Looking for Something?
Menu

Canción para el que vendrá

Por Alejandra Eme Vázquez:

Te estoy contando el cuento del país que giró sobre sí mismo una, dos, tres y varias veces, hasta que sin darse cuenta, la gente se vio envuelta en una capa de materia extra, parecida al plástico e imperceptible a los sentidos, que les impedía escuchar o mirar correctamente y hasta reaccionar al dolor o la alegría ajenos. Era difícil saber cuándo estaban haciendo el bien y cuándo estaban lastimando, y hubo algunos que de plano perdieron todo contacto con el mundo exterior.

Como el país se había enredado en sus propios pasos, podían suceder muchas cosas muy distintas al mismo tiempo. Había gente muy feliz y muy triste, muy rica y muy pobre, muy generosa y muy mezquina: a veces la misma persona pasaba por todos los estados de ánimo en pocos instantes, y a todos les daba miedo asomarse más allá de su capa de plástico porque no sabían si se encontrarían con algo hermoso o algo terrible.

El país era precioso en su apariencia. Mucha gente viajaba desde lejos solo para mirar sus costas, cordilleras, sus ciudades a colores, sus costumbres curiosas; sin embargo, los viajeros únicamente eran capaces de mirar la superficie, por lo que no entendían esa imposibilidad de los nativos para ser completamente felices. Porque los nativos se habían vuelto insensibles a la maravilla de los ríos, los bosques, y las playas, e incluso les era tan natural el horror, que hacían lo posible por destruir estas bellezas.

¿Tú crees que de verdad exista la gente mala, como en las películas? En este país creían que sí, pero cada quien podía escoger quiénes eran sus malos y en qué momento. Porque más que personas malas, había una suerte de magia negra que envilecía a cualquiera que tocara. Era cuestión de que alguien tuviera acceso a las armas o a los botones rojos que todo lo hacían funcionar, para que su cubierta plástica se endureciera al punto de que ya no era posible pensar que alguna vez aquella piel hubiera sido suave y querida.

Con el tiempo, las calles de este país se fueron convirtiendo en espacios terribles: fuera de casa, cualquiera se podía convertir en un monstruo. ¿Era algo en el aire? No se sabía. Solamente pasaba y había que estar alerta: afuera, nadie confiaba en nadie, había urgencia por volver al lugar seguro del hogar, la familia y los seres amados, que muchos habitantes reconocían como “lo único que valía la pena” de vivir en un lugar que les parecía tan hostil, sin darse cuenta de que cada persona que se cruzaban afuera no era enemigo, sino familiar o amigo de alguien y por lo tanto, alegría para alguien.

La magia negra era cosa de todos los días, a todas horas. No había quien no lo supiera. Cualquiera podía ser la persona más linda y más despreciable, dependiendo del aire que respirara y las necesidades que tuviera. Cubiertos como estaban de materia plástica, a veces podían incluso olvidar cómo habían sido antes por mucho que los demás se lo señalaran. Y tan cómodamente esta magia negra se adueñaba de todo, que empezó a devorar personas sin que se supiera más de ellas. Así de fácil se desaparecía en este territorio.

Parecía que el destino de tan contradictorio lugar y de su gente era irremediable, hasta que llegó el año de la lluvia. Primero fueron breves chubascos, luego aguaceros, granizos, huracanes, uno tras otro, sin descanso: no había día que no fuera ocupado por el agua. La gente primero decidió no abandonar sus casas, pero hubo un momento en el que algunos se desesperaron y decidieron salir pese al riesgo de mojarse. Después de todo, ¿qué podría pasar?

Nunca se imaginaron que al contacto continuado del agua, la piel se desharía de esa capa artificial y podrían volver a sentir no sólo el horror ante los estragos del hechizo, sino el asombro ante la belleza que simultáneamente sucedía a sus ojos. Y como ya no tenían repulsión a estar afuera, comenzaron a reconocerse entre ellos y a escucharse, a reunirse y hacer frente común contra la negrura y las desapariciones. Se llamaron a sí mismos “los liberados”, aunque muchos de sus compatriotas les llamaban de modos ofensivos, porque no podían ver más allá de su cubierta endurecida.

Los liberados sabían que los caminos que conducían a su país estaban llenos de errores, de modo que los llenaron de velas para que pudieran verse claramente y no volver a cometerse. También sabían que en cualquier momento su piel podía volver a cubrirse de materia extra y volverlos insensibles; entonces se encargaron unos a otros la tarea de revisarse mutuamente con el tacto y la mirada. Así nació el abrazo. Poco a poco se dieron cuenta de lo hermosas que eran las palabras, ésas que antes usaban para defenderse o atacar, y comenzaron a construir con ellas, como forma de recordarse a sí mismos qué era lo importante.

Algunos lograron continuar; otros volvieron a endurecerse y no se dieron cuenta. Quizá nunca lo sabrán. Pero de los liberados nació un sendero que antes no estaba, uno de buenas promesas, opciones y posibilidades. De pensamientos inteligentes y entendimiento de los otros, aun de los que no han conseguido la libertad de la lluvia llevándose durezas. De inmunidad a cualquier truco de magia, lo que significa también imposibilidad de desaparecer. Un camino en el que no falta nunca el agua y que ha sido especialmente preparado para un único viajero: para ti, que vendrás con la piel por delante, intacta.

Puede interesarte

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter