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Comer arcoíris

Por Deniss Villalobos:

“Oh, I adore to cook. It makes me feel so mindless in a worthwhile way.” Truman Capote, Summer Crossing

En los últimos meses he tenido que cocinar. Lo he hecho antes, de manera intermitente, cuando de repente mi abuelita no tenía ganas de preparar algo, o cuando encontraba alguna receta interesante en internet, pero nunca como una necesidad, hasta hace algunas semanas cuando me mudé y comencé a pasar la mayor parte del tiempo sola. Mi menú, durante muchos años, estuvo lleno de comida casera que solo las mamás y abuelitas son capaces de preparar: tortitas de pollo en una salsa de chipotle, carne de cerdo con verdolagas, huauzontles en jitomate, pollo encacahuatado, y un largo y delicioso etcétera, pero decidí que al mudarme de casa de mi abuelita quería comer cosas que, en primer lugar, fueran sencillas de preparar, y en segundo, no incluyeran carne roja, pollo o pescado.

La principal razón, para ser honesta, es que ni el pollo ni la res me gustan mucho y que los peces solo me atraen si están nadando en el mar. Los cerdos saben bien pero tienen una cara tan simpática que preferiría jugar con ellos en lugar de ponerlos en mi plato. Y, antes de que alguien se enoje, agrego que no tengo nada en contra de quienes comen animales. Yo lo hice por más de veinte años y no pienso que alguien comiendo barbacoa o conejo sea un monstruo asesino. Es más, ni siquiera me considero vegetariana porque, si se me atraviesan unos tacos al pastor o un chile en nogada, ni loca les diría que no, y además de vez en cuando planeo comer pollo porque es fácil de preparar y barato en comparación a la cantidad de granos que debo consumir para ingerir la cantidad de proteínas que necesito.

Pero lo que me gusta de no incluir carne animal en mi comida todos los días, es que ahora me fijo más en los colores y parece que mi plato es un arcoíris. Preparar ensaladas es una actividad que me divierte: elegir vegetales y frutas imaginando cómo se verán en el bowl y qué combinaciones serán más agradables para el paladar me entretiene y relaja. Que mi comida se vea bien, aunque la única que la vea sea yo, me motiva para preparar desayunos, almuerzos y cenas que, de otra forma, terminaría comprando en algún lugar de comida rápida o tienda de conveniencia.

Leo blogs de cocina y sigo canales de youtube donde se encuentran una buena cantidad de recetas, sencillas y otras no tanto (para días especiales *guiño guiño*), de las cuales ya preparé un pequeño montón y quedé muy satisfecha. No imaginaba que había tantas formas de comer garbanzos o que el arroz, los frijoles negros y la quinoa podían ser el ingrediente principal en un plato fuerte y no solo acompañamiento. El aguacate se volvió mi mejor amigo, comí brócoli crudo ¡y me gustó!, y hoy preparé una ensalada que me hizo querer casarme con un mango y un puñado de espinacas.

También estoy tomando vitaminas y sé que debo visitar pronto a un médico para saber si la dieta que estoy llevando es segura. No estoy diciendo que intenten comer como yo ni nada por el estilo, pero sí quería compartir cómo el dejar de ver la carne como mi principal alimento me ayudó a poner atención a las cosas que antes solo consideraba

una guarnición. Ir al súper ya no es una actividad monótona y aburrida para mí, los sabores me sorprenden mucho más y me encuentro, en general, de mejor humor; cosa que no atribuyo a lo que como sino al entusiasmo que preparar esos alimentos me causa. Estar en la cocina, y disfrutar lo que haces ahí, es como darle un masaje el cerebro. No tienes que preocuparte demasiado, porque lo que estás haciendo terminará siendo desechado por tu cuerpo, pero puedes disfrutarlo porque los veinte minutos que pases masticando serán placenteros.

Así que este texto no busca persuadir a nadie a comer de tal o cual manera (seguro hay gente que ha hecho durante toda su vida lo que yo apenas descubrí, y muchos que lo hacen sin renunciar a un buen bistec o al tocino), es más bien una invitación a fijarse en los colores de lo que comen, una invitación a poner más atención en lo que pondrán para el lunch del día siguiente y que cuando estén en la hora del almuerzo se encuentren en el tupper algo que, sin importar los ingredientes, los deje satisfechos, los nutra, y de paso los haga sonreír.

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