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Cereales e higos

Por Deniss Villalobos:

Let me live, love and say it well in good sentences.
Sylvia Plath

Una de las primeras cosas que me viene a la cabeza al pensar en el desayuno es una canción de Regina Spektor:

Hey remember that time when I would only read Shakespeare,
hey remember that other time when I would only read the backs of cereal boxes.

Me gusta porque mi idea de desayuno es servirme un plato enorme de cereal con mucha leche y observar cómo éste se va esponjando mientras la leche se pinta de algún color extraño. Leer cajas de cereal es una actividad normal para los fanáticos de un desayuno poco saludable pero fácil, delicioso y rápido. Si Goodreads permitiera reseñar cereales, yo tendría cien sobre Cap’n Crunch.

Otra cosa que recuerdo cuando pienso en el primer alimento del día es una historia de Gogol. Desde que la leí temo encontrar una nariz en mi pan, o peor aún: que mi nariz termine en el desayuno de alguien más y luego sea perseguida por toda la ciudad.

Pero estas cosas, al tratar de cajas de cereal y narices que aparecen en el pan por la mañana, tienen relación directa al desayuno, así que no es muy raro que vengan a mi cabeza cuando pienso en ese momento. Pero, por otro lado, hay un nombre menos obvio que viene a mi mente cuando pienso en las mañanas y mi plato de cereal: Sylvia Plath.

Descubrí a Plath hace relativamente poco porque, aunque hace tiempo leí The Bell Jar y su nombre aparecía frecuentemente en las cosas que leía, no se me había ocurrido buscar algo más de ella. En ese entonces yo prefería a los antihéroes enojados que se revelaban contra el mundo con furia, mientras que Sylvia lo hacía horneando tartas.

Así que fue hasta el año pasado, cuando encontré en internet un dibujo, que su nombre volvió a llamar mi atención. No lo guardé y no era la gran cosa, pero en él aparecía una muchacha que de espaldas contemplaba un árbol de higos, una imagen simple y encantadora que me animó a buscar algo de la autora que lo había inspirado.

Sé que en estos días la figura de Plath es muy cliché, hipster, esnob y lo que quieran, pero detrás de toda esa basura que la rodea, en el fondo de esos tatuajes de I am I am I am y las mismas cuatro líneas de un puñado de sus poemas en tumblr, después de solo hablar de su suicidio y compartir fotos que ni siquiera son de ella, hay un universo que vale la pena conocer. Sylvia Plath no fue solo una chica triste, como a mí me llegó a parecer en algún momento y como le parece a muchos. Hay en su obra planetas, estrellas y agujeros negros que bien merecen ser observados desde algún telescopio-libro.

En sus diarios, editados bajo el título The Unabridged Journals of Sylvia Plath, habla de infinidad de cosas: poesía, sus lecturas, chicos, ropa, las personas que le caen mal, cómo se ve su pelo, lo que comió ese día y sus deseos de desaparecer. Hablar sobre perder la cabeza y querer recuperarla. Sylvia toca todos los temas que pasan por la mente de cualquier mujer de clase media de entre 18 y 30 años, y claro que habla, también, del desayuno.

Recuerdo haber subrayado cada párrafo en el que aparecía la palabra breakfast o cualquier cosa relacionada, simplemente porque es mi momento favorito del día y también parecía entusiasmar a Sylvia. Pasé varios meses leyendo los libros de Sylvia solo a la hora del desayuno, antes de salir a la escuela, y todas las noches pensaba que al otro día tendría unos chocokrispis o quaker squares esperando en la mesa junto con un día o un poema de aquella chica rubia. Es por eso que su nombre siempre aparecerá, entre una canción y un cuento ruso, cuando coma mi cereal cada mañana.

Tal vez aquel árbol lleno de higos del que habla Sylvia en The Bell Jar, en el que cada fruto representa una de las vidas que podríamos tener, es para mí un pasillo de cereales. Cuando estoy ahí tardo varios minutos en elegir una caja, justo como he tardado toda la adolescencia y parte de mi juventud en decidir qué hacer con mi vida. Y los cereales, como los higos, tienen fecha de caducidad.

Volver a encontrarme con Sylvia es de lo mejor que me ha pasado en los últimos años, porque descubrí en ella una clase de rebeldía que no quiere patear botes, asesinar viejitas o irse a vivir a las montañas, sino una que elige cuándo dejar de hornear y despedirse del mundo con un par de vasos de leche y algunas cartas. Sylvia dejó también una parte de sí que nunca se perderá, fragmentos tristes y bellos de su alma en forma de palabras que están ahí para acompañarnos en el desayuno, porque en un plato de cereal siempre caben algunos higos y un par de poemas.

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