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Confesión de un crimen y carta de amor

Por Deniss Villalobos:

“Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.” Ernesto Sabato, El túnel

“¿Usted cree que yo no quería a Polett? ¿Que me quedaba indiferente ante su voluntad de irse? Eso cree, ¿verdad? Pues no es así. Todo lo contrario. Lo que pasa es que, si queremos, también tenemos que saber matar. No lo olvide nunca.”

Magda Szabó, La puerta

La puerta, novela de la escritora húngara Magda Szabó, empieza con una confesión: la narradora, basada en la misma Magda, mató a Emerenc. El primer capítulo me recordó de inmediato a El túnel de Ernesto Sabato, donde desde el principio sabemos que Juan Pablo asesinó a María. Ambas novelas llevan un título simple, un objeto que dentro de la historia tiene un significado especial en relación a la soledad en la que los personajes principales viven. Juan Pablo, quien en los últimos capítulos afirma: «[…] en todo caso había un sólo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. […]» y Emerenc con la puerta que separaba su pequeño mundo del resto del planeta, ese cuarto en el que guardaba sus más grandes tesoros y nueve gatos que eran toda su familia.

La novela de Szabó cuenta la historia de una escritora húngara que, entre 1960 y 1980, convivió con una mujer llamada Emerenc, quien sirvió en su casa haciendo la limpieza y cocinando durante más de dos décadas. Emerenc no era una sirvienta; al tener intención de contratarla, fue ella quien se tomó su tiempo para decidir si la escritora y su marido le parecían lo suficientemente decentes como para trabajar en su casa, pues de encontrar en su actitud o en la opinión de sus conocidos algo que fuera en contra de sus valores morales, Emerenc no habría trabajado para ellos (trabajaba para otras casas, además de ser portera en un edificio de Budapest, donde se desarrolla la historia, y recibir mensualmente una renta que le era depositada a su cuenta desde el extranjero, así que no necesitaba desesperadamente otra entrada de dinero).

A lo largo de la novela vamos conociendo a Emerenc; su vida es un rompecabezas que los personajes alrededor de ella, y el lector, van tratando de armar al pasar las páginas. En un capítulo se nos revela un terrible episodio de su infancia, en el siguiente un momento casi feliz de su vida adulta, y así dando saltos temporales en los que juntamos pedacitos de este personaje tan misterioso como interesante, que también nos sirve para conocer los cambios políticos y sociales que se dieron en Hungría durante la época que la historia abarca.

Pero lo que más me gustó de este libro no fueron sus personajes —Emerenc me desesperaba por ser tan hermética y a veces hiriente, mientras que la escritora me parecía demasiado caprichosa y con frecuencia cruel—, sino la relación entre las dos mujeres. No es necesario que me agradan los personajes en un libro para que me guste si la relación entre ellos, eso que hay en medio de dos humanos, me parece real. Y en La puerta, sin importar lo que pienses de los personajes, es imposible no quedar encantado con la amistad y el cariño que Magda logró capturar en esas páginas.

La novela, además de hacer que recordara a Sabato, me hizo pensar en estas palabras de Céline en Before Sunrise: “I believe if there’s any kind of God it wouldn’t be in any of us, not you or me but just this little space in between. If there’s any kind of magic in this world it must be in the attempt of understanding someone sharing something. I know, it’s almost impossible to succeed but who cares really? The answer must be in the attempt.”

La puerta es una historia sobre eso: intentar entender a alguien. Sobre la magia de compartir y sobre cómo Dios, a veces, se esconde detrás de una puerta. Esta novela es una larga confesión, la de una mujer que mató a su mejor amiga, pero también es una carta de amor que nos va revelando muchos secretos, secretos que solo se llegan a conocer cuando de verdad amas a alguien, y es también un testimonio de cómo los animales son, a veces, la única familia que alguien tiene. Viola, un perrito callejero que fue rescatado por la escritora, y los nueve gatos de Emerenc, son también parte importante de La puerta.

Pero, en especial, creo que La puerta habla sobre amor y muerte. Sobre cómo sentir tanto puede causar remolinos y temblores que destrozan todo a su paso, hasta el punto de hacernos acabar con aquello que más queremos. “Hoy en día sé algo que en esa época aún desconocía: que el cariño es una emoción desarticulada por excelencia, y por eso se resiste a ser dosificada con prudencia. Es inútil pretender regular cómo debe encauzar cada uno sus afectos: no hay fórmulas que valgan”. Así que la puerta de Emerenc está ahí, cerrada, pero preparada para abrirse poco a poco cuando el lector pase una nueva página.

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