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Verde y humilde

Cabañuelas 2017

Por Alejandra Eme Vázquez:

Al despertar el primero de enero de aquel lejanísimo 2012, tuve una ocurrencia que disfracé de revelación: ya que sentía que había aprendido muchísimo en esa vuelta de calendario, replicaría aquella idea preciosa, llena de tradición y sabiduría, de que el clima de los primeros doce días del nuevo año corresponde a cómo se comportará cada mes, respectivamente. Así que en un arranque inclasificable, ese año electoral comenzó para mí con la invención de un género: la cabañuela escrita, que a diferencia de la agrícola va en retrospectiva y se trata de recuperar doce (una por mes vivido) afirmaciones, dudas o aprendizajes que haya dejado el ciclo que se nos fue.

Durante unos pocos años repetí este ritual, hasta que tuve un espacio (éste) en el que podía ir dando cuenta semanalmente de los intereses, aprendizajes y productos que consideraba urgentes de poner en la discusión. Entonces las cabañuelas escritas dejaron de ser una necesidad personal, hasta ahora. En este casi final de 2017 y en el umbral de un nuevo año electoral, comparto aquí mi ritual de las cabañuelas apalabradas para ponerlo a disposición de quien quiera tomarlo, porque si crearnos rituales propios para cerrar círculos es también una forma de libertad y ética, colectivizarlos puede ser una herramienta realmente poderosa. Seguir leyendo

10 autoras para pensar lo doméstico (segunda parte)

Por Alejandra Eme Vázquez:

¿Son los asuntos domésticos asuntos “menores”? ¿Son los trabajos de cuidados “verdaderos” trabajos? A partir de la manera en que cada uno de nosotros se aproxime al planteamiento de estas preguntas e intente elaborar una respuesta, podría trazarse un trayecto en el que se viera claramente cómo a lo largo de la historia humana, la relación con los así llamados hogares y las actividades que se asumen ligadas a ellos han ido marginándose del debate público como producto de políticas y discursos que pueden contextualizarse, incluso datarse.

No es novedad decir que desde la escritura teórica y literaria se han configurado y reforzado arquetipos, muchas veces muy nocivos, pero también se han combatido y desmontado. De esto no ha escapado lo referente a las “tareas del hogar”, a los “instintos de cuidado” y en general, a lo que se supone que debe ser en estos ámbitos que generalmente se asocian con “lo femenino”. Por eso es que me pareció necesario enlistar a 10 escritoras que ayudan a pensar en lo doméstico y los cuidados de formas diversas, agudas, iluminadoras e importantes. Seguir leyendo

10 autoras para pensar lo doméstico (primera parte)

Por Alejandra Eme Vázquez:

El espacio doméstico y los trabajos de cuidados que ahí se realizan han sido confinados al ámbito de lo privado y fuera de él, no se habla mucho del asunto. Nos complace ver un plato de comida bien servido, una casa reluciente o un bebé fresquísimo y feliz, pero el enorme trabajo físico y emocional que está detrás de esos resultados se barre de inmediato debajo de la alfombra, donde las visitas no lo vean, porque todo tiene que lucir perfecto pero fácil, inmaculado pero natural. Y justamente estos mecanismos, estructuras y procesos que han sido invisibilizados en la esfera de lo público son los que deben recibir la mayor atención no sólo para poder entender lo humano de manera distinta, sino para crear puentes entre los que somos a puerta cerrada y los que somos hacia afuera, en lo individual y lo colectivo.

Afortunadamente, muchas autoras brillantes ya han dedicado buena parte de su obra a darnos líneas de identificación, discusión y pensamiento desde esta perspectiva. Aquí reunimos a 10 de ellas, en dos entregas, con la intención de que la discusión se nutra, se amplíe y se vigorice para llevarnos a otras formas de estar en el mundo. Seguir leyendo

Manual de/construcción

Por Alejandra Eme Vázquez:

La primera regla del club de la deconstrucción es que nadie habla del club de la deconstrucción. ¿No les llegó el memo? Primero, el término deconstrucción y sus derivados podrían ser la mayor trampa de nuestro tiempo si les asignamos el poder para cambiarlo todo nada más con pronunciarlos. Y no sólo eso sino pronunciarlos a cada rato, con toda la seguridad del mundo, como si haber encontrado un mecanismo en el que se puede desarmar una idea o una conducta nos confiriera una certificación universal para legitimar y ser legitimados bajo el amparo de repetir, una y otra vez: estoy trabajando en ello, ya me di cuenta, soy una persona nueva, vi la luz. No hay trampa más grande que comprarse el letrero de: “Cuidado, persona en deconstrucción” y quedarse a vivir ahí.

