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Recuperar el mundo

Danza de siembra

Por Nerea Barón:

El maestro nunca sabe de cierto si sus enseñanzas germinarán en el estudiante que, entre bostezos, asiste a sus clases. Puede ser que las olvide –es lo más común– y que ese año de estar hablando como merolico frente a un grupo haya sido infértil. Pero puede ser que no. Puede ser que en el fondo de la conciencia de uno que otro alumno haya quedado algo, algo mínimo, algo ya sin forma y sin autoría pero que en algún momento hará eco y les ayudará a tomar una decisión, a humanizarse, a crecer. El maestro sigue enseñando porque tiene fe de que, germinen o no germinen las semillas del saber, sembrarlas tiene sentido.

Algo similar le ocurre al activista que sale a las calles con carteles de denuncia, al columnista, al psicoanalista y a la madre. Para no desistir deben de creer en su canto y cantar y seguir cantando aunque a veces parezca que cantan para nadie. Los bienes que de su gesto cantor emanan no son suyos y difícilmente podrán constatarlos, mucho menos llevarse crédito. Están al servicio de su fe, de aquello que han suscrito como su misión; el resto le pertenece a la vida. Seguir leyendo

Colisión

Por Nerea Barón:

A Javi

“Si dos personas piensan igual en todo,

puedo asegurar que una de ellas

piensa por las dos.”

Sigmund Freud.

Imagino en cámara lenta el choque entre dos objetos y se me eriza la piel: el efecto de culata que produce el impacto; las esquirlas estallando en todas direcciones, esquirlas de metal, de vidrio o –si los objetos tuvieran ego– de ego herido. Cuando dos objetos chocan ninguno de los dos vuelve a ser el mismo, algo cambia, ocurre un intercambio. La primera ley de la termodinámica, ésa que afirma que cuando dos objetos entran en contacto intercambian energía invariablemente hasta encontrar un equilibrio, no es sino una enunciación más de la tendencia ineludible a la colisión de la materia.

¿Colisión o fusión? Entre uno y otro hay sólo una diferencia de aproximación. ¿Se gana o se pierde en los encuentros? La homeostasis a la que tiende cualquier sistema contiene simultáneamente ambos polos: la resistencia sutil de cada una de las fuerzas y al mismo tiempo la renuncia a sí mismas, la aceptación a formar parte del sistema, a dar de su energía al todo y a ser cada vez menos ellas para así poder ser cada vez más ellas en la totalidad que las abraza. Seguir leyendo

Costos de la identidad

Por Nerea Barón:

De la conciencia del tiempo se desprende la cultura misma. Sea en libros o edificios, mandamos constantemente mensajes, intenciones y promesas del pasado al futuro. Benditos sean nuestros ancestros que no sólo suavizaron su relación con la naturaleza sino que nos dejaron su saber acumulado en forma de manuales, de escuelas, de escalones, de recetas de cocina. Hemos aprendido como especie a perpetuarnos en el tiempo y eso nos engrandece, pero no sin costo: el ejercicio de entretejer el pasado con el futuro deja una rebaba, la así llamada identidad; buscamos permanecer idénticos a nosotros mismos el mayor tiempo posible.

Para el hinduismo ésa es la causa del sufrimiento: mientras la naturaleza está sujeta a continuo cambio, la conciencia tiende a replicarse, guardando registro de aquellas cosas que cree que la reflejan y conservándolas como si se trataran de sí misma. Sin embargo, nosotros mismos somos también naturaleza, nuestro cuerpo envejece y todo lo de nuestro alrededor cambia sin pausa, lo que tiene el efecto incómodo de que, cada tanto, descubrimos que estamos fuera del caso, que todos los atributos que alguna vez nos dieron margen de maniobra para actuar ahora nos estorban, que aquella relación a la que tanto le habíamos atribuido eternidad ya no opera con las mismas reglas que antes ni nos nutre de igual manera y que, en resumen, el espejo que por una metonimia fácil aprendimos a llamar yo, ya no nos refleja realmente. Seguir leyendo

