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De la redacción

Las mejores lecturas de 2016

La dificultad para configurar una lista de los mejores libros publicados en 2016 radica en los criterios que el lector ha de emplear para discernir, ante el influjo de la novedad, qué considera valioso y qué no. Por ende, la pregunta que planteamos a nuestros amigos y colaboradores fue: ¿Cuáles fueron los mejores libros que leíste durante el año?

Ángel Gilberto Adame: Historia mínima del neoliberalismo, de Fernando Escalante Gonzalbo; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y Los idilios salvajes: Ensayos sobre la vida de Octavio Paz 3, de Guillermo Sheridan. Estupendos los tres. Seguir leyendo

Atole con el dedo

Por Ángel Gilberto Adame:

Los días 15 y 16 del mes en curso, el Congreso aprobó el paquete de normas que integran el llamado Sistema Nacional Anticorrupción, corolario a uno de los temas más controversiales de la agenda política de este sexenio. Dentro de este conjunto, la más polémica fue la Ley General de Responsabilidades Administrativas en dos de sus vertientes: quiénes están obligados a presentar la famosa 3 de 3 y cuál debe ser su publicidad. Sobre esto último se ha discutido mucho en los medios de comunicación; sin embargo, creo necesario hacer una breve recapitulación de lo primero:

Artículo 32. Están obligados a presentar, bajo protesta de decir verdad, su declaración de situación de patrimonial y de intereses ante las Secretarías u Órganos internos de control de conformidad con lo previsto en la presente Ley:

a) Los servidores públicos;

b) Cualquier persona física o moral que reciba y ejerza recursos públicos o contrate bajo cualquier modalidad con Entes públicos de la Federación, de las Entidades Federativas y los municipios;

c) Las personas físicas que presten sus servicios o reciban recursos de las personas morales a que se refiere la fracción anterior.

Asimismo, deberán presentar su declaración fiscal anual, en los términos que disponga la legislación de la materia.

Los particulares deberán presentar las declaraciones a que se refiere el primer párrafo de este artículo, ante el órgano interno de control del Ente Público que le haya asignado los recursos o con el que haya contratado. Seguir leyendo

El descubrimiento visual de la música

Por Ángel Gilberto Adame:

Los viajes ilustran, dicen. Para mí son fuente de placer, aventura, descubrimiento y, a veces, de recuerdos buenos y malos.

Hace poco tiempo visité una gran franja del Desierto de Mojave, dentro de la parte que ocupa en los estados de Arizona y Nevada. No es la primera vez que andaba por ahí, pero el hecho de que fuera con la intención primordial de tomar fotografías, me hizo observarlo de manera distinta. Seguir leyendo

Calumnia, que algo quedará

Por Ángel Gilberto Adame:

Convertir la libertad de expresión en un derecho ha sido un proceso gradual y complejo, pues uno de sus componentes inalienables es su voluntad de cuestionar todo dogmatismo, más si hay evidencia de que tiene relación con el poder. Las batallas que se han librado en su defensa han servido de marco a los ejercicios democráticos más relevantes del mundo occidental. Seguir leyendo

Comentario a “Justicia”, novela de Gerardo Laveaga

Analista, abogado y funcionario público mexicano, Gerardo Laveaga ha sabido combinar su desempeño profesional y el ámbito académico con el oficio de escribir.

Además de haber publicado diversos textos jurídicos, incursionó en la novela desde los 24 años con la publicación de Valeria, en 1987. Desde entonces, es constante su producción literaria, incluyendo títulos como: Los hombres que no querían redención (1987), Creced y multiplicaos (1996), El último desfile de septiembre (1994) y El sueño de Inocencio (2008); ésta última quizá su obra más conocida. Seguir leyendo

Los relámpagos de octubre

Por Ángel Gilberto Adame:

Cualquier propuesta que pretendiera darle un carácter científico a la historia se toparía con un muro imposible de expugnar: la realidad mexicana.

Nuestro devenir está plagado de tantas contradicciones, hechos increíbles e inexplicables, imitaciones absurdas, mezquindades y egoísmos, que es materialmente imposible marcar un camino cierto que explique con objetividad por qué somos y estamos así.

El maniqueísmo es la constante que nos identifica; siempre hay dos bandos bien definidos, el de los héroes y el de Seguir leyendo

Un ahorita tiene sesenta minutitos

Por Ángel Gilberto Adame:

Me intriga el uso que los mexicanos damos a la palabra ahorita. La ambigüedad del contexto, más la falta de concordancia entre el dicho y el hecho hace que, cada que la escucho como respuesta de un legítimo apremio de mi parte, termine envuelto en la dicotomía entre la pronta satisfacción de mis requerimientos o la sensación de que literalmente me vieron la cara.