Porque por mucho que seamos capaces de encontrar reversos y apropiaciones a modo, podemos partir de aceptar que deconstruirse y estacionarse no pueden coexistir como parte del mismo proceso. Decir una vez una idea tajante sí es un descubrimiento capaz de parar el mundo, nuestro mundo; sin embargo, cuando se repite ad nauseam no estamos haciendo algo distinto a lo que se supone que estamos evitando. Debajo de cada idea tajante existe un mundo pantanoso en el que cada eureka es puesto en duda casi de inmediato, en el que nada puede endurecerse al punto de la ideología autoconclusiva. Es cierto que podemos decidir no entrarle a ese terreno vulnerable, pero tendríamos por lo menos que cuestionarnos las razones que alguien puede tener para hacer como que dice verdades absolutas y al mismo tiempo hacer como que es una voz autorizada en deconstrucción. Seguir leyendo

Grítelo a la nube

Por Alejandra Eme Vázquez:

Pasa en el episodio 13, en español titulado “El viejo y el amar”, de la temporada 13 de Los Simpson. El abuelo Abe Simpson se enamora de Rosanelda, una recién llegada al asilo, y para conquistarla decide pedir prestado el auto de su hijo y renovar su licencia de conducir. Cuando está en la oficina de Tránsito con la tía Selma, el abuelo pregunta si es posible usar en su licencia una foto que él trae consigo; ella acepta y él saca un recorte de periódico en el que aparece con una expresión de furia y el puño levantado hacia una pequeña nube, con el titular “Old man yells at cloud”, es decir, “Viejo le grita a una nube”.

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Qué monstruos son

Por Alejandra Eme Vázquez:

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“Vamos a ver películas de terror”, decimos, y eso significa que vamos a mirar una pantalla durante hora y media para acceder a una historia en la que algo monstruoso vulnera lo bueno, lo “normal”. Una familia que se muda a un apacible pueblito donde resulta que todos hacen rituales satánicos. Un niñito que compra un muñeco que, oh, sorpresa, está poseído por el diablo y quiere acabar con quien se le ponga enfrente. Un asesino serial que acuchilla adolescentes calenturientos. Un payaso extraterrestre que se alimenta de almas débiles. Una maldad que siempre existe y que siempre está detentada por locos, traumados, deformes, raros.

Entonces parece que la lógica es que entre más nos espante, más estamos dentro de la ley de la bondad.

Y gritamos para hacer saber al mundo que nos escandaliza esa ruptura del orden.

Y nos abrazamos para que el contacto con el otro nos confirme nuestra normalidad.

Y hasta soñamos pesadillas que contamos, perturbados, para que se note que no somos parte de nada que pueda provocar miedo.

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Tenemos que hablar de Lucia

Por Alejandra Eme Vázquez:

Hay autoras que cruzan el pantano y no sólo se manchan, sino que te atrapan, te llevan consigo para mancharte también y se vuelven ellas mismas un pantano, uno del que se sale hecho un desastre pero un desastre eufórico, porque aunque los lectores no sabemos a ciencia cierta para qué entramos cada vez a las anchas olas de la literatura, siempre se agradece (como en todo) cuando nos dan una buena revolcada.

El plumaje de Lucia Berlin es de ésos.

Berlin nació y murió bajo el signo de Sor Juana. Vivió exactamente 68 años, del 12 de noviembre de 1936 al 12 de noviembre de 2004, toda una Escorpio hasta para abandonar el mundo. Escribió, según se sabe, menos de una centena de cuentos que fueron publicados porque hubo quien le rogó que lo hiciera y no porque ella tuviera muchos afanes de ser leída, al menos en lo anecdótico. Porque, como siempre, la aproximación biográfica no alcanza a hacer honor a textos que se instalan en la médula sin concesiones de ninguna clase, como si estuviera también escrito que debíamos leerlos para no olvidarlos jamás, por más esfuerzos que hagamos. Seguir leyendo

Danzón dedicado

Por Alejandra Eme Vázquez:

Empiezan despreocupados, indiferentes, como si estuvieran esperando el autobús o haciendo fila en una ventanilla. Si no fuera por la perfecta sincronía desde los primeros pasos, parecería que ni siquiera se conocen. De pronto una vuelta y el juego empieza: van de un lado al otro en tres, dos, uno, siempre con un hilo invisible que parece atar sus pies por gusto y por voluntad. Se miran y sonríen. Sus pies completan el ritmo que la música de orquesta no alcanza siquiera a imaginar, recordatorio de que son ellos dos los únicos dueños de esa pista que por dos minutos con cincuenta y dos segundos es el universo entero, uno que funciona siempre así de chispeante, de fácil, de perfecto. Los instrumentos callan y ellos siguen haciendo armonías imposibles con sus cuerpos hasta que explotan en piruetas y paseos por el escenario enfilándose al gran final. Y qué final.

