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Ciclo nuevo, ¿escuela nueva?

Por: Alejandra Eme Vázquez

Esta columna ha aparecido justamente el día en que comienza el ciclo escolar 2014-2015 en las escuelas de educación básica del país. Independientemente de la relación que guardemos con ello, el asunto no nos es ajeno: las ciudades cambian de cara cuando sus niños y adolescentes vuelven a las aulas, y en lo más recóndito de nuestra adultez conservamos los recuerdos de cuando éramos nosotros los que forrábamos montones de cuadernos y nos preguntábamos qué nos depararía ese espacio de experimentación tan peculiar que llamamos “escuela”.

Cada vez que inicio un ciclo escolar (soy profesora de Español en educación básica), siento la necesidad de contar a mis alumnos que antes no había escuela, que antes no existía la noción de infancia con todos los atributos que ahora le damos y que todavía hoy, mucha gente no tiene acceso a este sistema educativo que para nosotros es tan común y tan lleno de clichés. Varios de ellos ostentan el discurso machacado de la repulsión a la escuela y resulta comprensible, porque es verdad que levantar un mecanismo que intente formar criterios en individuos, guiados por otros individuos con sus propios criterios, deja tantos espacios para el error que a veces parece una empresa destinada al fracaso.

Las teorías educativas son tan diversas que hacen un mundo y suelen aterrizarse en combinaciones a la Frankenstein: ésa es la verdad. Entre cómo fueron educadas generaciones anteriores, la influencia de la familia, el entusiasmo o la falta de él, los prejuicios sobre la docencia y las circunstancias en el aula, cada escuela y cada profesor construye un modo de “educar” que ejecuta en prácticas personales y que se verá modificado también por los propios alumnos; no creo que haya una parte del mundo en la que no suceda esto. Porque la educación formal es un tema del que nadie escapa, pero sobre todo es una realidad en la que todo influye y por eso es que ninguno de nosotros queda excluido de ella.

No hay sociedad que no dé protagonismo al oficio docente, pero a veces se olvida que un profesor en solitario no es la educación personificada. Más allá de todos los elementos que pone en juego la escuela, los verdaderos protagonistas de la educación son los alumnos por una razón muy sencilla: son ellos el único elemento nuevo en un mecanismo viejo. Para la historia, la sociedad, los padres, los profesores y las instituciones todo podrá ser “como siempre”, pero para un alumno cada experiencia es nueva y personal. Por lo tanto, lo que de ahí resulte no es totalmente previsible ni generalizable: lo mismo puede ser el horror, el éxito o la mediocridad (aparentes o reales); y tan sólo en un mismo salón de clases, ante los mismos estímulos, puede haber simultáneamente alguien que no entiende de qué se está hablando y alguien aprendiendo algo que le cambiará la vida.

También hay que decir, ahora que todo se mide en estadísticas y rankings, que en el aula suceden cosas que muchas veces no tienen resultados inmediatos; es lo que algunos teóricos llaman “aprendizaje invisible” y resulta imposible de medir con pruebas estandarizadas. Nadie sabe con exactitud qué aprendió hasta que algo sucede o se provoca, y tampoco se puede juzgar a nadie a partir de los números alcanzados en cuantificaciones, por mucho que éstas hayan sido asignadas con los criterios más objetivos posibles. Claro que hay que criticar que en México no podamos todavía con la famosa (y muy bonita) prueba PISA, pero pensemos también que quizá transmitir prejuicios de generación en generación está formando alumnos que se sienten derrotados de inicio. No puedo imaginar, o recordar, cómo es ser un estudiante de educación básica en un entorno que te dice que pasar mucho tiempo en la escuela es casi sinónimo de progreso, pero al mismo tiempo te recuerda por todas partes que estás en un país mediocre que no sabe leer.

Tampoco hay manera de que la educación formal se libre de entregar resultados y certificar: tal es su sello, con sus pros y contras. Y ya sea que el futuro nos depare una desaparición total de las aulas o que la humanidad se extinga llevándose consigo a sus profesores, lo cierto es que en términos de educación, cada quien elige cuándo ser optimista y cuándo dejarse llevar por el pesimismo. Es muy probable que estas posturas se den alternada o hasta simultáneamente en el mismo individuo, y no me excluyo: también yo me quejo del sistema (lo he hecho ya en este mismo espacio), así como ahora comparto mis reflexiones a punto de comenzar un nuevo ciclo tras haber asumido, por lo pronto, la responsabilidad que tengo en su funcionamiento con mis acciones directas.

Mi deseo personal sería recibir alumnos que no estén predispuestos contra la escuela desde su entorno más cercano, pues se vuelven ciegos a las maravillas que ellos mismos logran en el aula y eso sí es lamentable. Así de acostumbrados estamos a darle preponderancia a lo negativo. No está nada mal ser críticos, pero eso incluye considerar que el verdadero poder de la educación formal está en lo que sucede en el aula, no en sus resultados ni en su imagen. La educación escolarizada es un organismo vivo en el que todos somos equipo aunque no queramos, porque funciona como un laboratorio en el que se manifiestan aspectos del entorno que de otro modo no se verían tan claramente.

Y si como dice Miguel Ángel Santos Guerra, especialista chileno en educación: “hace falta un pueblo entero para educar a un niño”, valdría la pena tomar este inicio de ciclo escolar como una oportunidad para aportar, cada quien desde su trinchera. Si así lo hiciéramos, que la calidad educativa nos lo premie; si no, nos vemos a la salida.

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