la boca.

El atardecer en un lugar con vista al mar casi llegando a Manuel Antonio, con luces que al encenderse hacen que viajes a otro mundo, muy parecido al que Chihiro llegó cuando sus padres se convirtieron en cerdos (seguro no es casualidad que también sea un restaurante). Tomé varias fotos de ese lugar y ninguna le hace justicia. Fue solo ese rato. La magia estaba en ese cielo rosa de un martes de octubre cuando el sol se estaba escondiendo, ese sonido del mar, esas casas con tejas esparcidas por una montaña, esas velas y lámparas. Incluso si vuelvo a ir el cielo, el mar, las casas y las luces no serán las mismas. Y quiero recordar todo lo vi y sentí ese día.

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