Eleanor Powell y Fred Astaire ensayaron tres semanas para conseguir ser sombra uno del otro en la famosa secuencia de tap “Begin Beguine” de The Broadway Melody (1940), de la que Frank Sinatra aseveró: “Siempre se puede esperar algo más, pero nunca volveremos a ver nada semejante”. Era, según confesó Powell durante el homenaje a Astaire en 1981, trabajar muy duro para hacerlo parecer muy fácil, y por más que maravillaran a todos sus espectadores durante la filmación, siempre querían probar a hacerlo una vez más. El baile de por sí es adictivo, ni cómo imaginar el nivel de compromiso de estos monstruos de la pista que debieron ver el mundo totalmente distinto a partir de su inteligencia corporal. Lo cierto es que mirarlos hacer lo suyo es siempre una provocación, una que nos obliga a movernos, a seguir la música con los pies, imitar los pasos en región cuatro y sonreír, sobre todo sonreír. Seguir leyendo

Que yo te ayudaré

Por Alejandra Eme Vázquez:

Haz el bien sin mirar a quién, repiten y repetimos como un mantra, casi orden, en el que depositamos esperanza de cambio y de sentido; la posibilidad de necesitarnos y apoyarnos desinteresadamente los unos a los otros parece ser una de esas características que verifican eso que llamamos “humanidad” y en ella depositamos una fe a toda prueba.

Lo que no se nos dice muy a menudo es que cuando brindamos nuestra ayuda a otros, ante un momento de desgracia o una situación límite que les arrebata la posibilidad de hacerse cargo de sí mismos, en realidad estamos encargándonos de tareas correspondientes a una estructura que debería garantizar la satisfacción de las necesidades más básicas (casa-comida-sustento) pero que está llena de grietas, fallas y desviaciones. Por eso es que cualquier esfuerzo individual es siempre insuficiente y nuestro granito de arena se escurre sin remedio entre los dedos del universo, porque de entrada no nos alcanzan los medios ni las fuerzas para resolver problemas ajenos, si a veces los propios resultan ya inabarcables.

Porque debería haber algo o alguien que tuviera bajo control las condiciones mínimas de bienestar para cada habitante de este mundo y repartiera con justicia los recursos, pero no es así. Seguir leyendo

(No) (se) (olvida)

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

Nací un viernes de 1980, en el hospital “Darío Fernández” de Barranca del Muerto. Una vez que al fin vi la luz del mundo y lloré, como lloramos todos porque desde ese momento cualquier tiempo pasado ya es mejor, el médico le dijo a mi mamá con dicharachero acento norteño: “¡Es una vieja, y por poquito le sale revoltosa!”. Se refería a que por cincuenta minutos, “me salvé” de nacer en 2 de octubre. Por poquito me toca que algún humorista negro me preguntara a cada vuelta al sol que si el “no se olvida” era por mi cumpleaños y por poquito adorno mi pastel con los versos de Vallejo: yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave.

Como sea, crecí celebrando el día después, en el aniversario de barrer los cuerpos y encabezar los periódicos con un “aquí no ha pasado nada”. Supongo que también crecí, como muchos de mi generación nacidos otros días y otros meses, sabiendo que era necesario pasar la estafeta de esa memoria heredada a los más jóvenes y quizá por ello, mientras di clases de español en secundaria no había manera de que octubre no comenzara con la lectura de Rosario Castellanos, de Juan Villoro, de Elena Poniatowska, porque sólo tenemos acceso a la experiencia ajena y con eso nos tenemos que construir conciencia. “Para no estar condenados a repetirlo”, dicen, y de pronto nuestra frágil y engañosa memoria adquiere una responsabilidad que la rebasa: ¿cómo se transmite un recuerdo que es más bien un vacío, una mutilación? Seguir leyendo

Efemérides

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