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Cien

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cada vez que realizamos un movimiento, debemos tener en cuenta la respuesta de nuestro oponente, nuestra respuesta a su respuesta y así sucesivamente. Una táctica es el motor de una serie de reacciones en cadena, una secuencia de movimientos forzosa que arrastra a los jugadores a un viaje emocionante. Uno analiza las posiciones tan a fondo como puede, calcula decenas de variables. Un solo desliz y estamos fuera de combate.

Garry Kasparov, Cómo la vida imita al ajedrez

Todo se pausa cada vez que aparece una disyuntiva. Se duda, que es decir: se congela el tiempo en un plano que puede permanecer mucho más allá de lo que marquen los relojes. La metáfora más simple, y por ello hermosa, es que en ese filo de antes de tomar una decisión lo que hacemos es tomar simultáneamente las perillas de las puertas que conducen a cada alternativa, hasta que la suma de esos puntos se reduce a uno y avanzamos hacia las consecuencias de la elección hecha porque hemos aprendido que en este plano de la realidad no se pueden tomar dos o más decisiones simultáneamente, que decidir es renunciar y que nunca, NUNCA, vamos a poder saber qué habría pasado si hubiéramos dicho sí en vez de no, o si hubiéramos dado aquel abrazo, o si hubiéramos apostado al tres negro, o si hubiéramos llamado al taxi la primera vez que lo pensamos. Porque el hubiera no existe, el hubiera no existe, el hubiera no existe. ¿O sí?

En La vida que se va, Vicente Leñero hace que una mujer, Norma, encuentre la manera de abrir todas las puertas para seguir todos los caminos y por lo tanto, vivir todas las posibilidades. El quiebre sucede cuando debe decidir si irse a Guanajuato con su tía o quedarse en la capital con su papá y entonces se encuentra con la “ramificación del abanico de las decisiones”, como lo nombra el célebre ajedrecista Garry Kasparov, quien viene mucho a cuento porque no sólo el personaje de Norma es una genia del ajedrez, sino que gran parte de la novela de Leñero está sustentada en llevar a la acción las posibilidades calculadas de esta disciplina y probar cómo sería que (imitando al jugador que hace suceder en su estrategia mental las decenas de variables y sus consecuencias) todos esos “¿y si…?” se llevaran de veras a la realidad. Todos. Simultáneamente. Entonces Norma se va y no a Guanajuato, se casa con Lucio y con Luciano y con Daniel y con Antonio, tiene y no una hija, su padre se suicida y lo asesinan y muere de viejo, y cada ramificación lleva a una nueva que se afirma cada vez en todas sus alternativas, dejando bien abierta cada puerta de lo que puede pasar, porque pasa.

*

No se puede ser ajedrecista, ni estratega en general, ni ser humano en general, si no se ejerce el derecho a la fantasía. Cada “¿y si…?” debe suceder de alguna forma para que de verdad tengamos la ilusión de que estamos resolviendo algo, entonces la manera de preservar lo lineal y al mismo tiempo disparar la posibilidad de un modo plausible es imaginar todo lo que podría suceder. Imaginar que existe ese universo donde pediste chilaquiles en lugar de ensalada

donde elegiste quedarte en vez de irte

donde decidiste perdonar

donde no escuchaste por equivocación lo que dijeron de ti

donde no enviaste ese correo

donde enviaste ese correo pero omitiste ese párrafo

donde enviaste ese correo pero tu destinatario lo vio una semana después

donde no terminaste de escribir tu columna a la 1:49 sino más temprano

o más tarde

o no terminaste,

y lo que sigue es preguntarse si existe cierta linealidad irreversible en la que convergen de alguna manera los puntos sin falta, como en la idea de destino, si hay elementos irrelevantes que no alteran de ninguna manera las posibilidades o si en cada cruce de circunstancias realmente estalla un universo distinto en el que además se provocan nuevos cruces y así hasta el estallido infinito.

*

Esta columna está de fiesta porque es mi entrega número 100 en Juristas UNAM. Ya que ha habido tres ocasiones en las que no he publicado texto por razones de índole diversa, este magno acontecimiento debió haber ocurrido el último lunes de julio y entonces no estaba leyendo yo a Vicente Leñero, así que hubiera escrito esto, ¿esto?, bajo un filtro completamente distinto. Y si juego a desenredar los nudos como quien repasa una partida de ajedrez ya concluida, qué tal si aquella tarde de 2014 en que recibí La Llamada para invitarme a escribir semanalmente en este blog le hubiera hecho caso al grito interno de NO VAS A PODER y de ahí el salto a no descubrir, al menos no de esta justa manera, que tenía que escribir sobre futbol y sobre Vanessa y sobre Ayotzinapa y sobre los faquires del metro y sobre mi miopía y sobre libros y sobre Alicia y sobre Kubrick y sobre Teatro Eutheria y sobre cada uno de los cien asuntos que he elegido nombrar en las más de cien mil palabras puestas conscientemente, ésas y no otras, en este espacio durante poco más de dos años, con todas las implicaciones vitales que eso ha conllevado. Que no han sido pocas, y que no puedo sino celebrar y agradecer con mucha alegría.

*

Cuando niña, tenía estos libros infantiles de Elige tu propia aventura, en los que te enfrentabas a disyuntivas que cambiaban el rumbo de la historia y una vez que llegabas a un final, volvías al inicio para elegir distinto. En La vida que se va, Leñero parece dotar a Norma, su protagonista, del don de vivir todas las vidas posibles; pero el propio método vuelve irremediable que se abra la puerta de pensar que cada vez que dijo una palabra pudo haber dicho otra, u otra, y que hay tomas de decisiones que ya no se quiebran porque a fin de cuentas, la historia debe continuar. Porque hasta en los universos paralelos debe haber alguno en el que no existan los universos paralelos. Porque el hubiera sí existe (la prueba es que lo necesitamos incluso para negarlo) y quizá su función es casi religiosa al recordarnos que somos al mismo tiempo ejecución y potencia, y que nuestra forma de trascendencia más cercana quizá no sea quedarnos resonando en lo que hicimos sino en todo lo que pudimos haber hecho, en esa fisura que se abre ahí en la predecisión, justo cuando Todo se pausa cada vez que aparece una disyuntiva.

Feedback

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  • Marco

    Pues felicidades a usted, al columnero que ya juntó (cada vez más buenas) y hasta poquitas a mí, que ya tengo otra novela para conseguir.

    • Alejandra Eme Vázquez

      ¡Muchas gracias, Marco! Yo celebro también tus comentarios.

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