Looking for Something?
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Un jardín propio

Costa Rica

Por Deniss Villalobos:

el mar,
todo verde

Eunice Odio

No es que haya estado en la India por un año o algo así, pero luego de casi diez días en Costa Rica es raro intentar escribir algo. Tal vez en nuestros tiempos despegarte de una computadora por más de una semana equivalga a vivir en una cueva por seis meses; te pierdes de tanta información (no tengo ni idea de qué ha pasado últimamente con el mundo) que ahora con los ojos frente a mi iPad no sé muy bien qué app debería checar primero o cómo regresar a la rutina de tuits, estados de facebook, noticias y videos para ponerme al corriente.

Me encuentro en el aeropuerto Juan Santamaría viendo a personas que, como yo, disfrutaron de este país verde y en la maleta, además de ropa sucia y llaveritos, seguro llevan recuerdos felices. Pero hay cosas a las que no podemos tomarle una foto o video, momentos que vivimos medio dormidos, mundos que solo existen bajo el agua, partes de ciudades que no quieres olvidar pero viste tan rápido, quizá solo desde la ventana de un auto cuando te movías de un punto a otro, que no puedes capturar de ninguna manera. Quiero recordar un poco de esas cosas, aunque solo sea una fracción.

Por ejemplo la mañana de un sábado en un departamento de Escazú, cuando compartí cama con mi abuelita —quién sabe si por última vez en un viaje juntas—, y cuando abrí los ojos estaba ella sonriendo y me acarició la cabeza como cuando tenía cinco años y me dejaban quedarme a dormir con ella. Seguir leyendo

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Por Deniss Villalobos:

As for me, I am tormented with an everlasting itch for things remote.
Herman Melville, Moby-Dick

 

Cuando terminé la secundaria, aunque no sé exactamente cuándo y dónde escuché por primera vez sobre esa escuela, me obsesioné con la idea de entrar a una preparatoria en la que, en lugar de estudiar matemáticas y química por horas, los alumnos bailaban, pintaban, hacían música y actuaban. Recuerdo la emoción que sentí al ir a formarme por una ficha para el examen de admisión, los nervios durante el examen médico y lo mucho que me esforcé para aprobar el examen de conocimientos generales y la semana de prueba a la que teníamos que asistir. Después de pasar por un proceso en el que fuimos quedando cada vez menos aspirantes, por fin formaba parte de los seleccionados. Y, aunque al principio pensé que había cumplido uno de mis más grandes sueños, casi de inmediato sentí —no por primera vez pero sí con mucha más intensidad—algo que experimentaría constantemente en el futuro: decepción.

James Joyce retrató ese sentimiento de forma maravillosa en Araby, una de las historias que forman parte de Dubliners. En ella, un chico se enamora de una chica, o eso cree, y después de mover cielo, mar y tierra para conseguir el regalo perfecto, se da cuenta de que en realidad ni la chica, ni el lugar al que fue a buscar algo para ella, y probablemente nada en la vida son tan buenos como parecen en nuestra imaginación. Seguir leyendo

La criatura que habitamos

Por Deniss Villalobos:

En Japón se creía que los terremotos eran causados por un pez gato gigante llamado Namazu que vive en el centro de la Tierra; el pez movía tanto la cola que eso causaba movimientos demasiado intensos para los hombres, así que la tarea de mantener a Namazu quieto fue asignada a Kashima, un semidiós que con ayuda de una roca sagrada y su fuerza se encarga de evitar que el pez cause destrucción, aunque de vez en cuando Kashima necesita descansar y es entonces cuando Namazu comienza a moverse.

En el Noroeste del Pacífico, en los Estados Unidos, los nativos americanos contaban una historia diferente: mientras una ballena privaba al pueblo Quileute de comida y aceite, un ser sobrenatural benévolo, el ave del trueno, se lanzó al mar para detener al monstruo. Durante las peleas un gran número de olas y movimientos se generaron, causando la muerte de muchas personas, hasta que finalmente el ave ganó y logró sacar a la ballena del mar arrastrándola hasta la orilla. Seguir leyendo

Un gran abrazo

Por Deniss Villalobos:

Mi mamá me ha contado muchas veces esa historia y confieso que a veces la encontraba emocionante, como si fuera un cuento y no una historia real. Me gustaba imaginar a mi mamá, cuando aún no era mi mamá sino una muchacha de quince años camino a la escuela, sobreviviendo en la Ciudad de México durante el terremoto del 85. Sé cuánta gente murió, he visto imágenes espeluznantes, y aun así me costaba mucho trabajo pensar en aquel día como algo que pasó realmente; en mi mente era la película sobre el fin del mundo que alguien me contó porque sucedió antes de que yo existiera.

Hoy escribo esto con el corazón apachurrado y un nudo en la garganta, después de pasar horas entre llanto, sollozos, ansiedad y terror. Hace dos días estaba sentada en la sala de mi casa junto a mi mamá, treinta y dos años después del día en que pudo haber muerto, cuando todo empezó a sacudirse. Salimos corriendo, yo sin zapatos, ella en pijama porque era su día de descanso, para ver cómo nuestra casa se movía de un lado a otro sin entender lo que pasaba. Todos los vecinos observábamos con terror nuestras casas esperando que cayeran.

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Miedo

Por Deniss Villalobos:

“Un hombre que huye de lo que teme a menudo comprueba
que sólo ha tomado un atajo para ir a su encuentro.”
J.R.R. Tolkien, Los hijos de Húrin

Recuerdo la primera vez que vi It, la adaptación de la novela de Stephen King que se hizo para televisión en los noventa. Creo que tenía ocho o nueve años, no estoy muy segura, pero estaba con mi hermana jugando en el cuarto de mis padres y, después de construir una “tienda de acampar” —juntábamos las sillas del comedor y les echábamos encima una cobija—, prendimos la televisión para ver algo. Supongo que era un fin de semana porque no había caricaturas en el canal cinco, sino más bien una película sobre un grupo de niños y un payaso. Era raro que nos quedáramos solas un fin de semana, porque mi papá no trabajaba esos días, pero quizá ese día había ido a algún lado… el caso es que vimos esa película. Y desde entonces no pude olvidarme de ella.

Le tengo miedo, como Raymond Carver, a muchas cosas. Miedo a las abejas, miedo a que la gente que amo se muera, miedo a ir al baño sola cuando las luces están apagadas, miedo a no crear nada valioso antes de morirme, miedo a morirme, miedo a las serpientes, miedo a los ataques de ansiedad, miedo a llorar frente a personas que puedan verme, miedo a la gente, miedo a las salas vacías de cine durante una película de miedo, miedo a las sombras que a veces veo de reojo, miedo a que un perro me muerda, miedo a que dejen de quererme, miedo a olvidar detalles que me hicieron sonreír, miedo a quedarme sola, miedo a asfixiarme mientras como palomitas y que no haya nadie cerca para ayudarme. Seguir leyendo

Lo que crece

Por Deniss Villalobos:

Florecerán los besos
sobre las almohadas.

Miguel Hernández

I

Cuando era niña pensaba que mi abuela era bruja. Primero porque Roald Dahl me dijo que debía sospechar de todas las mujeres a mi alrededor; hasta la dulce maestra Lupita, que me ayudaba a hacer bolitas de papel en el kinder, podía ser una. Y qué miedo aunque también qué emoción porque después, gracias a no sé qué película, me hice una idea menos terrorífica de las brujas: no eran criaturas aterradoras que querían comer niños, sino mujeres viviendo en los bosques, amigas de los animales y que llevaban sombreros adornados de hojas color otoño y moras. Mi abuela era una mezcla de esas dos versiones; la mujer cercana a mí, que parecía una persona normal, pero en realidad se dedicaba a curar y hacer crecer cosas en su cocina. Me quitaba la tos con un té de flores y el dolor en los dientes con la corteza de algún árbol; si me ardía la piel porque había pasado mucho tiempo bajo el sol, mi abuela salía a su jardín, cortaba un pedazo de sábila y santo remedio.

Pero, de entre toda la magia que mi abue sabe hacer, mi favorita de niña era el ver cómo las hojas o tallos que se convertían en plantas. A veces encontraba hojas o ramas que se habían caído de alguna maceta, y yo corría a dárselas a mi abuela para que ella las pusiera en un vaso. Creo que eso era todo lo que hacía, poner una hoja en un vaso con agua. Y todos los días me gustaba ver cómo la raíz iba creciendo y con el paso del tiempo a la hojita le salían más hojitas hasta convertirse en una planta como aquella de la que había caído. Seguir leyendo

Algunas cosas sobre el fuego

Por Deniss Villalobos:

Quiso apagar incendios con el fuego.
José Emilio Pacheco

And then I feel the sun itself
as it blazes over the hills,
like a million flowers on fire
Mary Oliver

En algunos pueblos el fuego debía apagarse cuando un rey agonizaba en su lecho de muerte y, en mi opinión, creo que aunque no seamos parte de la realeza deberíamos apagar al menos una vela cuando perdamos a alguien o algo importante, esperando que al final de nuestra vida también un fuego, del tamaño de una mecha o una estrella, se extinga por nosotros. En Siberia se piensa que el fuego acaba con el mal que cualquier objeto pueda poseer; las cosas arden no para destruirlas sino para liberarlas; al fuego se le habla y se le alimenta. El oro tiene que estar en el corazón de las llamas para ser purificado. El Ave Fénix se consume solo para renacer.

