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Verde y humilde

Epicentros

Por Alejandra Eme Vázquez:

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La emergencia es un estado, leo. Un estado con ríos, cordilleras y sitios turísticos, con capital y ayuntamientos, supongo. Estar en emergencia es saber que pasa algo que mayormente no ves, intentar armar en la cabeza y hasta en un croquis los pedazos de vida dislocada que nos ofrece la inmediatez. A veces la emergencia también es caminar por la calle y que nada parezca fuera de lo normal, pero recordar que es sólo una ilusión, que a pocos kilómetros hay una familia que lo ha perdido todo y que más allá están rescatando a alguien con vida de lo que antes era un condominio. Y hay momentos también en los que una ya está muy relajada, haciendo planes e inventarios, cuando llega Emergencia a tocarte el hombro: tú la traes.

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Tembló. El mismo puto año de hace cien putos años, Kevin dixit, tembló. Ahí vamos contándonos las historias de cómo cada quien ha vivido estos días caóticos en los que la noción de tiempo es surreal y también vamos encontrando cómo restituir nuestro sitio en la tierra, que nos fue arrancado y que encontramos por allá tirado, a veces roto, a veces intacto, pero frágil. Tembló y vimos bandadas de pájaros cruzar el cielo imposiblemente azul, y supimos que justo en ese momento algo estaba derrumbándose, y nos sentimos culpables por desear que no fuera nada querido. Tembló y no pudimos comunicarnos, en la era de la sobrecomunicación. Tembló y todos fuimos niños de cinco años, otra vez, como aquel jueves. Seguir leyendo

En la boca de la tormenta había un payaso

Por Alejandra Eme Vázquez:

Se llama coulrofobia y al parecer existe desde que el mundo (occidental) es mundo. Me gustaría darles más detalles técnicos sobre el padecimiento, pero la investigación me resulta infructuosa cuando cada artículo en línea al respecto es ilustrado con imágenes, precisamente, de payasos horribles que no quiero ni imaginar. Lo que sí puedo es dar testimonio de mi propia coulrofobia, que data de mi más tierna infancia: en mi segunda fiesta de cumpleaños de la vida, mis papás contrataron a dos payasos amigos suyos para entretener a los asistentes y me tomaron tres fotos con ellos en las que salgo aterrada aunque a nadie parezca importarle. Ésta es la que me parece más perturbadora: Seguir leyendo

Demos al mundo un pan

Por Alejandra Eme Vázquez:

No había forma de no quedarse viendo la reproducción continuada del caos en la pantalla. Nos hacíamos de un espacio para colarnos entre la pequeña multitud congregada en la biblioteca y volvíamos a ver la danza del humo, a imaginar el ruido, a hacer el intento por dar crédito ante lo que más bien parecía una superproducción cinematográfica. Aunque no alcanzábamos a verlo entonces, estábamos viviendo un día-parteaguas y había algo en el ambiente que así lo indicaba. Para empezar, todos los profesores habían suspendido sus clases y a falta de la conectividad de ahora, corrimos a la biblioteca donde habían improvisado un centro informativo con una televisión que proyectaba aquellas imágenes una y otra vez en los noticiarios: el momento del impacto, la gente lanzándose de los últimos pisos, la destrucción de un símbolo y de una era.

Nadie sabe lo que tiene hasta que se le derrumba a plena vista.

La mañana del 11 de septiembre de 2001 yo iba en el camión que me llevaría a la Universidad Autónoma de Aguascalientes, donde estudiaba la licenciatura, cuando se subieron Selene y Sebeli, dos hermanas que iban en el mismo salón que yo, recién estrenadito el primer semestre de Letras Hispánicas. Como tomaba el camión al inicio de la ruta, había alcanzado asiento e iba sentada; ellas subieron más adelante, casi llegando a la universidad, y se pararon a la altura de mi asiento. Escuchaban su walkman, compartiendo audífonos. Volteé a verlas para saludarlas: en sus rostros había una mezcla de incredulidad y asombro. Seguir leyendo

No hay lugar como el hogar

Por Alejandra Eme Vázquez:

I. Laseñoradelacasa

Era 2011 y Enrique Peña Nieto figuraba apenas como precandidato del PRI a la presidencia de México, en aquellos días a los que ahora quisiéramos acudir como viajeros del tiempo para advertirnos unas cuantas cosas. En plena precampaña, Salvador Camarena lo entrevistó para el diario El país y le propuso una dinámica aparentemente inocua, como tantas que al final sacaron a relucir el cobre de nuestro ahora presidente: le haría algunas preguntas más afines a los intereses concretos del “público en general”, y la plática devino en una suerte de examen sobre qué tantos referentes cotidianos compartía Peña Nieto con quienes tienen que enfrentarse a diario al ámbito de la así llamada microeconomía.

