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Comer crisantemos

Por Deniss Villalobos:

Esta semana leí Los crisantemos, una historia de John Steinbeck que me recomendó una amiga cuando hablábamos de libros con los que nos identificamos. Los crisantemos cuenta la historia de Elisa Allen, una mujer de treinta y cinco años que vive en el campo con su marido, un hombre que no la hace feliz ni infeliz, y ella dedica su tiempo a trabajar en el jardín donde viste con ropas que la hacen parecer más grande y ancha de lo que en realidad es.

El talento de Elisa son los crisantemos, pues crecen fuertes y bellos en su jardín gracias al “don especial” que tiene, según palabras de Henry, su marido. La historia transcurre con simpleza, entre detalladas y bellas descripciones de la naturaleza y una conversación no muy relevante en la que la pareja hace planes para ir por la noche al cine y a cenar. Las cosas comienzan a cambiar cuando en el jardín de Elisa aparece un extraño en busca de algún trabajo; afilar un cuchillo, reparar una olla, etc. La conversación entre Elisa y este hombre, además de lo que pasa al final, hacen que una historia narrada de una forma simple y delicada se convierta en una pequeña joya que te mueve el suelo.

Así que siento destapar más de la trama, pero quiero hablar sobre lo que Steinbeck logró hacerme sentir con esta historia. Y es que, como le pasó a mi amiga, no es difícil identificarse con Elisa y el tono de la historia. Desde el principio puedes imaginar el campo y pájaros cantando, el color de las flores, el invierno en el valle y el ladrido de algún perro mientras la protagonista se dedica al cuidado de los crisantemos que, de alguna forma, es también el cuidado de su vida. Es fantástico cómo Steinbeck nos muestra el mundo interior de una mujer que no se desvive por su marido y no cuida su aspecto físico sin juzgarla, sin que parezca que Elisa está haciendo algo mal, algo que para mí tiene bastante mérito tomando en cuenta que fue publicada en 1938.

La vida de Elisa es gris a pesar de estar rodeada de flores, pero cuando ese viajero que va buscando trabajo de pueblo en pueblo aparece y Elisa tiene la oportunidad de hablar sobre aquello que más le apasiona, algo dentro de ella despierta y la hace sentir más segura, incluso más bonita. Mucho más fuerte porque alguien ajeno a su vida diaria mostró interés en el don que tanto orgullo le causa. Después de que Elisa le aclara que no tiene ningún trabajo para él, el hombre recuerda que una mujer que vive en otra población ha intentado hacer crecer crisantemos pero ha fracasado, y deja entrever que los consejos de Elisa y algunas semillas serían algo que aquella señora apreciaría. Cuando le pregunta cómo hace para que sus crisantemos crezcan tan bien, Elisa declara:

«Lo único que puedo decirle es lo que se siente. Cuando se eliminan los capullos que no se quieren. Entonces todo se concentra en las yemas de los dedos. Lo hacen los propios dedos. Los ves trabajar. Lo sientes. Arrancan un capullo tras otro. Sin equivocarse nunca. Se funden con la planta. ¿Comprende? Son tus dedos y la planta. Es algo que se siente brazo arriba. Ellos lo hacen. Nunca se equivocan. Lo sientes. Cuando eres así, no puedes hacer nada mal. ¿Lo entiende? ¿Puede comprenderlo?»

Elisa, como todos nosotros, quería que alguien comprendiera. Que ese hombre comprendiera cuándo le importaban esas flores y que entendiera que lo que más amamos no es algo que pueda explicarse sino sentirse. Pero el hombre no comprendió. La historia de la señora fue un invento para que Elisa, ya de mejor humor, accediera a darle algún trabajo, y cuando ella y su esposo se dirigían al cine más tarde, luego de que Elisa se arreglara más de lo normal y se sintiera bien consigo misma, confesando a su marido que se sentía más fuerte y segura que nunca, ella observa la pequeña maceta con las semillas de crisantemos que le había dado a aquel hombre.

¿Cuántas veces me ha pasado algo igual?, pensé. ¿Cuántas veces he dejado que mi ánimo y mi estima dependan de lo bien o mal que alguien pueda hacerme sentir? ¿Cuántas veces compartí mis crisantemos y alguien los arrojó desde su carreta a la orilla del camino? Muchas. Ni siquiera puedo hacer una cuenta. Y es tristísimo. No importa si eres una mujer casada viviendo en el campo hace casi cien años o si eres un joven en la actualidad estudiando química en la universidad, a todos nos ha pasado. Lo maravilloso de Los crisantemos es que Steinbeck lo explica de la forma más sencilla y hermosa posible, sin decir mucho, sin veinte capítulos de barata autosuperación, sin juzgar al hombre que engañó a Elisa o a la mujer que lloró después de ver su maceta tirada en la tierra. Steinbeck te deja solo para que saques tus propias conclusiones, y la mía es que de ahora en adelante me comeré los crisantemos antes de regalárselos al primer extraño que aparezca en el camino, que de ahora en adelante si comparto mis semillas y las tiran al suelo, las voy a recoger para hacerlas crecer yo sola.

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