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Circo, maroma y circo

Por Alejandra Eme Vázquez:

No hay jaulas afuera de la carpa. El impacto se disipa un poco al entrar el lobby que es una preciosidad: colores vivos, grandes globos colgando, un ambiente que irremediablemente llena de emoción porque no hay de otra, porque el aire le ha hecho un sitio momentáneo a esa caravana que aunque ya no sea como antes, ni cumpla las mismas funciones que en sus inicios, de cualquier modo sigue tomando por sorpresa a las ciudades para proponerles magia. Hay algo de irreal en ese espacio que parece tener una lógica distinta de tiempo y de verdad, y aunque todos los espectáculos prometen que ningún espectador saldrá de ellos siendo el mismo, en éste se comprometen los sentidos de un modo único.

Mientras empieza la función, intento recordar cuándo fue la última vez que fui al circo. Quizá sea aquél tan pequeñito pero encantador que vi en El Salvador, con artistas cubanos que bailaban a la menor provocación y llevaban perritos amaestrados simpatiquísimos; pero también hubo una época, más hacia la primera década de mi vida, en que no me perdí las galas de los Vázquez, los Atayde y del chino de Pekín. Eso sí, siempre he asociado al circo con la fascinación pavorosa de ver gente arriesgando la vida como si tan tranquila, y la reviví intacta –pese a los más de veinte años que había dejado de sentirla— justo cuando dieron la tercera llamada.

Pero qué grande es el talento circense. Cada número podría analizarse milimétricamente en su técnica y ejecución, pero lo espectacular nos atrapa con tanta fuerza y los estímulos son tantos, que apenas logramos reaccionar cuando parece que alguien está a punto de caer o cuando la adrenalina sube al máximo por la causa que sea. Yo tuve las manos dispuestas al aplauso casi toda la función, postura que sólo se interrumpía para llevarlas cerca de los ojos cuando no quería ver pero sí quería, cuando contenía la respiración y luego el aplauso. Ahí es cuando se entiende a la perfección aquello de que el artista vive del aplauso, cuando hay este raro sentimiento de que desde las butacas estamos haciendo posible que ocurra el prodigio sobre el escenario, esa pista que se convierte en tantas cosas, que pone a prueba todo lo que sabemos de espacios y de tiempos.

Lo más sorprendente fue que nadie tomaba fotos. Yo misma veía cosas maravillosas que me parecían dignas de enmarcarse: las sombras de los artistas del aire en las paredes de la carpa, los malabares, la chica que se cambiaba vestuarios espectaculares con una rapidez que ya quisiéramos, las acrobacias, los cuadros preciosos que lograba cada número… Pero gastar tiempo en sacar el teléfono y buscar el ángulo, ni pensarlo. El espectáculo te atrapa de tal forma, que parece que de tus ojos atentos depende que todo salga bien. Y cuando me di cuenta de eso, volteé a mi alrededor y noté que todos estábamos en las mismas; incluso en el segundo acto, los niños que habían comprado juguetes luminosos durante el intermedio dejaron de usarlos porque los distraían. Punto para el circo, uno de tantos otros.

La conmoción natural es ver esta primera etapa de circo sin animales. Se siente demasiado la ausencia y se ve que es un tema delicado cuando al final del espectáculo hacen alusión a ello y todos los artistas pierden un poquito de festividad. Los números debieron de modificarse para equilibrar lo que todos sabemos que hace falta y si bien el talento humano es absolutamente entrañable, se percibe la nostalgia de lo que alguna vez fue. Independientemente del debate sobre la pertinencia o no de la ley ya aplicada en el Distrito Federal, una vez dentro del espectáculo se entiende que el circo es ante todo comunidad, familia, legado que se hace perdurar y que no queremos que termine. El circo es una ventana a toda fantasía de infancia y no importa cuánto tiempo después lo visitemos, va a destapar de nuevo una sensibilidad que nos hace falta. Su encanto es palpable y aunque hay muchos espectáculos hermosos en nuestro día a día, creo que las carpas y la pista nos dan algo que no podemos absorber de ningún otro lugar.

Justamente por el sentimiento de comunidad y de cercanía tangibles, que sí lo distingue de otros espectáculos, es que se siente el impulso irresistible por apoyar al circo. Apoyarlo como ahora, escribiendo textos que funjan como expresión personal de la maravilla pero también como recomendación convencida, yendo cada vez que se pueda, haciendo que los niños tengan la oportunidad de vivir esa experiencia que está diseñada para encantar, más todo lo que se nos ocurra. Y no sólo por mera tradición, sino porque es un hecho que una vez que han dado la tercera llamada y la magia despliega su mecanismo de un número tras otro en sucesión perfecta, de las posibilidades de la imaginación y del cuerpo, es un hecho que el circo nos tendrá. Porque esa magia únicamente puede desplegarse si hay espectadores que la atestigüen; por eso es que el circo es entrañablemente nuestro. Y ahora que sufrió una pérdida tan sensible nos necesita más que nunca: no lo dejemos solo.

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