− Quería preguntarle cuánto cuesta el kilo de tortillas– inquirió Camarena.

− El kilo de tortillas… No soy… No soy la señora de la casa.

Después de eso dijo que debería estar “en siete u ocho pesos”, precio bastante cercano al real de aquel entonces. Ya cuando le preguntaron por el kilo de carne de res, el salario mínimo, los refrescos regulares y el café de Starbucks, el precandidato se admitió derrotado, sea por una respuesta absolutamente incorrecta o por su patente desconocimiento del tema. Como sea, la frase inmortal ya había sido dicha: ese “no soy la señora de la casa” se convirtió en celebridad inmediata y no precisamente por atención positiva. Fue tal el escándalo, que tuvo que salir a explicar que se refería a que él no hacía las compras sino su esposa y que todo su respeto a las mujeres, muy lindo él. Seguir leyendo

Tomar partido

Por Alejandra Eme Vázquez:

Los duendecillos malévolos que traducen títulos de películas al español le pusieron Réquiem por un imperio, pero su título original es Taking sides y es una película del cineasta húngaro István Szabó, estrenada en 2001, adaptada de la obra de teatro del mismo título escrita en 1995 por Ronald Harwood y basada en el caso real del director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler (Stellan Skarsgård), quien al término de la Segunda Guerra Mundial fue objeto de una investigación por su posible afiliación al partido nazi y de cuya persecución se encarga el mayor Steve Arnold (Harvey Keitel), quien está decidido a mostrar su culpabilidad.

Como su título (el original, no el de los duendecillos malvados) lo indica, esta película descansa en la premisa de que estamos acostumbrados a tomar partido, y más cuando algún hecho está suscrito a un acontecimiento histórico que parece dar un juicio determinante de quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque parece que hay circunstancias en que la bondad y la maldad son cosas definitivas, ¿cierto?

Los libros de superación personal y el discurso moralino en general pervierten los derechos básicos de la calidad humana al hacer creer que la población terrícola, en su totalidad, aspira a alcanzar el grado máximo de “buena gente” todo el tiempo, en todo lugar, a todas luces. Pero no es así. Y no porque seamos todos villanos ni porque validemos la mala leche, sino porque aceptar estos discursos significa aceptar una estructura vertical en la que unos tienen derecho a juzgar si los otros son correctos o no desde una superioridad sistémica que les permite evitarse el chocante trámite de la introspección. ¿Para qué querría reconocerse alguien que tiene el sistema a su favor? Seguir leyendo

Adiós, vocación

Por Alejandra Eme Vázquez:

Para mis ex alumnas y ex alumnos

He contado muchas veces la historia, en público y en privado. Mi mamá es normalista de los mejores tiempos de la Nacional de Maestros y desde que nací me encontré en mi casa un ambiente propicio para que mi juego favorito fuera la escuelita. Cuando estaba en la secundaria, allá en Aguascalientes, un día llegaron a promocionar la oportunidad de ser profesor rural en el CONAFE y yo me enamoré tanto de la propuesta, que al terminar la preparatoria estuve dos años yendo a los sitios más recónditos de aquel estado para dar clases de primaria y hacer proyectos comunitarios. Pronto orienté mi vida profesional a las aulas y desde 2005 a la fecha no he parado de hacer lo que yo creo que vine a hacer a este mundo cruel: dar clases de español en secundaria y pasármela diciendo que a mí me fascina hacerlo, que no es lo más horrible del mundo, que los jóvenes están infravalorados y demás razones que tendrían que ser innecesarias pero, desafortunadamente, no lo son.