Para la Asociación de Academias de la Lengua Española, el contenido de la expresión significa un ahora mismo. Esta definición debería zanjar cualquier tipo de controversia; entonces, ¿por qué me siento timado cuando las cosas no suceden con la rapidez que marca la expresión? Seguir leyendo

La libertad de prensa en México: un derecho no ejercido

Por Ángel Gilberto Adame:

Las recientes declaraciones del titular del noticiero de Univisión, Jorge Ramos, sobre la corrupción y el ejercicio periodístico en México, hechas durante un evento de la revista Time —que en su último número lo colocó entre los 100 personajes más influyentes y le dedicó su portada—, han generado diversidad de opiniones y comentarios. Seguir leyendo

Miguel Alemán Valdés, ¿maestro y jurista?

Por Ángel Gilberto Adame:

El 31 marzo de 2013 se celebró un acto en la Facultad que mereció especial relevancia en la página de la Dirección: “La develación (así) de la placa de la Unidad de Juicios Orales Lic. Miguel Alemán Valdés”. Además de la doctora María Leoba Castañeda, asistieron Miguel Alemán Velasco —hijo del difunto expresidente— y Alejandro Carrillo Castro.

Llamo la atención sobre esta pomposa ceremonia por diversos motivos. Uno de ellos tiene que ver con las aportaciones efectivas de Miguel Alemán al desarrollo y al crecimiento de nuestra Universidad. Si bien fue encargado de inaugurar Ciudad Universitaria, cabe recordar que este proyecto no es atribuible a su persona, ni fue financiado con su cuantioso patrimonio; sino que fue producto de años de planificación y esfuerzo pagados con la recaudación hacendaria. Adentrándome en la vida jurídica del homenajeado me pregunto: ¿Cuáles fueron sus principales contribuciones a la vida intelectual de nuestra institución? ¿Qué bibliografía avala su trayectoria profesional y docente?

O quizá deba más bien cuestionarme: ¿Cuáles son las prioridades de la Facultad de Derecho? Las autoridades parecen dispuestas a rendir pleitesía política y organizan homenajes en las instalaciones a personajes que nada tienen que ver con nuestra profesión, como Armando Manzanero y Manuel Felguérez; mientras se ausentan de las ceremonias relativas al gremio, como la presentación del último libro del doctor Jorge Alfredo Domínguez, quien con este texto está a punto de erigirse como uno de los selectos juristas mexicanos que han logrado escribir un tratado completo de Derecho Civil. O al emotivo homenaje al maestro José Barroso, quien además de ser uno de los más queridos por la comunidad, cumplió cincuenta años en la docencia.

¿Por qué Miguel Alemán merece una placa ostentosa, en tanto que Manuel Gómez Morin tiene una de plástico y con su nombre mal escrito? ¿Por qué se mantiene en el olvido, por ejemplo, a catedráticos tan importantes como Fernando Flores García, Francisco H. Ruiz, Ignacio García Téllez, Ricardo Franco Guzmán o Ernesto Flores Zavala? ¿Por qué no gozan de una placa los profesores que formaron parte de la primera generación de doctores ex-officio que nombró Justo Sierra en 1910?  ¿A qué se debe el abandono del jardín destinado a la memoria de los maestros eméritos?

Y una pregunta aún más inquietante: ¿Por qué se ‘jubiló’ al maestro emérito Néstor de Buen Lozano? Desde mi punto de vista, uno de los pilares de nuestra Facultad es su herencia docente. Con este tipo de actitudes, estamos acabando con ella.

En descargo de los maestros

 
 
La docencia es una profesión vilipendiada e incomprendida en nuestro país. La cerrazón, la sordera y el desprecio por esta actividad, constituyen una de las causas por la que México padece un enorme atraso educativo. Esta actitud puede deberse a que sus detractores nunca han estado frente a un salón de clases buscando despertar curiosidad e interés. Ellos se lo pierden, ya que la academia no necesita gente negativa y pedante.
 
Dar clase ha sido motor de mi existencia. Hace ya mucho tiempo que lo hago; y aunque las escuelas, las materias y los fines han ido mutando, el placer de charlar y aprender de jóvenes deseosos de hallar su camino en el mundo —y de ayudarme, inconscientemente, a dilucidar el mío— es una buena razón para desempeñarla.
 
He tenido experiencias buenas y malas, como en todo; mas el hecho de que alguien me salude en la calle con un afectuoso "Maestro", me hace sentir que sembré algo y que, en la medida de mis fuerzas y convicciones, traté de hacer lo posible por volver este mundo más respirable. 
 
Si bien los temas se repiten, intento hacer con cada nuevo grupo algo distinto. Así, a partir de ciertos cursos de redacción, decidí implementar la obligación de que los alumnos leyeran, frente a todos sus compañeros, un texto de su autoría con un tema y extensión preestablecido; esto con el fin de ayudarlos a mejorar su capacidad de síntesis, oratoria y desenvolvimiento. El experimento desbordó mis expectativas y se convirtió en un sano espacio de relajación, mutuo conocimiento y camaradería; puede que así nazcan las verdaderas amistades, las que no reflejan egoístas intereses
 
De tantos trabajos que se leyeron, decidí conservar los dos siguientes, respetando sus virtudes y defectos, para mañana releerlos, recordar el porqué me gusta ser universitario y, quizá, mantener eterna mi propia luz.
 
