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Contra la cultura (en) general

Por Alejandra Eme Vázquez:

Es una escena que probablemente muchos de nosotros hemos protagonizado. En una plática, clase o cualquier otra circunstancia en que se necesita nuestro pensamiento articulado, alguien suelta un comentario del que una no tiene la menor idea y se nota tanto, que el interfecto hace un gesto de asombro y se detiene a confirmar: ¿en serio una no ha oído hablar de (inserte aquí el angustioso objeto de ignorancia)? No, no he oído hablar nunca de (…), responde una, con un poquito de coraje y otro poquito de vergüenza. Y entonces viene el corolario que el mundo de los humillados esperaba con ansias: «¡Pero Alejandra, si eso es cultura general!». Se cierra el telón.

Siempre vamos a sentir un retortijón cuando alguien cuestiona nuestra inteligencia, siempre. A veces será un retortijón imperceptible, pero a veces dará hasta para unas lágrimas o una sentidísima entrada de diario. Como sucede con la belleza, crecemos asumiendo que son los otros quienes van a definir cuán sabios y cultos somos, de acuerdo con un canon preestablecido que se nos oculta a conveniencia como si fuera una mano de póker, pero cuya opacidad tampoco podemos cuestionar a quienes lo sostienen so pena de ser tildados de envidiosos, marrulleros, resentidos e ignorantes, claro está. No importa cuántos datos random retengamos en nuestra cabeza ni cuánto sepamos de lo humano, la vida se encarga de ponernos cada tanto en situaciones en las que todo eso se anula y nos sentimos miserablemente tontos, incultos, dueños de qué, dueños de nada.

Pero el concepto de cultura general, como el de corrección política y tantos otros que luego nos hemos encargado de enturbiar, no tiene un origen malvado. Sólo eran, dirían las abuelas, otros tiempos. En la Roma antigua, Cicerón se encargó de transportar del pensamiento griego la idea de que al modificar su interior y su entorno, el individuo estaba contribuyendo a un cultivo distinto, uno que en vez de agua necesitaba del  alma en lo individual y del entendimiento con los otros en lo colectivo. Así nació la humanitas, concebida como un saber ennoblecido por un alto sentido moral que sólo era posible mediante la cultura animi, es decir, el cultivo del alma. Era de comprenderse que este ideal culminara en todas las almas ascendiendo juntas al mismo nivel de sabiduría y bondad, en equilibrio perfecto y sin aparentes daños colaterales. Esto, claro, en una sociedad de por sí verticalizada, donde las almas que contaban eran sólo las de quienes tenían acceso privilegiado a educación, ocio y alto estatus.

Y aún ahora, pese a los esfuerzos por horizontalizar las relaciones de poder heredadas desde que tenemos memoria, cuando hablamos de cultura general como si fuera una prueba que hay que pasar para considerarse digno de poseer un cerebro, omitimos que aplicar la tabula rasa en cualquier caso que involucre a «la sociedad» significa ignorar las condiciones tan diversas que simultáneamente ocurren en puntos distintos ya no digamos del planeta sino de cada país, cada ciudad, cada colonia, cada familia. Ignoramos también que desde Cicerón, quien elige qué constituye a la cultura general es la clase con acceso a educación, que ha alcanzado cierta edad y ciertos espacios, y que detrás de ese mecanismo de juzgar las existencias ajenas con base en requisitos elegidos aleatoriamente, cuya transparencia es de por sí cuestionable, no hay más que la reproducción irreflexiva de estructuras que han probado sus fallas con creces.

En La crisis de la cultura, Hannah Arendt vuelve a Cicerón para acompañarle hacia una interpretación más generosa que la que pretende elevar el cultivo de alma y mente a niveles inalcanzables. Arendt pone el reflector en el gusto como la actividad cultural más importante, porque toma decisiones, y entonces realmente podemos hablar de humanismo si en lugar de establecer un único canon de lo que debe saberse y entenderse, se parte de la idea de que el cultivo del alma no es posible sino en parcelas que restituyen a la cultura su sentido originario. ¿Cómo, entonces, se sabe que un alma es cultivada? Porque ejerce su gusto con libertad, por encima de especializaciones y filisteísmos, y porque en este sentido puede entender que «aunque los críticos de Platón estén en lo cierto, Platón todavía puede ser mejor compañía que sus críticos». Ya no necesitamos, pues, elevarnos a un mismo grado de conciencia y sabiduría, sino pararnos en una horizontalidad en la que cada quien se reconozca y haga cargo de sí mismo, de sus elecciones y de sus afectos. Así, también se restituye a la cultura su perspectiva de relación organizada entre los seres humanos y su entorno.

Siempre habrá algunos que querrán capitalizar a su favor construcciones sociales en las que se pueden dar a sí mismos la ilusión de manejar el canon. La cultura general es una de estas construcciones, que sale a relucir cada que alguien quiere dejar mal parado a otro alguien porque comete faltas de ortografía, porque baila reguetón o porque no sabe quién es Debussy; también puede aplicarse a la inversa, tomando lo que en estos términos se entendería como baja cultura para enaltecerlo respecto a la alta cultura, generalmente en protesta ante lo absurdo de un binomio que deshumaniza por completo prácticas esencialmente humanas. De cualquier manera nadie sale bien librado: no hay nada de cultivo en el acto de echarse tierra y mientras se busque por todos los medios poner lo propio por encima de lo ajeno, lo único general será el mutuo desprecio.

En nombre de la cultura general se han cometido humillaciones sistemáticas, se ha justificado el rechazo a miles de candidatos para preparatorias o universidades públicas (aunque en los exámenes se les pregunten cosas que no se articulan con sus programas de estudios anteriores), se han instaurado jerarquías de humo y se ha perpetuado la validación clasista de los saberes. Por eso es necesario tomarse un respiro, desobedecer de vez en cuando a nuestro Napoleoncito interior que siempre va a querer demostrar su superioridad respecto a los demás y regresar al origen del asunto para replantear a Cicerón en los términos que Hannah Arendt concluye respecto a la crisis de la cultura: «En cualquier caso, recordemos lo que los romanos –el primer pueblo que se tomó la cultura en serio tal como lo hacemos nosotros– pensaban que debe ser una persona culta: la que sabe cómo elegir compañía entre las personas, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado».

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