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Charcos de sangre

Por Nerea Barón:

Ese señor que tú ves a la distancia alguna vez fue un niño. Sé que lo sabes pero también sé lo fácil que es olvidarlo. Ese señor tenía un hoyuelo en la mejilla derecha. Todavía lo tiene si corres con la suerte de hacerlo sonreír.

Ese señor era un niño intrépido: amontonaba objetos para hacer rampas y luego saltarlas con la bici. Se descalabró tres veces y ninguna lloró. En los charcos de sangre que dejaba en el pavimento crecía una hierba fina; su hermana pequeña no se cansaba de asombrarse y de visitar esos lugares como se visitan los cementerios o los hospitales cuando acaba de nacer un bebé.

Cuentan sus padres que en alguna ocasión tuvo un moretón durante seis meses en la cara, mismo que pasó por todas las tonalidades del arcoíris. Apenas iba en el violeta y él ya miraba a la ventana, anhelante de nuevas aventuras. Al niño le gustaba hacer aviones de papel —aerodinámicos, ligeros, los mejores de la clase—, perfeccionaba laberintos complejísimos e iba a clase de Taekwondo.

Luego pasó algo. La vida quizá. El maestro de matemáticas demasiado severo, las peleas de sus padres, las burlas de sus compañeros que no supo sortear con gracia, la soledad en un mundo de adultos preocupados por hacer dinero y guardar las formas. La vida, siempre inevitable, se impuso como una pesadilla a la que no se le podía llamar así, lo que la hacía más pesadillesca todavía, porque tenía que llamarla aprendizaje, amor, felicidad, palabras que censuraban su tristeza, su miedo y su conflicto hasta que ya no supo distinguir entre cielos y pantanos.

Ese niño tenía una hermana que lo amaba con todo su corazón. Nada la hubiera hecho más feliz que hacerlo feliz: le hacía tarjetitas para que estudiara y lo defendía con ingenuidad de niña de los niños que lo molestaban, incapaz de comprender que eso sólo empeoraba la situación. Era una niña que le gustaba cantar en la calle, hacer perfumes con flores, pasteles de barro y aprender al dedillo las tablas de multiplicar y las capitales de la República.

Ese señor que tú ves ahí, reclamándole al mesero su tardanza, alguna vez fue niño. Y la mujer de al lado, a la que le entorna los ojos, impaciente, es su hermanita que aprendió a llamarle amor a la impotencia de no poder cambiar el mundo para que respiraran los hoyuelos de los suyos. Coincidentemente es también quien escribe estas palabras esta mañana de agosto, anhelando que los niños descalabrados nunca olviden su poder de hacer nacer hierbas finísimas en donde hoy dejan un charco de sangre.

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