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Columna sin opinión

Por Nerea Barón:

Nadie dice todo. Nadie dice nada.

Lo deseable es decir poquísimo.

Mario Montalbetti, Lejos de mí decirles.

No, no es que no tenga una opinión, es que cómo puedo confiar en mi propia opinión, cómo puedo echármela al plato para aderezarla con quién sabe qué –vinagre, sal–, ponerla al fuego lento, agregarle levadura y al final, ¿qué? Incomible.

No es falsa humildad. Al contrario. Del centro de mi ego emana un líquido espeso de petulancia. El mundo está mal. Lo creo de verdad. Pero después el terreno se vuelve un poco más resbaladizo. ¿Cómo carajos, desde dónde, puedo afirmar algo sobre Trump o sobre, no sé, las políticas públicas de Bangladesh? Formo parte de la generación de los millennials y aun así, cuando cierro los ojos y miro hacia dentro, no tengo la certeza de conocerlos, de poder afirmar algo sobre ellos (¿tendría que decir sobre nosotros?).

La conversación nunca se cierra, uno sólo está ahí, lanzándole leños al fuego. Es así. Desde que inicié la columna lo he aprendido a la mala: más de una vez, uno acabará desdiciéndose, pidiendo perdón por las pinceladas gruesas en los paisajes finos. No por ello hay que guardar silencio. Todo es provisional. Pero de eso a negar la estridencia, no sé. Tampoco tenemos que ponernos todos los sacos.

Las opiniones son dibujos fuera del margen, poemas sin rimas, seres verdes y húmedos, y aunque lo mismo se diga los cronopios, su espíritu es de fama. Camas de autocomplacencia. A menudo los resentimientos se disfrazan de opinión. A menudo las feministas más viscerales –que me perdonen– proyectan en el torpe varón maleducado un terror mucho más antiguo, sin rostro y muchas veces sin falo.

Ata a menudo me pide que me calle. Tantas palabras que tengo en el cogote, palabras-regalo, y me pide que me calle. Grosero. Pero si quisiéramos concederle un pedazo de razón –todavía no sé si queremos–, sería la invitación a la paciencia. No todo se resuelve en el momento en el que quieres que se resuelva. No todo se expía con lenguaje. Las palabras prematuras tienden a ser palabras mentirosas.

Pertenezco al mundo, eso lo tengo bien claro. A mí también me envuelven centenares de corrientes ideológicas, atravieso avenidas con semáforos descompuesto, observo temblar la estructura endeble del poder y me enojo. No obstante, hoy se me antoja optar por una resolución contraintuitiva: no hacer, no decir nada. De cualquier manera nunca he sido buena escribiendo columnas de opinión.

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