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Comerte una cara

Por Deniss Villalobos:

“Oh, please don’t go—we’ll eat you up—we love you so!”
Maurice Sendak, Where the Wild Things Are

Dice Orhan Pamuk en Me llamo rojo que los perros hablan, pero solo con aquellos que saben escuchar. Entiendo por qué este tipo de frases sobre la relaciones entre humanos y animales se refieren casi siempre a los perros, pues más de una vez he comprobado cuán nobles y amorosos estos llegan a ser, pero esa clase de relación mágica con una mascota solo la he conocido con mi gata, y es que si he mantenido una conversación con algún animal ha sido con ella.

A Giulietta la encontró mi hermana, y aunque el plan era quedársela, al gato que ya vivía en su departamento no le agradó la idea y tuvo que buscar un nuevo hogar para la gatita tricolor de ojos verdes que ahora mismo duerme en mis piernas. Cuando mi mamá y yo decidimos adoptarla y la recogimos en casa de mi hermana, la gata no dejó de maullar y querer escapar del auto durante todo el camino. Desde el primer momento me dejó rasguños en los brazos y nos dejó claro que no iba a ser una compañera dócil o tranquila, pero su cara graciosa y sus patitas blancas nos robaron el corazón de inmediato.

A mi gata le gusta cazar. He visto a varios gatos matar a un ratón y he visto a otros que prefieren seguir tomando una siesta y dejar que los roedores invadan la casa, pero nunca he visto otro gato como Giuli. Cuando atrapa a su presa la lleva en la boca un rato, trata con mucho cuidado de no hacerle daño, de no acabar con la diversión tan rápido por si accidentalmente clava un colmillo más de la cuenta. Escoge un espacio abierto y suelta al ratón que, asustado y nervioso, se queda primero quieto y luego intenta encontrar un escondite. Ella lo observa y lo deja, por unos segundos, creer que tiene oportunidad, para luego echarle una pata encima y bloquearle el paso. Juega con ellos por horas hasta que, aburrida de su juguete, entierra todos los dientes y arranca la cabeza.

Al principio traté de salvar a algunos de los desafortunados, primero encerrando a mi gata para que pudieran escapar y alguna vez, incluso, tomando a uno por la cola y sacándolo al jardín. Pero la mirada de Giuli fue tan fulminante y pasó tantos días molesta conmigo que desistí. Es su naturaleza y, al final, en ese baile mortal entre ella, su presa y las manchas de sangre que quedan en el piso, hay mucha belleza.

Mi gata ha dejado, además de ratones, pájaros, mariposas y hasta lagartijas como ofrenda en mi almohada. No mueve la cola cuando llego a casa, no me lame la mano como agradecimiento, pero deja cadáveres en mi cama para decirme que me quiere. O eso creo. Y aunque tiene una parte salvaje que asesina, muerde, rasguña y lastima, también es el ser más dulce que conozco. Cuando estoy triste se acerca a mí y en ese idioma que solo yo entiendo me dice que todo estará bien, y se echa boca arriba para que le acaricie la panza porque sabe que es mi parte favorita de su peludo cuerpo.

Por las noches me protege de los duendes y demás criaturas malvadas que, cuando era niña, mi madre me dijo que solo se alejaban si un gato estaba cerca para combatirlas. A veces creo que solo finge dormir bajo las cobijas y entre mis piernas para, cuando ya estoy roncando, salir a montar guardia en mi habitación y no permitir que una bruja me robe el alma. Y es que sí, los gatos son todo eso que ya hemos escuchado mil veces: egoístas, agresivos, arrogantes piensan que eres su esclavo y si te mueres seguro te usan de alimento, pero también, si encuentras al gato de tu vida, descubrirás que saberte el humano más confiable en el mundo para un felino es una sensación increíble, y que ya sea en forma de gotitas de sangre en tu piel o ronroneos en la puerta, éste siempre estará ahí para demostrarte cuánto le importas, pues, si alguna vez has amado a alguien, seguro también sentiste ganas de comerte su cara.

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