Looking for Something?
Menu

Como estar en casa

Por Deniss Villalobos:

“Books are the mirrors of the soul.”

―Virginia Woolf, Between the Acts

Tengo un amigo que piensa que el fin del libro impreso está cerca. No es la primera vez que escucho eso, seguro todos lo hemos hecho, en especial hace un par de años cuando los lectores electrónicos se volvieron populares y amenazaban con dejar sin clientes a las librerías y acabar con el mercado editorial como lo conocíamos hasta ese momento. No habría más libros en las cajas de los restaurantes, desaparecería el pasillo en los supermercados con los últimos best sellers y pequeñas y grandes librerías cerrarían poco a poco para dar paso a una nueva era en la que todos llevaríamos una biblioteca entera en el bolsillo.

Pero, en pleno 2016, las cajas, los pasillos y las tiendas siguen llenas de libros. Es cierto que cada vez se hacen más compras online y pequeñas librerías se ven afectadas pues sitios como Amazon y BookDepository ofrecen precios contra los que es difícil competir, además de poder ordenar todo desde la comodidad de tu cama. A pesar de eso, no me preocupa mucho que las librerías o los libros hechos de papel y tinta desaparezcan, al menos no pronto.

Mi teoría, si es que hay alguien ansioso por conocerla, es que la nostalgia y el apego por los objetos salvarán al libro. Porque, siendo honesta, leer en mi kindle es lo más cómodo del mundo: no pesa nada, puedo leer de noche, llevo cientos de libros a donde quiera que vaya, es muy sencillo subrayar y usar ese texto después… y, aún así, sigo siendo adicta a comprar libros, y estoy segura de que, como yo, hay cientos de miles en el mundo. Personas que compran un libro aunque después terminen leyéndolo en un lector electrónico, personas que ya no tienen espacio en su habitación pero no dejan de agregar nuevos títulos a su biblioteca, personas que entran a una librería como un niño entra a una juguetería.

Y es que a los libros los queremos porque, como los juguetes, nos recuerdan mejores tiempos. El momento en el que elegiste un título y pensaste que sería tu siguiente libro favorito, incluso si al final lo odiaste; la persona que te lo recomendó, el otro libro en el que encontraste una referencia y tanto te gustó, el día en que alguien te regaló una edición antigua con una dedicatoria en la primera página. No compramos libros porque seamos adictos al papel y la tienda (aunque el olor y tacto de un libro nuevo es por sí sola una buena razón para gastar doscientos pesos) sino porque somos adictos a los recuerdos y a aquello que nos hace volver a vivir algo agradable. Si el libro como objeto es ese instrumento mágico del que muchos hablan no es porque nos otorguen poderes, nos hagan “viajar” o nos vuelvan inteligentes; es porque sirven de puente con el pasado.

Para muchos los libros y las librerías, incluso las bibliotecas, se sienten como estar en casa. Andamos entre ellos como quien visita los cuartos en los que creció; la cocina en la que le preparaban su comida favorita, el patio en el que anotó su primer gol. Y necesitamos algo que nos haga recordar todo aquello, una especie de tótem que, al tener entre las manos, nos haga sentir seguros. Que nos recuerde que aquello que leímos y las historias reales que vinieron antes y después de esa lectura en nuestra vida en realidad sucedieron.

Las pilas de libros en mi habitación no dicen nada sobre si soy inteligente o tonta, si sé mucho o poco, pero sí podrían contar qué me da miedo, por qué lloro o por qué río, cuántas veces se me ha roto el corazón y cómo y cuándo junté los pedacitos. Ir a una librería y escoger diez títulos para al final solo comprar uno es y seguirá siendo una de mis actividades favoritas no porque sea la mejor forma de leer sino porque, para mí, es la mejor forma de recordar. De formar un mapa de mi historia al que pueda volver cuando lo único que quede sea una habitación llena de libros y mi sonrisa porque no pude haber gastado tanto dinero en algo que me hiciera más feliz.

Puede interesarte

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter