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Por Alejandra Eme Vázquez:

No sé de dónde me vino la idea, más bien certeza consumada en aquel entonces, pero si me preguntaban a los nueve años yo respondía muy segura que de grande quería ser directora de cine. Me encantaba cómo sonaba, lo que intuía que había detrás, y de tanto repetirlo conseguí que mi tío José Antonio me regalara un montón de libros sobre el séptimo arte: Sociología del cine, Historia del cine, Cine e ideología… Eran unos diez títulos a los que no les entendí nada, excepto por aquél que se llamaba Trece directores del cine mexicano, en el que la periodista Beatriz Reyes entrevistaba a renombrados cineastas. En aquel librito, que andaba trayendo para todos lados como si de un cómic se tratara, fue que tuve la primera noticia de Buñuel, de Cazals, de Galindo, de Ripstein, y supe que Ismael Rodríguez no sólo había hecho películas con Pedro Infante.

El cine que yo quería dirigir era el que veía en aquellos enormes teatros previos a las multisalas, en los que antes de la función los niños bajábamos a jugar en el espacio entre las butacas y la pantalla, para que cuando las luces se apagaran gritáramos simiescamente y volviéramos al lado de los padres. Mis grandes recuerdos de esas pantallas son La historia sin fin y el primer Batman de Burton: a ambas películas llegamos tarde y en escenas que me parecieron más oscuras que la sala; qué terror creciente al ir buscando lugar y saber que tarde o temprano vería algo que me haría saltar del asiento. Debo confesar que me aterraban los rostros deformes, por eso nunca me uní a mis primos aquellas noches que se reunían a ver Pesadilla en la calle del infierno.

Cómo olvidar cuando fui a un cinito piojo con dos amigas de la secundaria a ver Zapatos viejos y Alcanzar una estrella en increíble doble función, y en la escena “cumbre” una de ellas sacó su cámara para tomarle fotos, sí, fotos, a Ricky Martin. O años antes, me veo con mi prima en la fila para ver Suéltate el pelo junto con hordas de fans portando playeras de los Hombres G y gritando tras cada canción como si ellos las pudieran escuchar (lo que me recuerda que alguna vez pensé que tras la pantalla estaban los actores en persona); gritos como aquellos que solté en plena sala, casi pellizcando a quien estaba junto a mí, cuando me di cuenta de que Bruce Willis estaba muerto ¡y él no lo sabía!

Las pantallas nos persiguen, ciertamente, y gracias a eso pude disfrutar de American Hustle en un autobús, Breakfast at Tiffany’s en un hotel o de Ahí está el detalle en una sala de espera. Pero también el cine es cuestión de personas que te acompañan, que te platican: qué grande y feliz me sentía en el Miramontes de mis 10 años con mis primos, ahora respetables señores, sentada en las escaleras de una sala repleta para saludar por primera vez a Drácula en una experiencia que me pareció la más terrorífica hasta que años después, leyendo el libro en una noche cerrada, una horrenda cucaracha voló hasta donde yo estaba. Pero ésa es otra historia, diría Michael Ende, lo que me recuerda el salto natural del libro a la película y la certeza de que son dos naturalezas distintas, fascinantes en sus cruces.

Me maravilla nuestra reacción ante el cine. Me gusta que ya no haya intermedios, pero éstos me han dado anécdotas doradas como aquélla de la señora avanzada de edad que se acomodó con todo y quesadillas para ver La pasión de Cristo y tras una hora de mirar embobada la pantalla, al notar que todos salían de la sala después de prendidas las luces, nos preguntó inocentemente a mi mamá y a mí: “¿Ya se acabó, no lo van a matar?”. La comprendo porque yo casi pregunté lo mismo cuando, después de rentar desganadamente Lo que el viento se llevó, la vi en solitario y de corrido noche y madrugada, totalmente fuera de mí, y tuve que volver a la realidad para cambiar de disco justo cuando Scarlet se hacía dueña de sí misma.

Ahora vemos muchas películas, todo el tiempo. Unas me parecen terribles y otras, disfrutables por razones ajenas a lo artístico. Pero me precio de que el cine por lo general me divierte aunque no encuentre joyas con facilidad, ni las busque. También debo decir que he aprendido lo que un cinéfilo promedio puede aprender, y la ex aspirante a cineasta que hay en mí me obliga a teorizar de vez en cuando con consecuencias inclasificables. Alguna vez quise hacer una columna sobre películas y me autocumplí mi “sueño” cuando trabajé como editora en una revista en la que hacía lo que se me venía en gana, lo que me sirvió para ver que me cuesta muchísimo estabilizar mis criterios ante un fenómeno que me apasiona tan visceralmente, si bien alguna vez mi artículo sobre Harry Potter fue el detonante para que mis alumnos me reconocieran como alguien que sí podía hablarles de que “es bueno escribir”.

No, no fui la Ed Wood que México esperaba y a veces recurro al ocioso arte de imaginar para pensar en qué películas hubiera hecho o cómo hubiera tomado desde la creación los cambios de paradigmas a los que se ha enfrentado el séptimo arte, si yo misma fui una ferviente defensora de las grandes salas, y luego del VHS, y luego del DVD, y ahora veo películas en Netflix y similares (aunque dije que no lo haría) con una maravilla que también defenderé, sin duda, cuando llegue el siguiente formato. Antes me asustaba la idea de que el cine desapareciera de nuestras vidas, pero ahora sé que se las va a arreglar, como todo lo bueno, para estar cerca. Y aunque sé también que debería traer a la memoria infinidad de películas, momentos, personajes e historias, necesito parar aquí porque mi cinefilia culpígena me atormenta de nuevo, in crescendo, llamándome a no dejar pasar un minuto más sin ver Zootopia.

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