Adolfo Canales Muñoz
 
Si estuviera en una isla desierta con una persona del salón ¿quién sería? La verdad no es una pregunta que me había hecho antes y, cuando la planteamos, no pensé que me fuera a tocar pasar al frente. 
 
La verdad es una decisión difícil y más teniendo en cuenta el tan buen nivel de mujeres "que se maneja en este salón". No quiero limitarme y, ya que estamos planteando una situación un poco ficticia, creo que la respuesta puede ser de ese tipo. 
 
Si tuviera que escoger a una chica de este salón tendría que ser alguien con la inteligencia de Dari: aparte de ser muy lista, siempre me saca de mis apuros tecnológicos, en especial con el Facebook. 
 
Tendría que tener la dedicación de Magali. Estoy seguro de que si trabajara la mitad de duro en la isla como en la notaría del licenciado, podríamos convertir ese lugar en un hotel de cinco estrellas. 
 
Tendría que tener el sentido del humor de Andreita. Es tal que, con un simple ¡holaaaa! me hace reír, y pues si vamos a morir, que mejor que sea de risa. 
 
Tendría que tener el corazón de Majito. Al final, si voy a compartir con ella todo mi tiempo, pues qué mejor que tenga buenos y sinceros sentimientos, y no quiero que me acuchille mientras duerma. 

Y por último, tendría que tener esa cabellera leonina que tiene Sofía: aparte de que me gusta mucho, pienso que, con tanta vegetación en la isla, sería una buena forma de que no se perdiera y siempre tuviera un ojo sobre ella. 

En fin, pura imaginación.

 
Mauricio Antonio Pecoraro Chávez 
 

Corre el año 1719. Todos ustedes son ahora un grupo de burgueses del siglo XVIII. Por alguna magia en el salón, mis palabras suenan en inglés; tienen en sus manos el nacimiento de Robinson Crusoe. Esta obra es la pauta para la novela inglesa moderna. Es, al igual que Madame Bovary, una de las piedras de toque pera todo lector necio y empedernido en saber de donde viene lo que ahora se conoce corno literatura contemporánea. No se asusten, no es clase de literatura. Solo quiero decir que la primera es una novela de aventuras. Y así imagino yo mi propio ensayo en la isla desierta. 

En la historia de Defoe, el protagonista es aventado por las tempestades a un recóndito espacio. Bien, yo también llegué a esta isla por tempestades: mi clase de Sucesiones (sin faltar el respeto). Es una isla que rezuma vitalidad, primitivismo y naturaleza; un ser como yo, adepto solamente a viajar en páginas y no en aviones, es una presa fácil hasta de los granos de arena que crujen debajo de sus pies. Un simple mosquito bastaría para enfermarme de algún virus inmortal, de cuyo nombre —como Cervantes— no quiero acordarme.

Entonces, me dedico a observar los colores del cielo, sus cambios de azul profundo a violáceo en las noches, las nubes amoratándose lentamente mientras el sol poniente baja y se funde con el cristal del agua, como los cielos pintados por Turner. Como yo ahora soy Robinson Crusoe —Mauricio Crusoe, si gustan— veo la fauna que el Río Orinoco (en Venezuela y Colombia) me ofrece: delfines, caimanes, pirañas del Caribe. Oh, Dios, por qué me mandas a una isla tan bella sabiendo que es una ficción de mi mente y regresaré a mi clase dentro de unos segundos… No, no regresaré, porque no soy yo quien lee para ustedes. De esta historia yo no salgo vivo: me comió un caimán. Sin embargo, alguien estuvo conmigo todo el tiempo en la isla, un espectador anónimo quien ahora sostiene este papel impreso en la biblioteca: Beatriz. Ella naufragó conmigo, simplemente nunca nos encontramos. No sé si tiene habilidades de supervivencia, tampoco sé cómo llegó a leerles mi historia. La elijo porque es la persona que decidió escucharme hablar cuando yo quería quedarme callado. Beatriz es quien cuenta toda mis peripecias y errores, todas mis conversaciones imaginarias que nunca tuvimos dentro de la isla. Ella es, pues, mi primera lectora. 

Esto no es del todo ficticio, pues parte de mi infancia fui mecido por la historia de Crusoe. Creo, sin duda, que esta novela —junto con El Corsario Negro y Sandokán de Salgari— fue uno de los detonantes de mi imaginación. Gracias Beatriz, por relatar mi ficción en la isla donde las huellas de mi héroe aún siguen frescas. 

Efemérides

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