Clementina Batalla Torres

 

Semblanza tomada del libro de Ángel Gilberto AdameDe armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana, Aguilar, 2015.

La vida de Clementina Batalla Torres estuvo marcada por la perseverancia. Nació el 17 de octubre de 1894 en el puerto de Acapulco, aunque su familia se mudó a la capital de Guerrero a las pocas semanas. Hija de Clementina Torres Ángeles y Diódoro Batalla Leonis, tuvo seis hermanos y tres medios hermanos. Su padre fue un distinguido abogado que ocupó una diputación y fue reconocido como tribuno de alta cultura y precursor de la Revolución.
Cuando era una niña, su padre decidió mudar la casa familiar a la Ciudad de México e instarla en Mixcoac, zona residencial y de descanso habitada por la burguesía porfiriana. Fue ahí donde Clementina desarrolló su pasión por la lectura: “Viví leyendo el periódico, entre libros, escuchando conversaciones que a veces no entendía del todo, inquiriendo, escudriñando. […] Tenía yo un lugar preferido para leer, bajo la alta cama de latón de mi madre, con su blanca colcha tejida, su rodapié y una luz no muy buena” .
Cursó la primaria en el Colegio Alemán hasta la repentina muerte de su madre, ocurrida el 31 de enero de 1906: “Muerta mi madre me cobijé en el cariño de mi padre […] esa muerte cambió mi vida de qué modo”. Después de esa tragedia personal, concluyó la educación básica en Escuela número 18 “Felipe Sánchez Solís” de la municipalidad de Mixcoac.
Clementina no flaqueó en su deseo de estudiar y, aunque se sintió atraída por la docencia, ruta habitual para la mujer de la época que aspiraba a mayor instrucción, hizo caso a la sugerencia de su padre: “me dijo que iría a la preparatoria para hacer estudios superiores y al final una carrera más amplia que yo elegiría”.
Así, se convirtió en una de las primeras mujeres en ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria, que entonces ofrecía un bachillerato de cinco años: “Mi entrada a la E.N.P. en 1909 coincidió con la de un grupo de muchachas, cuarenta en total, que […] constituíamos el más numerosos de todos los tiempos anteriores y que causó verdadero azoro en maestros y alumnos” .
La incursión de las señoritas no habría sido posible sin el apoyo de sus familias: “Una corriente de valentía debió, por otro lado influir en los padres […] para que no vacilaran en dar a sus hijas el derecho, hasta entonces dudoso, de participar en las enseñanzas superiores, y salirse del cartabón que solo permitía para las mujeres, la carrera magisterial o las enseñanzas de las escuelas comerciales” .
El 14 de enero de 1911, La Opinión dio a conocer algunos fragmentos de un álbum poético dedicado a la señorita Batalla, regalo de su padre, en el que aparecen versos inéditos de Rubén Darío; también participaron en él Juan de Dios Peza y Alfonso Teja Zabre .
Clementina enfrentó una nueva desgracia personal. El 3 de junio de 1911 falleció el ilustre Diódoro Batalla: “La muerte de mi padre a los 44 años, cuando las ideas por las que había luchado estaban a punto de realizarse, trastornó por completo mi vida en el futuro. La ciega confianza en él no era ya posible y desde entonces sola […], sin otro guía, seguí viviendo” . A pesar de ello, logró continuar sus estudios gracias a una beca que le otorgó el gobierno
Logró sobreponerse a la adversidad y continuó su formación, llegando a convertirse en una de las alumnas más destacadas. También refrendó su interés en las humanidades y se integró a Sociedad de Arte y Progreso , un grupo dedicado a la difusión cultural, en el que participó como declamadora.
En marzo de 1913 solicitó su ingreso a la Escuela Nacional de Jurisprudencia en calidad de oyente, pues aún le faltaban algunas materias para concluir el bachillerato, sin embargo, su petición fue rechazada. Esto no afectó su desarrollo intelectual, pues recibió una invitación de Serapio Rendón para colaborar en el periódico Nueva Era, la publicación más influyente del maderismo. Su primera entrega fue de dos textos, una traducción del alemán y un cuento que tituló Vida difícil, por los que le pagaron veinte pesos. “Pero todo acabó pronto. Un día vi en el periódico la noticia de la desaparición de Serapio Rendón, la búsqueda infructuosa y, al final, el vil asesinato”.
Al año siguiente, el apremio económico y su deseo de apoyar a sus hermanos menores la convencieron de buscar un trabajo: “Cuantas veces acerqué la demanda de ayuda para mí y mis hermanos a personajes importantes, encontré acogida, así pude, en 1914, ser maestra de matemáticas en la Escuela Normal de Maestras” . Félix Palavicini la apoyó para que obtuviera la titularidad de la materia. En ese periodo convivió con María Arias Bernal, de quien aprendió la pasión por la enseñanza.
Al concluir sus estudios de bachillerato, Clementina era una de las jóvenes más reconocidas en el panorama cultural de la Ciudad de México. Durante los años en San Ildefonso forjó una sólida relación con Antonio Caso, acaso el académico más importante del país, quien le ofreció su amistad. Fue gracias al magisterio de Caso que conoció a un grupo de jóvenes que, al paso de los años, se convertirían en intelectuales y forjadores de instituciones en el México posrevolucionario. Con Alberto Vásquez del Mercado se identificó de inmediato debido a que eran paisanos, fue él quien la presentó con Vicente Lombardo Toledano, quien la convidó varias veces a su casa a las tradicionales tamalizas. Otro joven que por entonces ganó la admiración intelectual de Clementina fue Antonio Castro Leal quien llegó a ser “más que su amigo”. El último de los bachilleres que la impresionó por su inteligencia fue Alfonso Caso, que había logrado forjar su propio prestigio y vivía lejos de la alargada sombra de su hermano Antonio.
Dispuesta a dar cumplimiento a la última voluntad de su padre, se inscribió a la Escuela Nacional de Jurisprudencia en enero de 1915. Como a lo largo de toda su vida escolar, llamo de inmediato la atención de sus compañeros y profesores por su disposición para el aprendizaje. Su paso por las aulas coincidió con un periodo de consolidación de la enseñanza jurídica, en el que los estudiantes comenzaron a ganar notoriedad en la vida pública.
Clementina no fue solamente una observadora en este escenario cambiante, fue partícipe activa y su testimonio sobrevive en las crónicas que escribió sobre sus años en la Universidad. A los jóvenes prospectos con quienes convivió en la Preparatoria se sumaron tres nombres: Manuel Gómez Morin, Jesús Moreno Baca y Teófilo Olea y Leyva. Reunidos en la Facultad de Leyes crearon el grupo conocido como los “Siete Sabios de México”, mismo que, pese a no gozar de la simpatía unilateral del estudiantado —algunos de los muchachos se referían a ellos como ‘sabios’ en tono de burla— impulsó desde distintos ámbitos el activismo político.
Muchas fueron las vicisitudes que enfrentaron los estudiantes durante la Revolución:
Es el año en que Caso se acordaba de cómo sus maestros “tenían que festinar los exámenes de fin de curso porque se anunciaba la toma de México por alguno de los grupos revolucionarios”. Más de alguna vez, según decía Daniel Cosío Villegas “el ruido y el estruendo fue de tal naturaleza que los profesores se ausentaron de las aulas. Alguna vez se vieron en la necesidad de dar el pase al siguiente ciclo sin examen previo”. “Fue la época –dice Manuel Gómez Morín– en que los salones servían de caballeriza; en que se disparaba sobre retratos de ilustres matronas y la disputa por la posesión de un piano quedaba resuelta con partirlo a hachazos entre los disputantes, lo más equitativamente posible”. Aun los que andaban metidos en la bola, como Lázaro Cárdenas, recordarían después con estremecimientos de desaprobación lo que pasaba en 1914 y 1915 […]; alegrías altamente alcohólicas, juergas prostibularias, aprehensiones injustas, plagios, fusilamientos y robos al por mayor. En el mismísimo carro del general Villa, del ilustre jefe de la División del Norte, la oficialidad se repartía los anillos, relojes y carteras de los fusilados la noche anterior. Para los futuros mandamases de México, aquello fue una dura y larga pesadilla.
La valentía indeclinable de Clementina se puso a prueba en ese periodo de violencia, del cual salió avante. Además de los Sabios, a quienes profesó respeto y hasta admiración, fue cercana a asociaciones y grupos estudiantiles que pretendían impulsar la educación entre las personas de escasos recursos, creyendo que solo así sería posible contrarrestar la desintegración social provocada por la lucha armada. La agrupación más importante que suscribió ese propósito fue el Congreso Local Estudiantil. Desde esa tribuna, Clementina apoyó a Carranza y conoció de un primer proyecto hacia la autonomía de la Universidad.
Como nuevos actores en el escenario político, los jóvenes emprendieron campañas de alfabetización en las que Clementina participó con ahínco. Concurrió también a los eventos organizados por la Sociedad de Conferencias y Conciertos, brazo cultural del Consejo Estudiantil que los Siete Sabios crearon en septiembre de 1916. Sin embargo, su vida laboral y su intención de profundizar en la filosofía la alejaron gradualmente de las actividades extramuros. La carga de trabajo repercutió en su desempeño escolar en 1917, ciclo en el que solicitó evaluaciones especiales para conservar su beca.
El 11 de marzo de 1918, El Pueblo publicó una relación de los alumnos que habían concluido satisfactoriamente el Curso General de Ciencias Filosóficas. Ahí figuró su nombre junto a los de Luz Vera, Lucía Pérez, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Alfonso Caso .
