Looking for Something?
Menu

Consideraciones sobre la práctica del Derecho, de Raúl Carrancá y Trujillo

El 26 de abril de 1962, el rector Ignacio Chávez presidió la ceremonia de entrega de insignias doctorales a la generación saliente de la Facultad en ese ciclo. Aquella ocasión, el doctor Raúl Carrancá y Trujillo pronunció un discurso, en el que destacó las características que distinguen a los estudiosos de la legalidad de quienes no lo son. De esa disertación, recuperamos los siguientes elementos:

1. El abogado tiene que ser un hombre dotado de probidad moral; pues siendo el intérprete del derecho, que es ciencia cultural, y teniendo por fin último de su actividad la justicia, que es valoración cultural también, maneja categorías que son la expresión del espíritu y de la conciencia de un pueblo, categorías que son de naturaleza moral. Por medio del derecho y de la ley se dirige la conducta de los hombres hacia la justicia, haciéndose así posible el pleno desenvolvimiento de la personalidad humana. Y todo ello dentro de un cuadro de valores morales; valores que sólo es capaz de manejar debidamente quien esté dotado, por su parte, de probidad moral, antes y por encima de otros atributos cualesquiera que sean, incluso el de la ilustración, incluso el de pericia; pues es la probidad moral la base y el sustento de cuanto signifique servicio a la justicia.

2. El abogado lo que maneja es el arsenal de las pasiones humanas, haciendo de su estudio un laboratorio en el que, con el razonamiento, disecciona los sentimientos del corazón humano; pero en todo caso lo que enjuicia es un problema moral porque su consejo y la actualización que busque, en la ley, de las soluciones adecuadas, tenderán a resolver el problema de una familia, o el de unos hijos, o el de un hombre que se halle privado de lo que tanto pueda importarle, su libertad, o el del peligro que por recobrarla corra la sociedad entera.

3. Para que la probidad moral del abogado resplandezca, se requiere firmeza de carácter. No se puede servir con lealtad, sin sentirse firme y seguro ante la propia conciencia y sin hacer sentir esa firmeza y esa seguridad. Entendemos todos los humanos titubeos, todas las humanas vacilaciones, todos os temblores de ánimo, frente a un caso y una situación dada. Concebimos que el hombre que hay en el abogado, sienta que el corazón le tiembla ante los peligros que le signifique el ser director y consejero de una causa. Pero no entendemos que, cuando libremente haya decidido patrocinar esa causa, cuando haya optado por afrontar las responsabilidades inherentes que a ese patrocinio, titubee y se quebrante. No caben en el abogado actitudes vacilantes.

4. El abogado ha de ser depositario de una cultura humanística, que no puede estar reducida tan sólo al material legislativo que ha de manejar. Culto ha de ser el abogado para que sea capaz de conocer la vida y de enjuiciar la conducta de los hombres en la vida y de manejar valores vitales. Frente al hombre que le pide un patrocinio y que le consulta lo que debe hacer o no hacer, lo que el abogado hace es el diagnóstico y el pronóstico de una vida.

5. La garantía de nuestra vida, de nuestra libertad, de nuestra salud, de nuestra propiedad, de nuestra reputación en suma, de todos nuestros derechos, está la justicia, cuya expresión objetiva es la ley. Sin ordenación y ley la vida social es imposible.

Puede interesarte

Mariana
Octavio Paz, joven orador
Meridiano de Hiel
Ni perdón ni olvido
Aquellos que no amo
Malabra de paletas

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter