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Re: codos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Hablemos ahora de ese dispositivo intrínsecamente humano para establecer límites en el cuerpo a cuerpo, para invitar a la compañía con un mínimo gesto y rodear a otro con nuestras extremidades superiores en ese performance que primero haremos por supervivencia y luego se sofisticará en abrazo cariñoso. Hablemos de cómo desde nuestra gestación estamos equipados con la capacidad no sólo de articular sino de articularnos y ser punto de apoyo, para dar una vuelta al kiosco o sacar a alguien de un pantano. Hablemos de los codos.

Allá en nuestras infancias ochenteras, nadie quería a la pobre Barbie sin codos. Sólo podía levantar los brazos hacia arriba, gesto de insoportable indolencia para quien lo que deseaba era tener una mamá en potencia que pudiera regañar a los hijos con la típica posición del bocajarro, o una modelo que llevando las manos a la cintura demostrara una seguridad irresistible, o una política dando un discurso en posición de tener todo bajo control, o una fisicoculturista. Tal es la razón de que ahora los diseñadores de Barbie la hayan hecho sobrearticulada, para compensar aquella época en que podía alinearse pero no mentar madres. Qué desperdicio.

Se podría saber de cualquier persona qué tanto ha aprendido, o se ha resignado, a vivir en sociedad tan sólo por el uso de sus codos. Quien tiene que compartir su metro cuadrado con otras tres personas posee un arma mortal en sus articulaciones que puede molestar a extremos insospechados. En el transporte público, por ejemplo, ir junto a alguien que maneja sus codos como si estuviera solo y pudiera hacer con ellos movimientos bruscos es casi un martirio: hay que estarse cuidando las costillas hasta que se opta por poner los propios límites para salvaguardar la integridad. En cambio, operar la individualidad en los espacios compartidos con los codos pegados al tronco es un síntoma inequívoco de que alguien sabe contenerse, considerar, convivir.

Los codos son esquinas; tanto, que cuando las palabras se arrojan en multitud y sin cuidado terminan por descarrilarse y salir por ellos directo al suelo, en carambola, sin que nadie pueda rescatarlas. Pero también pasa que en su ángulo se atora la generosidad y se ve uno impedido para ser dadivoso no por falta de ganas, sino porque el impulso de invitar la comida o dejar una buena propina sale del cerebro sin problemas hasta que justo antes de llegar a la cartera, se encuentra ese límite infranqueable que regresa el impulso por donde vino. Los codos gobiernan, cada que encuentran oportunidad.

Nadie puede lamer sus propios codos, por eso los sabios ingenieros de la gastronomía popular desarrollaron una pasta comestible que nos diera la ilusión, en sopa o ensalada. Porque los necesitamos más de lo que queremos aceptar: en ellos están nuestras posibilidades de calcular las alturas, de elegir el brazo que nos servirá de apoyo y de eslabonarnos. Porque −ya lo dijo el poeta del si te quiero es porque sos− podemos estar destinados a la irremediable soledad pero en la cadena humana del codo a codo voluntario, guardamos la fugaz e intensa alegría de ser mucho más que dos.

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