Luciérnaga de conciencia

Por Nerea Barón:

Del poema que depende de la repetición, de la aliteración, de la anáfora, de la concatenación; del día que se repite y se repite hasta recibir un nombre –éste se llama martes y se mira así, se siente así, acércate para que lo compruebes tú mismo–; de los teamos que se repiten año tras año y cuerpo con cuerpo, y nunca son el mismo pero sí –que me perdone mi viejo amor por considerar al nuevo el primero, decía Szymborska, que me perdone la vieja huella por pisarle encima–; de la tendencia irresistible a envejecer, a cortar la fruta por las mañanas, a prender la licuadora, a asomarse al internet, a preocuparse; del chiste local, del apelativo íntimo construido entre risas, del secreto que salta de charla en charla traicionando su carácter de secreto –y qué más da–; del tiempo que pasa y pasa, de la procrastinación, de la distracción ­–atracción por el reverso del mundo–, del cielo despejado y la película a medias se desprende –tal vez– eso que llamamos yo.

Toda constelación es un invento, un mero recurso de la imaginación que tiene a las estrellas sin cuidado. Hoy que amanecí tan piel siento el llamado a ponerme pornográfica, pero bien podría haber amanecido, qué sé yo, siendo sólo un hilillo del ayer, la posesión de un recuerdo, el pánico de Garfio frente al reloj-cocodrilo que persigue y que persigue, la copia viva de la selfie, el cuerpo atrapado en la telaraña del halago, los premios, los dineros, los cuadernos del clóset. Soy el intersticio entre mis propias narrativas y un par de ojos, esos sí, esos siempre, un par de ojos afanados en mirar detrás de sí mismos. Seguir leyendo

La medicina del afuera

Por Nerea Barón:

Recuerdo el placer que sentía a los dieciséis años por meterme de lleno en un libro. Todos los clichés que el fomento a la lectura en su forzado afán ha romantizado me quedaban como anillo al dedo: se me quitaba el hambre, perdía la noción del tiempo y se me podía ver como contorsionista descalza tomando las posiciones más inverosímiles en el sillón para no cansarme. Me recuerdo –y continúan los clichés–, llorando a lágrima viva cuando le rompían el corazón a un personaje, enojándome cada vez que el protagonista dejaba crecer una confusión innecesaria para salvaguardar un secreto, fantaseando con viajes, con cuerpos, con lugares remotos. Seguir leyendo

La casa de cristal en la vida cibernética

Por Nerea Barón:

De mi lectura de La insoportable levedad del ser, hace ya más de una década, se me quedó una pregunta que cada tanto vuelve a mi mente: ¿Qué es vivir en la verdad? Kundera, en su Pequeño diccionario de palabras incomprendidas, contrapone la perspectiva de dos de sus personajes que tienen un amorío destinado al fracaso:

Para Franz, vivir en la verdad significa no mentir, no ocultarse, no mantener nada en secreto y suprimir la barrera entre lo privado y lo público. Le agrada citar la frase de André Bretón acerca de que le gustaría vivir «en una casa de cristal» en la que nada sea secreto y en la que todos puedan verlo. En cambio, para Sabina vivir en la verdad es no mentirse a uno mismo, lo cual sólo es posible cuando se tiene una vida privada. «En cuanto hay alguien que observa nuestra actuación, nos adaptamos, queriendo o sin querer, a los ojos que nos miran y ya nada de lo que hacemos es verdad», dice Kundera. Tener público, pensar en el público, es vivir en la mentira. Seguir leyendo

Instrumento desafinado

Por Nerea Barón:

A menudo pienso en mis emociones como si fuesen un instrumento a afinar. Basta con que una cuerda esté demasiado apretada o demasiado floja para que un chillido incómodo, fuera de registro, rompa con la musicalidad y todo el empeño puesto en sostener la melodía se pierda en el zumbido molesto de la disonancia.