Cuenta una historia que en África un hombre llamado Motu se casó con una mujer de las nubes y así las personas que vivían en la tierra y en el cielo se unieron en paz. En la tierra las personas comían sus alimentos crudos hasta que las personas de las nubes les enseñaron a crear fuego, y así vivieron un tiempo hasta que la esposa de Motu llevó a casa una canasta y le pidió a su marido que nunca la abriera, pero él no aguantó la curiosidad y abrió la caja, que estaba vacía. Las personas de las nubes volvieron al cielo para nunca regresar, pero nos dejaron como regalo el fuego. Seguir leyendo

I smell autumn

Por Deniss Villalobos:

“But when fall comes, kicking summer out on its treacherous ass as it always does one day sometime after the midpoint of September, it stays awhile like an old friend that you have missed. It settles in the way an old friend will settle into your favorite chair and take out his pipe and light it and then fill the afternoon with stories of places he has been and things he has done since last he saw you.”
Stephen King, ‘Salem’s Lot

 

“I smell snow”, decía Lorelai Gilmore cuando la primera nevada del invierno se acercaba a Stars Hollow, el pueblito ficticio de Connecticut en el que se desarrollan la mayor parte de los episodios de Gilmore Girls. Yo no huelo nieve porque vivo en la Ciudad de México, pero a finales de agosto me emociona darme cuenta de que el otoño se acerca. Hace unos días, saliendo del cine, entré a un café para estudiar un rato y leer The Magic Toyshop (libro de Angela Carter en el que justo me encontré una descripción de esos últimos días de agosto y primeros de septiembre que ya se sienten como otoño), y noté que los árboles al otro lado de la calle, que podía ver a través de la ventana desde el sillón en el que estaba sentada, ya estaban perdiendo hojas y tenían ese color deslavado del que los árboles se pintan en mi ciudad, donde no hay octubres naranjas y amarillos pero las hojas parecen ponerse suéteres de colores más opacos. Seguir leyendo

Los aliens también leen

Por Deniss Villalobos:

Una lista para Brenda y Lía

Cuando supe que mi hermana estaba embarazada y le empezó a crecer la panza hacíamos muchas bromas sobre un alien que crecía dentro de ella. Mi mamá y mi abuela se enojaban porque ay, cómo dicen eso del bebé, pero a mi hermana y a mí nos daba mucha risa. Siendo honesta, los lols no eran la única razón por la que yo hacía esos comentarios sino que además se me hacía más fácil imaginar a un ser baboso y de otro planeta que saldría de mi hermanita menor que pensar en el niño regordete de mejillas rosadas que, supongo, la mayor parte de la gente se imagina cuando esperan a un bebé en la familia. Luego supimos que sería niña y la única diferencia fue que al alien le imaginaba un moñito rosa.

La RAE no acepta el anglicismo alien así que no aparece en nuestro diccionario pero su traducción como “ajeno” tiene sentido. Mi sobrina sigue siendo, a veces, un alien. Me parece muy extraña y lejana cuando la veo sentada riéndose mientras ve gatitos que se caen en youtube o cuando canta Let It Go sintiéndose Elsa. A veces todavía no me creo que esa niña tan increíble salió de mi hermana, que lleva mi sangre, y que además de todo se parece muchísimo a mí. Seguir leyendo

Amigos imaginarios

Por Deniss Villalobos:

“What really knocks me out is a book that, when you’re all done reading it, you wish the author that wrote it was a terrific friend of yours and you could call him up on the phone whenever you felt like it. That doesn’t happen much, though.”
J.D. Salinger, The Catcher in the Rye

Bien lo dijo Holden: no pasa muy seguido eso de sentir, al terminar un libro, que ojalá el autor fuera un muy buen amigo tuyo y pudieras llamarlo por teléfono cuando se te pegue la gana. A veces lo pasas muy bien con una novela y quizá piensas que si conocieras al autor te gustaría platicar con él un rato mientras se toman una cerveza, otras veces solo le darías la mano y con otros, aunque el libro no haya estado mal, no sientes que su autor podría ser alguien a quien llamarías para preguntarle adónde van los patos cuando el lago se congela, ni siquiera alguien a quien saludarías si te lo encuentras en la calle.

Y no está mal, claro. Supongo que lo mismo nos pasa con todo el mundo; algunos, muy pocos, se vuelven nuestros amigos cercanos y el resto solo pasa ante nuestros ojos sin causar mayor impresión. La diferencia es que, aunque sientas que un autor podría ser tu mejor amigo, en la mayor parte de los casos esto es imposible. Casi todos los autores que me gustaría llamar por teléfono están muertos y los que están vivos viven lejísimos, no hablan el mismo idioma que yo y, siendo honesta, aunque tuviera sus números telefónicos nunca los llamaría por miedo a hacer el ridículo. Seguir leyendo

Efemérides

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