Con la docencia se aprende a atestiguar el aprendizaje ajeno y eso cimbra todo el mundo, lo cambia, lo florece. Durante doce años he escrito una historia como convencidísima profesora de secundaria que me ha forjado el carácter, la visión y la manera de pensar. Cuando aparecieron las redes sociales, por ejemplo, yo ya era “miss” y como tal las asumí, a menudo inconscientemente; de pronto me daba cuenta de que había temas sobre los que ni consideraba publicar y que mi código de conducta se ajustaba a un ojo que yo identificaba con el de un alumno o alumna que me mirara sin reclamar incoherencia o indignidad. Y no me pesaba. La gran prestación de estar ante un grupo de jóvenes ávidos de experiencias, ocurrentes y críticos es la oportunidad de pensar y hacer distinto, varias veces, sin parar. Bien usadas, no hay mejor laboratorio de vida que las aulas. Seguir leyendo

Cómo comportarse en el microbús (fragmento)

Por Alejandra Eme Vázquez:

Para Manuel Carreño y Joaquim Maria Machado de Assís.

Gracias por tanto.

ARTÍCULO 1: DEL CORRECTO ABORDAJE

Hacerse cargo de sí es la mejor carta de presentación en esa pequeña y efímera sociedad que se forma entre el así llamado “pasaje” de un microbús. No es necesario, ni siquiera deseable, dar los buenos días / buenas tardes / buenas noches explícitamente porque la mejor forma de hacerlo es considerar que cada persona es un universo y prestar atención al entorno que tal conjunto cósmico genera, mientras se intentan sobrellevar las propias tribulaciones y preservar la identidad individual dentro de ese mar de rostros fascinantes, nuestra dosis diaria del constructo al que nombramos sociedad. En la práctica, esto significa que un pasajero de microbús tiene la responsabilidad de pagar lo más eficaz y amablemente posible, encontrar su lugar, entender la dinámica específica de esa ruta irrepetible y tener en cuenta que como en todo trabajo en equipo, sus posibilidades individuales se verán reducidas temporalmente, pero que ser parte de un colectivo y salir bien librado es ya suficiente hazaña en este mundo aciago. Seguir leyendo

Burrón y cuenta nueva.

Por Alejandra Eme Vázquez:

Todos tenemos códigos personales, y qué maravilla. Nuestro mundo individual de referentes comienza a alimentarse desde antes de tener conciencia, y por eso a veces podemos sorprendernos a nosotros mismos recordando algo que ni sabíamos que sabíamos, o reaccionando inesperadamente ante estímulos casuales o inducidos cuyo poder puede a veces llevarnos a sitios específicos de nuestra historia con todo y los sentimientos “originales”, que suelen conservarse intactos.

Pero una cosa son los recuerdos que parecen agazaparse para salir al paso en cualquier momento y otra distinta son los referentes que no dejan nunca de estar presentes, hagamos lo que hagamos. Cosas de las que sabemos tanto sin esfuerzos, que cuesta trabajo darnos cuenta de que no todo mundo las conoce igual: tan naturales nos son. Así me pasa, como a muchos mexicanos, con la Familia Burrón, referente obligadísimo para explorar una parte de mí, de nosotres. Seguir leyendo

De conocer el tiempo

Por Alejandra Eme Vázquez:

Time will say nothing but I told you so.

W. H. Auden

Todo es culpa de los adverbios. Si en vez de “ya es agosto”, “casi estamos en octubre” o “todavía no es diciembre” nos limitáramos a decir la fecha, el día de la semana o nada, qué fácil sería. Pero no nos conformamos con las puras acciones, a fuerza necesitamos describirlas y así tomamos distancia, en zoom acercar o zoom alejar, de ese reloj que puede ser acelerado o suspendido por la sola palabra. O eso creemos. Cómo nos gusta hacernos la vida difícil: si no hubiera tiempo que se precipitara o se alargase, nuestro paso por la vida sería infinitamente más terso… e infinitamente más aburrido. Seguir leyendo

Contra la cultura (en) general

Por Alejandra Eme Vázquez:

Es una escena que probablemente muchos de nosotros hemos protagonizado. En una plática, clase o cualquier otra circunstancia en que se necesita nuestro pensamiento articulado, alguien suelta un comentario del que una no tiene la menor idea y se nota tanto, que el interfecto hace un gesto de asombro y se detiene a confirmar: ¿en serio una no ha oído hablar de (inserte aquí el angustioso objeto de ignorancia)? No, no he oído hablar nunca de (…), responde una, con un poquito de coraje y otro poquito de vergüenza. Y entonces viene el corolario que el mundo de los humillados esperaba con ansias: «¡Pero Alejandra, si eso es cultura general!». Se cierra el telón. Seguir leyendo

Efemérides

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