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Con las patas y el caparazón

Por Deniss Villalobos:

¡No soporto a la gente que se derrite al ver un animal

y luego traiciona a cada humano con el que se cruza!

Diana Wynne Jones, El castillo en el aire

 

Cuando cumplí cinco años mamá llevó a casa una perrita negra con una mancha blanca en el cuello. La llamamos Cookie y con el tiempo el nombre mutó a Cuca. La verdad es que no me acuerdo bien de los primeros años, pero mamá me cuenta que íbamos juntas a todos lados y hay una cosa que sí recuerdo con claridad: despertar cada mañana cuando Cuca subía a mi cama y comenzaba a lamerme la cara o a jalar mis cobijas mientras gruñía un poco. Además de mí no le gustaban los niños y una vez atacó a mi hermana menor, pero al mismo tiempo compartía su cama con Pancho, el gato de mi abuela que en lugar de su enemigo parecía su hermano.

Cuca murió once años después, y desde entonces hemos tenido en casa varios animales: perros, gatos, pájaros, peces, tortugas, conejos y hasta pollos. Los perritos han llegado porque los encontramos abandonados y/o enfermos, los gatos porque no podemos decir que no cuando alguien quiere que adoptemos uno y lo mismo con el resto de los animales, incluyendo a los pollos a quienes nombré Timoteo. Con todos intento ser mejor: jugar más, cuidar más y amar más. Varias de las mejores conversaciones de mi vida las he tenido con un animal. Que los perros, los gatos, las cabras o los cerdos no hablen no significa que no te pongan atención y tal vez nos respondan de alguna forma.

Y teniendo en cuenta lo maravillosos que son los animales, también tengo claro que la vida de ninguno es “más valiosa” que la vida de un humano. ¿Cómo podemos calcular el valor de una vida? Tampoco entiendo las comparaciones, porque me cuesta imaginar escenarios cotidianos en los que tengamos que elegir entre la vida de un perrito y la de una vecina que nos cae mal, un repartidor de pan o nuestro peor enemigo. No es un requisito odiar a la humanidad para amar a los animales. Entiendo que el mundo y lo que sucede en él nos duele mucho, y que la mayor parte del tiempo todo el horror es causado por humanos, pero no son la mayoría. No toda la gente es monstruosa.

Desconfío de aquellos que se indignan por lo que le pasa a un perro pero no les interesa lo que le pasa a las personas, de los que pueden gastar miles de pesos en ropa y juguetes que sus mascotas no necesitan pero nunca han donado a una asociación que ayude a personas que no tienen nada o han perdido todo. Frases como “cuánto más conozco a la gente más quiero a mi perro” me parecen una tontería. ¿Cómo se puede amar a un animal, y cuidarlo como se merece, cuando vas por la vida despreciando a tu propia especie?

Para mí un gran ejemplo de equilibrio es Tasha Tudor, una ilustradora americana que además de haber creado bellas imágenes para decenas de libros infantiles, vivía en una granja de Vermont junto a sus perros, cabras, pájaros y gallinas. Ella cosía su propia ropa, cuidaba su jardín, preparaba mermeladas y contemplaba atardeceres al lado de sus corgis, pero nunca se olvidó de compartir tiempo con las personas que amaba, como sus hijos y nietas a quienes preparaba el té, y de dibujar para miles de personas que no conocía pero que verían sus ilustraciones en los libros.

Con frecuencia pienso en mi perrita y sé que ella me quería con las patas. Y con la lengua y las orejas y su cola que se movía rápidamente cuando jugábamos. Los animales nos quieren con las garras y los bigotes, con el pico y las alas, nos quieren con el caparazón. Y si los animales quieren a los humanos, tanto como para dejarnos acariciarlos y confiar ciegamente en nosotros, no creo que seamos un grupo tan espantoso. Hay humanos horribles que nunca han lastimado a un animal y hay personas maravillosas que no están interesadas en tener mascotas. Tener un perro o un gato no nos convierte en buenas personas automáticamente y nadie es un monstruo por preferir a los humanos, esto es algo que debemos recordar.

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