Su fama en la Escuela fue en ascenso, por lo que fue víctima de algunos chascarrillos que eran habituales en las revistas estudiantiles publicadas entonces: “La cultísima literata doña Clementina Batalla de Mayora reunirá hoy a las 7 p.m. a un escogido grupo de intelectuales. Castro Leal hará un poco de recitado selecto” .
Concluyó la carrera a finales de 1919 y solicitó la aplicación de examen profesional en enero del año siguiente. Sus sinodales fueron algunos de los abogados más famosos de la época: Alejandro Quijano, Fernando Lizardi, Genaro Fernández Mac Gregor y Ezequiel A. Chávez. También estuvo presente su amigo y entonces secretario de la Escuela, Gómez Morin. En una primera etapa, Clementina leyó su resolución sobre un caso práctico que le fue asignado por la dirección, después respondió a las preguntas que el sínodo le planteo sobre su tesis: El trabajo de la mujer en México. Fue aprobada por unanimidad.
Su ensayo constituye uno de los primeros documentos escritos en México sobre el papel de la mujer en una sociedad preeminentemente patriarcal. En las primeras páginas, Clementina lleva a cabo una valoración crítica de los derechos que la mujer ha conquistado en las civilizaciones occidentales a lo largo de la historia. Poco después, centra su estudio en el medio mexicano tanto en su vertiente prehispánica como en la criolla. Desde su punto de vista, fue en el umbral del siglo XX en el que “las nuevas ideas, la difusión del socialismo con la independencia de la clase obrera, hizo patente también la emancipación femenina. Se comprendió la importancia de la aceptación de la mujer para muchos trabajos”. En el resto del documento, discute las diferentes posibilidades que la sociedad mexicana ofrece a la mujer para ejercer una profesión y declara su admiración por las normalistas: “Cuando he pensado en una mujer modelo le he visto o madre cariñosa o maestra buena. La maestra sí sacrifica su vida en bien de muchos: ella en cada enseñanza va dejando una gota de su sangre […], obra en la perfecta solución del bienestar común: en la […] acción social”.
Quizá su faceta más crítica la expone en la descripción que hace del carácter y la vocación de sus compañeras: “En mis años de estudios, he visto ingresar a todas las escuelas profesionales a multitud de muchachas: algunas iban con verdadero entusiasmo a estudiar; muchas, lo confieso por mis observaciones, no sabían ni a lo que iban. Y la prueba de mi verdad está en el número de profesionistas que han salido de nuestras escuelas. […] Muchas he conocido inteligentes y vivas que no leían un libro, que nunca aprendían una clase y que muy raramente asistían a las aulas”.
Ofrece también un ejemplo de las dificultades que debieron enfrentar las primeras abogadas del país: “Vienen a Leyes, estudian con ciertos sacrificios y piensan que ya pueden todo, se les dice: tú no serás nunca apoderada, porque una mujer no puede serlo, búscate un amigo, que bien puede ser un infeliz que medianamente sepa firmar, éste si podrá ser apoderado, mandatario, etc. Tú no, tú no puedes nada”. Concluye que la aceptación del trabajo femenino dependerá de una profunda concientización social sobre la importancia moral, más que económica, de la igualdad de derechos y obligaciones.
El logro de Clementina fue muy importante, pues del copioso grupo de señoritas que entró con ella a la preparatoria fue la primera en recibirse. Su prometedor futuro jurídico quedó en suspenso cuando decidió casarse. El 10 de septiembre de 1920 unió su vida a la de uno de sus más brillantes compañeros de Jurisprudencia, Narciso Bassols. El anuncio de su boda apareció en los periódicos, en los que se referían a los novios como personas muy apreciadas en “los círculos intelectuales” .
Desde entonces, comenzó para Clementina una segunda existencia dedicada al hogar: “Yo me hice ama de casa, lustré mi amor, lo acondicioné para nuestra vida futura, cociné, cosí, trabajé todo el día, dando con ello cabal apoyo a mi esposo” . La maternidad llegó poco después y, casi sin notarlo, su nombre desapareció de la escena pública mientras el de Bassols crecía en notoriedad.
A pesar del ímpetu incondicional con que se entregó a su familia, Clementina estuvo atenta a un ensayo que Gómez Morin publicó el 14 de febrero de 1925 en La Antorcha, a través del cual sintetizó las esperanzas de su propia generación.
En el texto, Gómez Morin pedía a sus excompañeros atender “la protesta del oprimido y el lamento del pobre”. Planteó también que la Revolución provocó una distancia casi insalvable entre la sociedad y los intelectuales, y que a ellos les correspondía acortar esa brecha: “En aquellos días de angustia —por la persona, por la familia, por la escuela, por la ciudad, por el partido, por la República, por el mundo— en aquellos inolvidables días de angustia nació para México una nueva época cultural”.
Ante el atisbo de un futuro incierto los invita a diferenciarse de sus predecesores y a comprometerse en la conformación de una nueva realidad nacional:

A esta nueva generación que tiene tanto que decir y tanto que hacer le falta un estilo, le falta una bandera. Alguien tendrá pronto el acierto de encontrar el estilo, de alzar la bandera y toda la generación entenderá. Entonces será un momento, entre tanto esperamos trabajando. El fracaso repetido —¿quién ignora la enseñanza que recibimos de Vasconcelos?— no es sino un renovado acicate para la acción.

En 1926, Gómez Morin retomó su opinión con nuevos bríos después de haber agitado las conciencias de sus contemporáneos, y escribió un nuevo ensayo que tituló 1915. En este segundo trabajo insistió en que la única forma de valorar la acción es contrastándola con el beneficio que produce en la realidad social de la que se forma parte:

Podría decirse ‘generación de 1927 o de 1930’, como se dice ‘generación de 1915’. Hasta sería más exacto para algunos. Pero 1930 podrá ser el tiempo de la mayor edad o simplemente un año cualquiera de esfuerzos y vicisitudes, mientras que 1915 fue el año de la iniciación. Muchas cosas han cambiado desde entonces en nosotros y fuera de nosotros, mas el cambio operado en ese año ha hecho posibles los cambios posteriores.

La frase que resume el proyecto plasmado en 1915 es: “Rigor en la técnica y bondad en la vida. Ése es el nuevo programa”. El principio al que se orienta su propuesta es el de realización. Advirtiendo que se han preparado para ello, les pide que tomen dominio del presente, pues están listos, por fin para transformar a México en un país democrático.
Este discurso sacudió la conciencia de Clementina, sin embargo, ella había suscrito el marxismo y sólo concebía la transformación social a través de la desalienación del proletariado, idea que compartía con Bassols, quien llevaba años distanciado de Gómez Morin.
La década de los treinta fue de intensa actividad política para los Bassols Batalla. Narciso fue Secretario de Educación y ocupó cargos de importancia en Hacienda y Gobernación. Entre 1935 y 1937 se integró a diferentes cuerpos diplomáticos y realizó constantes viajes por Europa, en algunos de los cuales lo acompañó Clementina. El acontecimiento que los marcó en ese periodo fue el estallido de la Guerra Civil Española, misma que motivó a Narciso a renunciar a su trabajo y a ofrecer su apoyo al gobierno republicano. Tras unos meses de intensa promoción a favor de la República, regresó temporalmente a México y fundó la Editorial Revolucionaria, en la que Clementina fungió como gerente de finanzas y como escritora: “El prólogo que redacta para el libro La conspiración nazi en España muestra su madurez intelectual, pues lejos de ser únicamente la compañera de don Narciso, participó en numerosas acciones para incentivar el trabajo de la propia editorial” . Fue en ese breve texto que externó su sentir sobre los conflictos en la península:

El ideal que se había entronizado en el pueblo español cristalizó en el programa de sus conductores: sacudir los yugos de tantos años librándose del militarismo, de la clerecía y de la aristocracia. Acabar con los obstáculos para la completa independencia; obtener escuelas sin prejuicios, con libertad de cátedra; amplio voto para todos, mujeres y hombres, en el campo y en ciudad; el trabajo reglamentado bajo leyes más humanas, más justas, y en espera de la eclosión que algún día cambiará los destinos del mundo, España pedía humildemente lo que otros pueblos han adquirido ya.
Pero contra esta justicia, contra esta verdad, se impuso el militarismo: contra la ley que nos hace iguales, se ligó al militarismo la aristocracia y contra los preceptos que iluminan la conciencia se unió el militar al eclesiástico. Reunidos empezaron a luchar contra el pueblo .

Bassols volvió a Europa en 1938 como representante en Francia, donde realizó las gestiones necesarias para dar acogida a miles de refugiados políticos españoles que viajaron hacia México. Cumplida esa misión, regresó a la capital y fundó la Liga de Acción Política, que entre enero y agosto de 1941 editó el semanario Combate. Clementina también participó de esta empresa con entusiasmo .
La carrea diplomática de Bassols se reanudó en 1944 cuando se le nombró embajador en la URSS. Clementina pudo alcanzarlo hasta que concluyó la Segunda Guerra y vivió en la capital soviética casi por un año, tiempo que empleó para la difusión de lo mexicano y en el que hizo amistad con personajes como la revolucionaria y feminista Alexandra Kollontai y el cineasta Serguéi Eisenstein .
El matrimonio retornó a territorio nacional en 1947. Desde entonces, Clementina reflexionó sobre las implicaciones de la Guerra Fría y organizó campañas informativas sobre el peligro del armamento nuclear. También dictó conferencias comparativas sobre los derechos de la mujer soviética y la mexicana.
Fue hasta la muerte de Bassols, ocurrida el 24 de julio de 1959, que buscó dedicarse de lleno a la difusión de sus ideas sobre la mujer y la paz, con el objetivo de “ofertar mi esfuerzo de buena voluntad en pro de la mujer mexicana”. Entonces inició una fructífera carrera como conferencista, participó en la fundación del Comité Mexicano de Auspicio al Primer Congreso Latinoamericano de Mujeres, donde colaboró con Amalia Solórzano de Cárdenas y Eulalia Guzmán, entre otras. Desde entonces viajó por distintos países difundiendo su opinión sobre el feminismo y su experiencia ambivalente como abogada y esposa. Su labor alcanzó tal reconocimiento que, en 1964, fue electa presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas.
En 1967 fue condecorada con la medalla de Lenin por su colaboración al proyecto de Amistad entre los pueblos. Compartió el reconocimiento con Lázaro Cárdenas, y David Alfaro Siqueiros .
Muchos años después reconocería, en una carta que escribió para Rosario Castellanos, que si bien fue feliz en el seno de su familia, siempre sitió curiosidad por lo que pudo ser como mujer independiente: “preferí la vida de abnegación que usted critica con justicia. Me casé enamorada con un muchacho que me quería desde hacía tiempo, contra la voluntad de mis familiares que creían en mi porvenir”.

En marzo de 1981, en una de sus últimas intervenciones, pronunció un discurso en el marco del Día Internacional de la Mujer, en el que invitó a la ciudadanía a refrendar su compromiso para construir un mundo igualitario:

Renovemos nuestros votos, acumulemos sentimientos, seamos cada día más optimistas. Trabajar, luchar, hacernos más fuertes, más dueñas de nosotras mismas; abarquemos todos los campos científicos y técnicos, políticos, artísticos, literarios, y con el esfuerzo que hagamos obtendremos la realización de todas las bellas esperanzas que en el porvenir de la mujer pusieron aquellas que fueron consideradas ilusas, equivocadas, peligrosas, y además execradas. De este modo, estaremos cumpliendo con el compromiso contraído con nuestras hermanas mayores.

Falleció el 8 de noviembre de 1987 en Guadalajara, después de haber experimentado con éxito dos facetas del universo femenino que, a su parecer, no fueron del todo antagónicas.