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Recuperar el mundo

Todo lo contrario

Por Nerea Barón:

En otros momentos de la vida he sido partidista. ¿Que si orden o desorden? Desorden, naturalmente. ¿Que si liberales o conservadores? Liberales, si hasta la pregunta ofende. Vamos, he llegado al punto de defender hasta al té sobre el café, a la mañana sobre la noche y a los perros sobre los gatos.

De la profunda convicción de que nuestras elecciones, opiniones y formas de vida son las mejores, se desprende la creencia de que, en el fondo, el mundo sería mejor si todos fueran como nosotros. Afortunadamente la realidad es mucho más autónoma y plural, y por mucho esfuerzo que le pongan los activistas más radicales o los reaccionarios más restrictivos, la diferencia siempre termina por emerger, para descontento de todos. Seguir leyendo

Ser madre

Por Nerea Barón:

Para Angélica

Oh, my Mama

she gave me these feathered breaths

Oh, my Mama

she told me “use your voice,

my little bird”.

Oh, my Mama, Alela Diane

No me pregunten si quiero ser mamá, que es una pregunta complicada. Tal vez incluso es una falsa pregunta: me gusta creer que cuando estás alineado con la vida, la vida se va desdoblando con naturalidad y las grandes decisiones más que decisiones se vuelven meras constataciones, transformaciones justas que nacen sin prisa ni enfado como consecuencia natural de la escucha activa de la vida misma, acomodándose.

Decía Ciorán que los iluminados son aquellos que no quisieron traicionar a la Nada con la Vida, nada ella también pero más jugosa. Pienso en esa cita y pienso invariablemente en la maternidad, la más grande traición a la Nada en nombre de la Vida. Quizá es el paso de los años, pero cada vez me cuesta más confiar en quienes, desde su trinchera ideológica, soberbia, nunca osan traicionar a la Nada y prefieren llenarse de Mente. La verdadera iluminación tiene colores, tormenta, lodo y pies cansados, me parece. Seguir leyendo

Crónica de una herida

Por Nerea Barón:

Ese día se llenó la cocina de sangre. Fue una torpeza mía, no distinguí mi propia mano de mi oficio rebanador y el cuchillo atravesó dos capas de mi piel. Quise culpar a mi torpe impulso nutricio: habría sido más fácil no ceder a mi propia debilidad y sentarme al amanecer a nutrirme de sol, erguida y solemne, como esos monjes budistas que han aprendido a no desear nada.

Enjuagué la sangre de las verduras y me limpié las lágrimas con la manga previamente manchada de aceite. No lloraba tanto por la cortada como por la inevitabilidad de la misma. Alrededor de mí todo estaba troceado: cáscaras pringosas por todos lados, líquidos derramados, pedazos de zanahorias, champiñones, papas; todo lo que hasta hace un momento despertaba mi apetito. Seguir leyendo

Grietas

Por Nerea Barón:

Sé que es una improbabilidad pero el asaltante y Matías se abrazaron aquel día del asalto. Era tarde y a Matías le conmovió mucho que el asaltante necesitara tanto el dinero. De un momento a otro pasó de ser el agredido al compañero, y el agresor, desconcertado, aflojó el cuerpo, bajó las defensas y se dejó envolver por ese gesto de humanidad.

Me gusta pensar que llegó a casa confundido. Me gusta pensar también que la confusión es una forma de esperanza. La confusión, ese punto de desanclaje en el que se interrumpe la secuencia infinita del saber y por un segundo dudas sobre lo que sigue, como el niño al que se le olvida la tabla de multiplicar y ve cómo se abre un vacío frente a él, en medio del salón, y en ese vacío –con suerte– piensa. Seguir leyendo

Ohana significa mafia

Por Nerea Barón:

Para Gio

Si en la adolescencia hubiera podido divorciarme de mis padres, lo habría hecho sin duda alguna. Era algo con lo que fantaseaba frecuentemente: ¿Por qué si los novios cortan, las parejas se divorcian y los amigos se dejan de ver cuando las relaciones ya no son nutritivas, yo no podía hacer lo propio con mi vínculo más tormentoso?

Sobra decir que mi fantasioso divorcio nunca tuvo lugar y con el paso del tiempo, poco a poco, volví a encontrarle la gracia a tener dos padres que me querían, por más irritantes o encimosos que pudieran ser en ocasiones. Recuerdo un día en específico en el que la estaba pasando muy bien en una comida familiar y pensé “qué bueno que no pude divorciarme”. Seguir leyendo

De medicinas y sanación

Por Nerea Barón:

Todavía no son ni las siete de la mañana y puedo garantizar que ya muchas personas se echaron una pastilla a la boca. O dos. Quizá algunas de ellas tienen una infección y les recetaron un antibiótico o simplemente amanecen siempre con gastritis o dolor de cabeza y ya hicieron de la medicina un hábito. Si les preguntas qué es lo que buscan tomándose dichas pastillas, te responderán con cara de obviedad: que su malestar desaparezca.

