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Corrección: política

Por: Alejandra Eme Vázquez:

Era la década de los setenta y el lenguaje se había llenado de odio. O eso se pensó después de dos grandes guerras y abiertas persecuciones a grupos por criterios tan azarosos como el color de la piel o la genealogía, entre otros terrores, así que se creyó necesario comenzar a regular las formas de expresión que se usaban en público. Entonces nació la norma de usar el lenguaje como lienzo sobre el cual pintaríamos bonitas formas de decir que aparentemente, por lo bonitas, dejarían de lastimar: se decidió quiénes eran vulnerables, quiénes no, y con base en ello se armaron discursos en los que se incluyera afectivamente a todo posible rincón de lo humano, un poco por culpa, otro poco por cautela y un poquito más por expiación.

Y no era un mal principio. Las bases que hicieron surgir lo que hoy denominamos “corrección política” no son para nada perversas: según hipótesis de algunos teóricos y prácticos, especialmente desde la hipótesis de Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf (que se puso de moda en aquella década), el lenguaje es capaz de moldear el pensamiento y en consecuencia, la acción. Cambiar el discurso apostaba a eso. Eran los tiempos de ver al inconsciente como pez que puede morder anzuelos, así que fue lógico creer que decir “afroamericano” por “negro”, “persona con capacidades diferentes” por “discapacitado”, o usar femenino y masculino en cada caso ayudaría, con el tiempo, a convivir de distintas maneras con los grupos minoritarios o en desventaja. El problema fue que al decirlo, el propio discurso se encargó de marcar esas diferencias y desventajas, y encontró puntos de fuga que distanciaron en lugar de unir.

Estamos ya en el siglo veintiuno y las instituciones no han logrado desechar de su sistema el fantasma setentero de la corrección política, pero nosotros los civiles sabemos que ya pasaron cuatro décadas y podemos repensarlo de este lado. Hemos heredado un lenguaje al que “le choca” la norma, pero con la diversificación de las instituciones ya tomamos como tales a discursos surgidos de otros previamente establecidos, como sucede con el feminismo, el ambientalismo o las izquierdas. Entonces, lo que en su momento surgió como incorrección, funda nuevas correcciones políticas y así sucesivamente. Ni para dónde hacernos.

Yo no creo, sin embargo, que intentar sentar compromisos desde el lenguaje sea una mala idea; de hecho, todos lo hacemos. En este mundo en el que cada quien construye su propia micro-política, todos sin excepción tenernos una norma para lo que es o no correcto y desde ahí se juzga quién está “bien” o “mal”, porque hay que tomar postura para poder dialogar con lo demás desde algún punto. El problema viene en dos sentidos: uno, en la dimensión política del asunto, que impone una jerarquía donde cualquiera puede creerse vigilante del discurso ajeno; y dos, en el riesgo de quedarse en la superficie y caer en el mismo pantano de lo “políticamente correcto”.

El discurso es un sitio cómodo, tanto como para quedarse a vivir en él. Del lado de los políticamente correctos y de los políticamente incorrectos se puede caer en no evaluar el discurso propio y no aceptar que otros “bandos” a veces tendrán razón. Porque vivimos en la ley del “a veces”. Puede ser que algo nos parezca indiscutible bajo ciertos preceptos, pero eso no significa que todos los eventos que parezcan someterse a esa misma fórmula vayan a gustarnos forzosamente, o viceversa. Hay circunstancias, contextos y estados a considerar para comprender por qué estamos de acuerdo o no en algo, y es por eso que autodefinirse como “corrector” o “incorrector” de tajo anestesia la posibilidad de esa evaluación o bien, nos pone en entredicho al no poder funcionar invariablemente bajo lógicas estrictas.

En los círculos donde tenemos fortuna de pensar en voz alta, buscar la coherencia e intentar aportar, es posible mirar la corrección política desde muchas aristas y entender qué hace con nosotros. A veces los discursos tocarán temas que nos mueven de inmediato; a veces los dejaremos pasar o nos quedaremos en el agua tibia, queriéndolo o no, porque las agendas nos rebasan. Eso no nos hace mejores o peores, como tampoco nos denigra que en ocasiones consideremos lo que diga la Academia, el Gobierno, los medios de comunicación o cualquier otro árbitro cuya misión sea plantear discursos acríticos por naturaleza, pero que al compartirlos se llenan de contexto y perspectivas. Personalmente, mi problema con las polémicas surgidas de estos discursos es que por pelearnos entre ciudadanos, se debilita la fuerza crítica hacia el punto que realmente hizo surgir la controversia. Atacamos a quien, desde nuestra misma posición, defiende o no lo que nos parece “corrección política”; pero en esa división, ¿dónde queda la crítica activa hacia el discurso inicial?

No podría asegurar que la iniciativa de instaurar un discurso políticamente correcto haya sido un rotundo fracaso, y no por el lado institucional sino por lo civil: no puede ser un completo desperdicio si por ella hemos llegado al punto en que sus mecanismos están en el foco de atención y nos han puesto a pensar en el uso de las palabras más apropiadas para cada caso, que no está mal si el acuerdo se da entre ciudadanos y se juzga también a las instituciones, pero sobre todo en las vías para que ese discurso se convierta en acción. Justo ahora estamos en un momento en el que nuestro país tiene una agenda colectiva que debemos atender con urgencia y no dejar decaer por ningún motivo, como suele suceder cuando nos conformamos con marcar excesivamente el manejo del lenguaje y nada más: si nos vamos a poner de acuerdo sobre cuáles son las mejores formas de decir, que sea porque van a moldear las mejores formas de hacer. Y hagamos.

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