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Cantar en voz baja

Por Deniss Villalobos:

Mi estado de ánimo está inversamente relacionado a la claridad del cielo.
Glenn Gould

Aunque no ofreció demasiados conciertos —se retiró poco después de cumplir treinta—, Glenn Gould dedicó gran parte de su vida a realizar grabaciones, actividad que en varias ocasiones declaró encontrar más agradable y gratificante que los recitales. Hace algún tiempo, leyendo sobre esa etapa de su vida, me encontré con un dato curioso que tengo muy presente: mientras grababa, los ingenieros de sonido tuvieron que arreglárselas, en muchas ocasiones, para intentar remover la voz de Gould que tarareaba sin parar mientras deslizaba los dedos sobre las teclas. Era un sonido bajísimo y casi imperceptible, pero a pesar de la tecnología sigue ahí, como un mensaje dentro de una botella que llega siempre a la playa de los oídos.

Ahora sé de otros instrumentistas que hacían algo parecido, como Mieczyslaw Horszowski y Keith Jarrett que también tarareaban al tocar, pero es Gould quien hace que ese pequeño acto me parezca especial. Entre sus excentricidades estaba también su vestimenta, que sin importar la temperatura constaba siempre de prendas adecuadas para el invierno, además de guantes de lana o piel que a veces cambiaba al tocar por unos con agujeros en el espacio de los dedos.

Sus declaraciones, siempre polémicas, abarcaban un sinfín de temas. En una ocasión declaró abiertamente que odiaba las audiencias porque le parecían una fuerza del mal; en uno de sus artículos escribió que si una persona quiere dedicarse a algún tipo de trabajo creativo, necesita separarse por completo de la sociedad; y, por otro lado, sus opiniones sobre grandes figuras como Chopin, Liszt y Beethoven, a quienes consideraba malos compositores y ególatras sobrevalorados, le valieron no pocas críticas y algunos otros enemigos que aprovechaban cualquier oportunidad para despotricar contra él.

Dejando a un lado la parte de la vida de Gould de la que solo podemos especular (sobre cuánto de su personalidad era verdad y cuánto un espectáculo o parte de un personaje), me gusta pensar en lo real y comprobable: sus interpretaciones. La música, como solo pueden hacer la comida y el cine, nos hace viajar. Ni siquiera puedo afirmar eso de la literatura, pero sí del sonido de un piano y el susurro de un hombre sentado en una silla de patas cortísimas. Escuchar algo que amamos profundamente, nos lleva a un lugar dentro de nosotros mismos al que ningún boleto de avión podría llevarnos.

La más famosa de sus grabaciones es, quizá, la de las Variaciones Goldberg. La primera se hizo en 1955, renovando por completo la forma en que Bach había sido interpretado hasta ese momento, pero sin duda la mejor de ellas es la que realizó en 1981 y que, para muchos, es insuperable. «Creo en Dios cuando escucho a Bach», escribí una vez para mi clase de Historia del Arte, en un ensayo sobre apreciación musical en el que sonaba cursi y pretenciosa, pero también honesta. Hoy pienso que solo creo en Bach cuando escucho a Glenn Gould. No sé demasiado de técnica, ritmo, historia y esas cosas de las que solo un musicólogo podría hablar, pero sé algo sobre sentir que el cuerpo entero te tiembla gracias a la música, y eso es algo que le debo a Gould.

En una entrevista le preguntaron qué escucharía si se quedara atrapado en una isla desierta y solamente tuviera una opción. Su respuesta no sorprendió a nadie: Bach. Además, declaró lo siguiente: Honestamente no puedo pensar en ningún otro compositor que abarque tanto, que me afecte tan profundamente, y que, para usar una palabra más bien imprecisa, sea valiosa, más allá de su habilidad y brillantez, por algo más significativo: su humanidad.

Tal vez eso es lo que más aprecio de Glenn Gould, y lo que para mí representa el que cantara en voz baja mientras tocaba el piano virtuosamente: su humanidad. Confío en que todas las personas —genios, humanos comunes y grandes mediocres—, posean algo, un pequeño detalle, que nos recuerde su humanidad y nos conecte a ellos de una forma mucho más sencilla que aquello que pueda considerarse sublime. Cantar en voz baja, morderse el labio, recargar la cabeza en una mano o guiñar involuntariamente el ojo como si fuéramos cómplices de una travesura eterna con la vida. Cualquier cosa que, como dijo Gould, sea valiosa más allá de la brillantez.

 https://www.youtube.com/watch?v=N2YMSt3yfko

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