A menudo me gusta imaginarme como una diosa madre de pelo suelto que con guitarra en mano y sonrisa en boca arrulla con su música amor, con su música alegría. Afino mi instrumento pensando siempre en esa imagen. ¿Quién quiere ser para el otro un peso, una estridencia, un entornar de ojos? No se puede ser medicina, ser canto, ser guarida, con las cuerdas rotas y las clavijas tensas. Seguir leyendo

Siembra tu rezo

Por Nerea Barón:

Soy el tejido, soy el tejedor

Soy el sueño y el soñador.

Los sueños habitan en el corazón de todas las cosas corpóreas; sin ellos, toda la materia perdería su densidad y devendría en un polvo de nada. La realidad es una plétora de Deseo que se dobla y se desdobla. Hay quien le llama a eso Vida, a la explosión de voluntad que emana de cada árbol, de cada piedra, de cada animal que respira. Ya lo decía Ende en El espejo en el espejo: las alas pueden estar hechas de plumas, de pequeños huesos y de músculos, pero el taller de su manufactura se encuentra siempre en un sueño. Seguir leyendo

El día que envejecí

Por Nerea Barón:

I.

En aquel sueño —aunque decir sueño es ya una licencia—, yo tenía cincuenta, sesenta años, y desnuda de pie frente al espejo me asomaba a la innegable realidad de que el tiempo había pasado. Tomaba conciencia de los primeros síntomas de vejez y sentía la lenta desvalorización de mi cuerpo, un cuerpo roto como lo había sido siempre, con la salvedad de que esta vez ya no lo amparaba el antifaz del deseo ni aceptaba tan fácilmente artificios deificadores.

Me tardé un rato en soltar la identidad que me daba la juventud, pero ahí me quedé, conteniéndome, acompañándome. Sentía como si todo mi cuerpo se fuera calcificando y con ello se calcificara también el tiempo, la vida. Todo se volvía más óseo, lo que de cierta forma daba una especie de calma. La vida ya no se trataría de todo sino de esto. El mundo ya no se abriría de lomo a lomo, de piel a piel y de sol a sol ante mí, pero a cambio, yo era más yo que nunca, yo era cada viaje, cada beso y cada lágrima de mi historia. Me dolía saberme punto de llegada de mí misma, me dolía y me liberaba. Seguir leyendo

(Des)considérame

Por Nerea Barón:

La consideración es una virtud altamente valorada. Nadie quiere —en principio— tener a un desconsiderado en casa que suba los pies a la mesa, te arrebate la palabra, se lleve tus cosas sin preguntarte y no tome en cuenta tus necesidades o tus peticiones. Si la gente se deja de hablar cuando termina una relación, no es sólo por el dolor que supone sino porque casi siempre, detrás, hubo una desconsideración imperdonable. Querer es considerar, podríamos decir, y aunque a veces es también por amor que desconsideramos, ésa es nuestra falla: dejarse arrastrar por las pasiones al punto de atropellar al otro es una muestra de debilidad de carácter, de que no estuvimos a la altura de nuestro propio amor, aquel que en teoría quería considerar al otro, cuidarlo, procurarle el bien.

Ser considerado requiere atención, sensibilidad, energía y mucha anticipación. ¿Cuándo estamos rebasando los límites del otro? Las más de las veces es difícil saberlo, sobre todo en este país en el que pocos te dicen que no directamente. ¿Pedir un favor es desconsiderar? El mexicano promedio, preocupado por no incomodar, ha de pensárselo siempre dos veces, porque sabe que meterá a un aprieto al otro que, débil de no, tenderá a cumplir su demanda aunque no quiera hacerlo. El otro lo considera y éste lo sabe, así que tiene que considerar también su consideración. Loop infinito. Corte A: Todos avanzan de puntitas, dando vueltas retóricas innecesarias antes de pedir algo, todo con tal de no causar ninguna molestia, no vaya a ser. Seguir leyendo

Efemérides

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