Sin embargo, si les preguntas sobre el detonante de su enfermedad, la respuesta dejará de ser tan obvia, y si sugieres alguna causa, como puede ser una dieta poco saludable o un patrón de pensamiento destructivo, la resistencia será evidente, entornarán los ojos o, en el mejor de los casos, te darán la razón llenos de remordimiento sin que eso los lleve a cambiar nada realmente. Seguir leyendo

Opinar o no opinar

Por Nerea Barón:

Me basta con saber que la certeza

es un perecedero trasunto de la fe,

me basta con saberlo y con la perentoria

convicción de la duda,

para aspirar a ser retribuido

de tantos deficientes barruntos

de verdades.

No me hace falta más

para creer al menos que no miento.

Caballero Bonald, Prestigio de la duda.

Me aturden las opiniones. Cada vez me siento más distante de las redes sociales porque todos parecen tener una opinión y la necesidad de exponerla, de defenderla, de refutar con ella a las otras opiniones —y escribir columnas como ésta y bloquear a los enemigos y exhibir a los torpes cuya opinión atropella desde un ángulo de la cámara o desde todos, quizá, no lo sabemos.

Me aturden las opiniones porque tienen prisa. Apenas sale una noticia nueva y ya hay que tener una opinión. Y debe de ser además universal (doxa disfrazada de logos) y debemos defenderla por el mayor tiempo posible para garantizar que no nos estamos dejando influenciar, que no somos unos tibios o unos imbéciles. Seguir leyendo

La bendición de los exes

Por Nerea Barón:

Hace unas semanas me encontré con una columna de la querida Valeria Villa (@valevillag) que preguntaba “¿Cuántos exes te habrías podido ahorrar?”. La columna versaba sobre la dificultad de cerrar ciclos y hacía una invitación a ser más selectivos, “porque por intrascendente que sea una relación, aunque se trate de un intercambio estrictamente sexual, todas las experiencias se quedan, de algún modo y en alguna medida, en la mente, en el cuerpo y en el corazón”. Y agregaba: “De pronto el ático o el sótano de sus recuerdos se ve plagado de exes, muchos de los cuales debería haberse ahorrado”.

Pese a que por lo general suelo estar de acuerdo con ella, las implicaciones de esa columna me parecieron difíciles de digerir. No, yo no me pude haber ahorrado ningún ex, y no porque todos fueran grandes partidos, hombres buenos y apuestos en corcel blanco, sino precisamente por lo que ella enuncia como un pero: porque de algún modo y en alguna medida esas experiencias se quedaron en mi mente, en mi cuerpo y en mi corazón. Seguir leyendo

No, no eres depresivo

Por Nerea Barón:

“Caminando, caminando,

vamos caminando hacia el sol.

Caminando, caminando,

vamos caminando hacia la libertad”.

Caminando, Rising Appalachia

Siempre me ha preocupado la psiquiatría. A menudo llegan pacientes a consultorio con depresión o ansiedad; pacientes convencidos de que para estar bien deben de tomar de por vida un medicamento.

Ahora bien, ¿padecen esos males? En muchos casos sí. El problema no necesariamente es el diagnóstico, sino el enfoque. No soy psiquiatra y cuento entre mis amigos al menos a una persona a quien los medicamentos le han salvado la vida –literalmente–, según el cuadro clínico del que se trate, pero conozco a muchos otros para quienes la dependencia a los medicamentos se ha vuelto un síntoma más y, más aún, una resistencia a la cura:

¿Cómo puede dejar de estar deprimida una persona diagnosticada como depresiva; es decir, que considera a la depresión una condición inherente a ella y un rasgo de personalidad? ¿Cómo puede entender la importancia de generar recursos para hacerle frente a sus males cuando está convencida de que carece intrínsecamente de ellos, tanto así que un profesional ya le auguró una vida de dependencia a recursos externos? Seguir leyendo

Mentiras habitables

Por Nerea Barón:

¿Cuándo una mujer se vuelve mujer? ¿Cuándo si no acaricia la cabeza de un niño a la orilla de un río, si no se trenza el pelo, si no espera a su amado en una estación de tren mientras el viento la despeina? Un mujer es una mujer aunque su risa no borbotee, una mujer es una mujer que es como decir que una mujer no es nada. Podemos traer a la imaginación la sangre manchándole los muslos y sus lágrimas que son oxígeno purificando al mundo. Pero aún sin sangre y sin lágrimas hay una mujer, en alguna parte, escapándose de todo lo mujer. No hay forma de nombrarla y sin embargo ahí está, inimaginable, inclementemente mujer.

¿Quién traicionó entonces primero a quién, el mundo o la palabra? ¿De dónde surgió la primera mentira, de una boca titubeante o de una cosa —una flor, quizá— que amaneció un día sin ganas de parecerse a sí misma? Nombrar es mentir, es obviar al tiempo, como quien se guarda en el bolsillo un papel que dice, tal vez, “es de noche” o quizá “descubro que te quiero” y siente que con ello captura la luz de la luna o la redención de aquella mirada aunque al rato, el sol se asome a lo lejos y a él, a ella, no se le encuentre por ninguna parte. Seguir leyendo

Efemérides

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