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Carontes

Por Alejandra Eme Vázquez:

Era pleno sábado y yo me disponía a pasear cual turista en mi querida ciudad. Sin rastro de prisa, esperé pacientemente a que pasara el microbús que llega hasta el metro Zapata y de paso me deja en el centro de Coyoacán. Para mi fortuna, pasó pronto y le hice la parada. Todo normal. Hasta que me subí y me encontré con un energúmeno al volante que recibió mi pasaje entre gritos: “¡Me hacen la parada en la esquina anterior, y luego me haces la parada tú, y éste (señaló a un microbús de otra ruta que venía enfrente) que no me deja rebasarlo, estoy harto!”.

Probablemente mi transcripción de lo que me dijo se haya tomado algunas licencias para no ofender el ojo del fino lector, pero en resumidas cuentas ésa era la esencia de su queja y la verdad es que sí tenía cara de estar a punto del infarto. Probablemente lo más sensato hubiera sido dejarlo pasar, pues nada más se estaba desahogando y me había tocado la mala suerte de que lo hiciera conmigo; pero me sorprendió tanto que le respondí en el mismo tono diciéndole que ése era su trabajo, que a mí no tenía por qué gritarme y que por favor fuera a fastidiar a la autora de sus días. Ya no dijo más, sólo siguió su ruta conduciendo como si del infierno se tratara.

Todos quienes usamos transporte público de asfalto podríamos contar anécdotas muy variadas de cómo los conductores de las unidades suelen manejarlas (no todos, no siempre, pero casi) como si tuvieran pacto con el diablo. He vivido y escuchado historias de insultos, de caso omiso a las señales de tránsito, de pasarse de largo en las paradas o no detenerse cuando se les indica que alguien va a bajar, entre tantas otras linduras. Y por lo pronto hablo de la ciudad de México, pero mi memoria de vivir en el interior de la República me indica que en todos lados se cuecen las mismas habas. Me intriga mucho mi incapacidad para entender el contexto de ese comportamiento que la mayoría de las veces, parece ya estar totalmente desconectado de la idea de que “su pasaje” está compuesto por, ¡oh, sorpresa!, seres humanos.

Pero me detengo, antes de llegar a cada vez que alguien ha gritado o querido gritar: “¡No llevas animales!”, con todas las posibles reacciones del conductor que eso pueda ocasionar. Sucede que quizá ellos podrían contraargumentar que tampoco nos importa su humanidad, y quizá también estarían en lo cierto. Y quizá todos nos aguantamos porque la calle ha dejado de ser un espacio de convivencia para ser el purgatorio en el que nadie quiere quedarse más que lo estrictamente necesario. Lo que deseamos es evitar el tráfico a como dé lugar y nos aguantamos los malos tratos, las indiferencias y los malos manejos con tal de pasarnos rápido el mal trago y llegar a donde vivimos de veras. A donde somos nosotros, de veras, sin embotellamientos y sin ganas de matar a nadie.

“¿Qué quiere: eficiencia o eficacia?”, me preguntaba una ex alumna muy simpática cuando le decía que mejorara su letra en los trabajos que eran para entregar el mismo día. Siempre queremos ambas: soñamos con las cosas hechas correcta y rápidamente, pero la verdad es que si bien nos va, terminamos obteniendo sólo uno de los dos requisitos. Recuerdo, por ejemplo, que cuando recién inauguraron la ruta de camiones que recorre toda la avenida Revolución y sigue hasta llegar a Chapultepec, justificaron el aumento de la tarifa poniendo conductores vestidos de camisa y corbata que manejaban como gentlemen ingleses; antes del mes, los mismos conductores ya habían tenido que adoptar las mismas estrategias conocidas por todos porque a fin de cuentas, lo que los pasajeros nos ahorramos de estrés al volante, ellos lo absorben multiplicado como el monstruo bajo la cama que se come nuestros miedos, nuestros pecados y preocupaciones.

Hace unos días, me subí al camión que sale de Taxqueña hacia avenida del Imán, en una de las dos rutas conocidas porque sus conductores siempre quieren matarse, básicamente. Para no variar, era conducido sin consideración alguna hacia nosotros, pasajeros, pero ocurrió un fenómeno que me pareció inexplicable pero hermoso: comenzamos a reírnos. A la primera carcajada, el ambiente cambió y procedimos a ayudarnos con las bolsas, a ceder los asientos, a hablar entre nosotros; a mí me tocó platicar con una señora mayor que me aconsejó reírme de todo como filosofía de vida. Entonces, lo de menos ya era si el conductor nos llevaba como ganado, porque entre nosotros nos cuidábamos como la gente.

O  el día que un operador de la misma ruta parecía querer aplicar una misión kamikaze con nosotros dentro y de pronto se calmó, como por arte de magia. Cuando entendí por qué, no pude contener mi ternura: su novia se había subido a la unidad y tenía la cabeza recargada sobre su hombro en una de las actitudes más románticas que he presenciado en años. ¿Ven?, si el amor puede eso es que lo puede todo. O lo que es lo mismo: recordar y tocar la humanidad, por todos los medios posibles, no está nunca de más.

No sé si exista forma de solucionar la desconexión humana que parece imperar en los operadores de camiones, microbuses y similares. Mi duda se funda en la posibilidad de que su neurosis sea casi condición indispensable para que nosotros podamos llegar a tiempo y también en los mecanismos de corrupción y explotación que nos son invisibles pero que ellos viven todos los días; entonces las responsabilidades van mucho más allá de lo que sucede adentro de un vehículo y recaen en un sistema voraz que fomenta precisamente el trato inhumano desde todos los flancos. Y si dependemos de que algunos funjan como los monstruos que se tragan las histerias y porquerías colectivas para que haya unos cuantos que puedan presumir de civilizados, tal vez ayude sacar de entre los trucos de magia un poquito de ese otro menjurje extraño, pero necesario, llamado empatía.

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  • Gabriela

    Me encantó la columna, reí a carcajadas con algo por lo que generalmente me enojo.
    Y es que parece que de todas las formas, los más débiles en el eslabón (pasajeros) terminamos siempre pagando los platos rotos y lo único que nos queda es respirar profundo y poner buena cara. Cansada de eso me he propuesto trasladarme en bicicleta ?, (no dejó que me paralize) pero… maldito miedo.

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